¿Democracia árabe? Una presencia que se abre paso más allá del espejismo

Tema: Los incipientes pasos hacia la libertad política, incluida la libertad de expresión, habidos en Túnez, y contagiados más tarde en efecto dominó al menos a Egipto, ofrecen una inesperada oportunidad para la democratización del mundo árabe.

Resumen: A lo largo del pasado siglo, el islam aparecía en buena medida reactivo frente a Occidente a causa del colonialismo, y la democracia era vista como algo Occidental y ajeno. La situación ha cambiado en los últimos años y las nuevas generaciones han estrenado una nueva relación con la Modernidad, en tanto que libertad. Este nuevo paso habrá de llevar al redescubrimiento del propio patrimonio cultural árabe, en el cual existen claves y signos para una neta distinción entre política y religión y, por tanto, bases para una democracia propia. EEUU y la UE deben ser conscientes de lo vital que es su ayuda económica y logística en estos momentos para estas incipientes posibilidades de democracia, a fin de que no se produzca un vacío de poder que pueda ser aprovechado por los movimientos integristas.

Análisis: Al igual que la vuelta de Jomeini a Irán en 1979 supuso una ola de integrismo por todo el orbe islámico, los actuales aires de cambio que con el nuevo año comenzaron a soplar en Túnez, ofrecen la posibilidad real aunque inesperada de una democratización en parte del mundo árabe. Muchas cosas han cambiado durante los últimos 32 años en unas poblaciones árabes que, a pesar de las penurias económicas, manejan ya con soltura las posibilidades de comunicación por Internet, TV vía satélite y telefonía móvil. La exigencia de mejoras en las condiciones de vida han actuado como detonante de las movilizaciones sociales en el norte de África, pero las ansias de libertad están siendo por ahora en Túnez y Egipto el verdadero cuerpo de batalla frente a un poder petrificado que no supo ver el rápido avance de sus sociedades durante los últimos años. Lo que exigen ahora esas poblaciones es una puesta al día de su entorno vital, pues la brecha abierta en los últimos lustros entre buena parte del planeta “en vías de desarrollo”, hoy llamado emergente, y un mundo árabe postrado económica, social y políticamente, aparece tan enorme como injustificada.

Atracción máxima por la libertad

“¡Ha llagado el fin!”, es una de las frases que más se ha repetido estos días en Túnez y Egipto. Ya no vale el jefe de la “tribu”, voraz y omnipresente en los tablones y fotografías callejeras, la machacona propaganda televisada o la prensa oficial, propios de los regímenes gerontocráticos y de partido único que siguen gobernando la mayoría de los 22 países componentes de la Liga Árabe. La sorpresa que ha supuesto el hito tunecino fue lo aparentemente fácil que resultara en pocos días descabezar el régimen, si bien en este caso estaba el terreno abonado con una alta tasa universitaria de la población, por otra parte no excesivamente numerosa, y que, desde tiempos del presidente Burguiba tras la independencia de Francia en 1956, el país contaba con una de las legislaciones y estatuto de la mujer más avanzados de la esfera musulmana.

Sin embargo, es todavía muy pronto para saber si una ola real de democratización está a punto de iniciarse en esta zona del globo. En cualquier caso, en los países árabes existen muchos más problemas en común que diferenciales, derivados en su totalidad de la corrupción y de los casi nulos derechos civiles de la población, lo que hace que apenas tenga ésta estatuto de ciudadanía y que abrigue las más inciertas esperanzas de mejora de vida o libertades, por el impedimento en la participación del gestionar su propio futuro. Lo llamativo de lo que está ocurriendo en el norte de África es que el cambio no lo está produciendo una asonada militar, nacionalista o religiosa, sino un movimiento civil espontáneo y mayoritariamente laico.

La novedad absoluta de la “revolución de los jazmines” en Túnez, que ha supuesto un fuerte pistoletazo de salida con efecto multiplicador en otros países, es que no se encuentra encabezada por líderes de tal o cual tinte que les haga reclamar el poder para su particular facción, sino por individuos sin claras filiaciones políticas o religiosas, de muy distintas extracciones sociales. Trabajadores de todo tipo, estudiantes, abogados y diversos profesionales se fueron sumando desde el principio a sus propuestas de cambio radical de gobierno y de régimen, exigiendo elecciones libres y democráticas. Con este golpe de efecto dominó, que despertó bruscamente a un cuerpo formado por decenas y decenas de millones de personas, se abren muchos interrogantes que a corto y medio plazo habrán de irse respondiendo. El panorama ha sido como el de un bosque desde tiempo inmemorial reseco (de libertad), donde una sola chispa ha prendido con una rapidez sorprendente un fuego que se quiere purificador.

Reservas ante los partidos religiosos

Frente a lo ya sucedido, la gran preocupación de Occidente en las actuales circunstancias se centra en el eventual resultado de unas elecciones democráticas en las que, especialmente en Egipto, arrasen los partidos integristas, como sucedió en el caso argelino con la victoria del FIS a principios de los años 90, al que no le fue permitido llegar al gobierno, desencadenando una fatídica guerra civil no declarada de la que aún no se ha recuperado. Sin embargo, las actuales generaciones en el resto de los países del Magreb y de Oriente Medio, incluso en los estratos de la población no acomodados, no se mueven ya, como sus padres o abuelos, por motivaciones nacionalistas o religiosas, con eslóganes sistemáticamente antinorteamericanos o antioccidentales, y, de hecho, ni en las calles de El Cairo ni en ninguna otra ciudad hubo estos días una sola pancarta en ese sentido. Ahora no se trata del acostumbrado reproche por el colonialismo o la presencia de Israel en la zona, si bien estos no están del todo olvidados. Por vez primera, la revolución no va contra los “otros”, sino que radica en una crisis interna que toca a la falta de legitimidad de los regímenes totalitarios de estos países. Tal vez fuera la revolución naserista de 1952 la última vez en que se dieron aires de amplio cambio en el mundo árabe. Por otra parte, el poder constituido desde las independencias ha sido incapaz de situar a los “amotinados”, dado que la mayoría no son “barbudos” ni de signo político concreto, sino que por primera vez lo que piden es, antes de nada, libertad. Aunque el asunto religioso no ha salido por ahora a la palestra, se percibe fácilmente que la posición de los manifestantes es muy distinta en este sentido a la del pasado.

Cambio en la percepción de lo Occidental

El islam que hasta ahora hemos tenido ocasión de contemplar a lo largo del pasado siglo, aparecía en buena medida reactivo frente a Occidente a causa del colonialismo británico y francés, junto a las injerencias posteriores estadounidenses y europeas. Por lo mismo, parte de las poblaciones árabes juzgaban a la democracia como algo visceralmente ajeno a su idiosincrasia. Sin embargo, la situación ha cambiado de manera neta. Hasta hace unos pocos años se daba una flagrante contradicción en amplias capas de poblaciones musulmanas radicalizadas: por un lado experimentaban un profundo sentimiento antinorteamericano o antioccidental, siendo por otra parte los primeros consumidores de aparatos, bienes y objetos fabricados en EEUU o en países europeos. Pues bien, al menos entre los adolescentes y la población más joven, que son quienes encabezaron las manifestaciones de Túnez o Egipto, tal insostenible paradoja se ha solventado en gran medida, ya que estos se encuentran entre los primeros usuarios de Internet y redes sociales del mundo, al erigirse tal sistema como ventana abierta al mundo, no pudiendo acceder a éste por otros medios.

En este sentido, la llamada “globalización” ha influido enormemente en el último lustro, pues numerosos elementos percibidos antes como propios de Occidente –el énfasis en los derechos humanos, el respeto a la mujer e instituciones propias del Estado de derecho– son vistos ya, no bajo la acusación de neocolonialismos, sino como algo que irremisiblemente tiende a extenderse por todo el planeta. El deseo de libertad, que se ha ido construyendo en Occidente a lo largo de generaciones no sin muertes y sufrimiento, es lo que ha prendido en estos pueblos, que desean reformar sus propias sociedades, no como hasta ahora, por golpes de Estado militares u ofensivas islamistas. Numerosos signos hacen pensar que son posibles otras sociedades árabo-musulmanas que las conocidas hasta hace poco, en las que se decía siempre que subterráneamente “algo” se movía, pero sin que llegase nunca a aflorar frente al miedo del control político y religioso de sus gobernantes.

Islam y libertad

En virtud de este giro que ha comenzado a producirse en el mundo árabe, el poder es exigido para el pueblo, no como podría serlo hasta hace poco como “comunidad de creyentes”, sino en tanto que individuos, lo que era presentado muy interesadamente por parte del islam político como un valor Occidental, cristiano, pero que resulta ahora apreciado como algo universal. Como señala el magistrado e intelectual tunecino Mohamed Charfi en sulibro Islam y Libertad. El malentendido histórico (Editorial Almed, 2001):

‘La religión musulmana, que no conoce formalmente ni clero ni Iglesia, debería haber sido y haberse convertido en una religión que favoreciera el fin de la alienación del individuo, la afirmación de su plena libertad y la de su entera soberanía para la elección de sus creencias, sus ideas y su comportamiento. Fue en cambio, por motivos históricos, la religión en la que el individuo se disuelve en la comunidad, pierde toda autonomía y sufre el más duro avasallamiento de la sociedad y del Estado. La legitimación de la violencia que los ulemas cultivaron impidió el nacimiento de una teoría de la democracia y de los derechos humanos’ (p. 221).

Este nuevo clima, consistente en una nueva aproximación menos traumática a la Modernidad, en tanto que libertad, habrá de llevar al redescubrimiento del propio patrimonio cultural árabe, con Ibn Rushd (Averroes) a la cabeza, quien en una de sus más importantes obras, Acerca de la armonía entre Religión y Filosofía, habla de la necesidad de una ausencia de conflicto entre la fe y la razón, ya que se refieren a esferas distintas, y de ahí la no interferencia del ámbito político con el religioso. Entre los numerosos pensadores árabes actuales en esta línea, hay de señalar el egipcio Naser Hamed Abu Zayd, autor de Crítica del pensamiento Religioso y recientemente fallecido en su exilio obligado en Holanda, que defiende una laicidad “razonada” en el islam y, sobre todo, el que ha de ser la práctica de la religión la que se adapte a los tiempos de cada sociedad, y no a la inversa. Es conocida a esta respecto la opinión de Umar Ibn al-Jattab, el segundo califa, quien consideraba que el Corán es un código de conducta ético y sobre todo religioso, pero en ningún caso una prescripción política ni constitutivo de leyes, lo que por desgracia sucedió posteriormente con los juristas, que en las cuatro escuelas canónicas conformaron un islam rigorista y encorsetado, el cual bien podría haberse encaminado en direcciones muy diferentes a las que lo hizo.

Democracia e islam político

Para el islam tradicional, la soberanía reside en Dios, pero es necesario que alguien la administre y, dadas las más elementales normas de justicia implícitas en esta fe, no puede ser otro que el pueblo. Ese es el punto en el que la democracia, con las instituciones y normas que conlleva, puede hacerse más atractiva y verosímil, como alternativa organizada para las sociedades musulmanas a una decadencia histórica, que esperemos esté llegando a su fin. Al menos en el caso tunecino, ha radicado en el deseo, “desde dentro”, de democracia y transparencia, lejos de unas elecciones impuestas en un momento dado por las armas, como fue no hace tanto tiempo el caso de Irak y Afganistán. Aun reconocida por todos en muchas de sus imperfecciones funcionales, la democracia puede tener de valioso para estos pueblos el significado de buscar aquello que une y no lo que enfrenta, actúa como una serie de semáforos en un complicado cruce de caminos, haciendo sencillamente fluida y posible la circulación a través suyo con el menor número de accidentes. Consiste ésta en una serie de instituciones más variadas y complejas que el código tricolor, por las que se intenta resolver los problemas de los “ciudadanos” (no sólo habitantes) con una cierta transparencia y ausencia de privilegios. Por el contrario, a este “juego” de alternancias y propuestas variadas de formaciones políticas y personas, en un sistema religioso o de partido único, en cualquier caso clientelista, cuando menos queda todo a la interpretación y a favor del más próximo al líder, al albur de quien se declara más puro practicante e intenta actuar en nombre, en este caso, del islam.

Además de encontrarse muy fragmentados, los grupos que fomentan un islam combativo, por más que satisfagan unos sentimientos de revancha de parte de la población frente a Occidente, no cuentan con ninguna conquista propia. Es una realidad que día a día se abre paso. Desde el Irán revolucionario de los ayatolás, a Hamás en Gaza o Hezbolá en Líbano, han pasado ya años con un poder institucionalizado o de guerrillas, e indefectiblemente han de rendir cuentas del rotundo fracaso en cuanto modelo de sociedad. Sus nulos proyectos políticos a largo plazo no son ya un sistema atractivo ni siquiera para las capas desfavorecidas, las que en el mejor de los casos se encuentran subvencionadas con fondos provenientes de los petrodólares de Irán. A pesar de sus perentorias necesidades, saben que jamás tendrán libertad con ellos. Especialmente los jóvenes, cada vez son más conscientes de que tal situación constituye una ayuda de subsistencia, pero de ninguna manera conlleva un proyecto a largo plazo, siendo el desarrollo nulo para sus pueblos. No cabe duda de que diversos grupos no cejarán en su intento de conquistar el poder mediante la politización de la fe, explotando la baza que hasta ahora ha sido más fácil en sus sociedades, justamente por la ausencia de un debate político, impedido por el partido dominante. Sin embargo, si un cierto número crítico de habitantes consigue en cada estrato de la población hacerse con cierto bienestar y dignidad, a día de hoy resulta claro que no querrán seguir por una senda islamista radical sin un posible futuro mejor. No puede olvidarse que, incluso en Gaza, también estos días hubo manifestaciones contra el poco democrático gobierno de Hamás.

Distintas materializaciones de la democracia

Sin embargo, es pronto para mostrarse optimistas sin más. Cada país tendrá una respuesta propia distinta, además de por la actitud de sus poblaciones, en función de varios elementos: la economía y estructuras propias, así como la reacción de los países vecinos. El caso egipcio, como es sabido, posee unas características estratégicas muy particulares que han forzado a que no sea su desenvolvimiento tan rápido como en Túnez, debido entre otros factores a su cercanía con Israel y a la vital importancia del Canal de Suez, por donde atraviesa un porcentaje importante del petróleo mundial. Una de las primeras reflexiones es que Europa y Occidente habrán de habituarse a tener de vecinos en la orilla sur y este a ciertos partidos islamistas moderados, como es el caso de Turquía, pues aunque no sean totalmente de su agrado, ofrecen estabilidad y sirven de colchón contra el islamismo violento. Aun con unas razonables prevenciones, no deben abrigarse más temores de los necesarios. La aproximación más realista señala que cada país responderá de una manera a la cercanía o en su caso instalación de la democracia. Es un riesgo que se debe correr, frente al eterno chantaje de los gobiernos familiares y corruptos, en su pretendida salvaguarda del islam beligerante. Afortunadamente, en Túnez se han creado en escasos días espacios de expresión hasta ahora insólitos en la calle, la prensa y la televisión.

A partir de las nuevas bases de convivencia que se están dando en este país magrebí, se creará de seguro un debate por el momento inexistente entre los demócratas, sean laicos o musulmanes no religiosamente politizados, con los elementos beligerantes. Hasta ahora, este contienda no precisamente pacífica, había tenido únicamente lugar entre los mencionados grupos intransigentes e intelectuales bien determinados, tales como el escritor asesinado Farag Foda, el herido premio Nóbel Naguib Mahfud o el perseguido y ya mencionado Abu Zayd (todos ellos egipcios), que clamaban contra viento y marea por una aproximación laica a la sociedad. Ahora tendrán enfrente a toda una generación de jóvenes, para quienes los asuntos religiosos son un elemento más de sus vidas, cada vez más perteneciente a la esfera privada, pero no el monopolio de sus vidas.

Papel en este proceso de EEUU y la UE

En las actuales circunstancias de una muy incipiente transición hacia la democracia en Túnez, y la extensión de un posible proceso que pasa por Egipto, el que aún deberá aclararse en su transición a unas eventuales elecciones libres, se hace vital la ayuda económica y logística de EEUU y la UE. De lo contrario, en estos países podría suceder como ocurrió en otras ocasiones, en las que movimientos integristas aprovecharon las carencias del Estado, implantándose fuertemente entre las amplias y desfavorecidas capas de la población, como sucedió con Hezbolá en Líbano, o Hamás en Gaza, al igual que con diversos grupos salafistas en Argelia y el resto del Magreb. La propaganda de estos llegaba en forma de alimentos, atención médica u otras ayudas, allá donde por falta de medios o corrupción no conseguía acceder el poder constituido. La historia enseña que bajo ninguna excusa debería permitirse que esto vuelva a suceder ahora, donde una implicación seria de las potencias económicas ofrecería una estabilidad y unas condiciones dignas para la población más desfavorecida, y en cualquier caso, sería bienvenida.

En este sentido, y tras un inicial titubeo europeo, tanto en el caso tunecino como después egipcio, la alta representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, Catherine Ashton, señaló que “es posible que la UE no siempre sea la más rápida en acudir, pero suele ser la que más tiempo se queda después. Nosotros no contribuimos a los cambios de régimen, sino a los cambios de sistema”. Estas palabras venían al hilo del anuncio de que, “la UE ya ha incrementado el dinero destinado a sostener la sociedad civil… A corto plazo, una de sus tareas fundamentales será asesorar a las autoridades de transición sobre las leyes electorales; pero, al ayudar a construir la sociedad civil, tratamos de garantizar que siga habiendo elecciones libres y competidas durante muchos años y que esto no sea flor de un día”. Señaló igualmente Catherine Ashton que “el papel de Turquía, en el futuro, será aún más importante, como socio valioso de la UE y ejemplo de moderación democrática. También sabemos que es urgente progresar en el proceso de paz de Oriente Próximo, ahora más que nunca” (El País, 4/II/2011).

Además del deber por parte de las potencias en los momentos cruciales que vivimos en este inicio de 2011, resulta claro que muy especialmente va en el interés de la UE el coadyuvar a la creación de un Mediterráneo integrado y fluido en su costa sur, donde hasta el momento sólo ha habido conflictos e inestabilidad. Este tendría, sin duda alguna, a medio y largo plazo, un enorme potencial frente a los países emergentes y los bloques actuales de influencia en Asia y el Pacífico. Tal nuevo espacio, mas transitable en lo político, lo cultural y comercial, contaría con un incalculable potencial, aunque desde el principio no lo constituyesen la totalidad de los países ribereños, a pesar de las enormes dificultades.

Conclusión

Un razonable optimismo

En estos momentos se impone el ser cautos, si bien el impulso que estos días se está viviendo en Túnez y Egipto es intenso y no tiene visos algunos de remitir, sino más bien al contrario. Aun siendo esperanzador, hay que ser consciente de que este movimiento espontáneo es enormemente frágil y se encuentra amenazado en muchos frentes, empezando por parte de los países vecinos y de Oriente Medio, quienes no parecen interesados en tener a sus puertas una casi romántica y democrática “revolución de los jazmines”.

Sí puede decirse ya, que al menos el caso de Túnez es alentador, pues en menos de dos semanas se han sucedido verdaderos vuelcos democratizadores, incluyendo la libertad de partidos y de expresión, impensables hasta ahora. A los cambios de todo el gobierno, con presencia de independientes y personajes históricos de la oposición, se une la renovación de todos los altos oficiales de la policía, de los gobernadores, directores de bancos, organismos diversos, etc. También se han elevado los salarios de algunos de los trabajadores más básicos, y se han prometido mejoras en la dignificación de la vida en el plazo más corto posible. Se ha abierto un nuevo horizonte, un paisaje insólito, aunque no fácil de prever en sus posibles orografías, pues supone la rotura de una inercia que viene de lejos.

Por Carlos Varona Narvión, arabista especializado en temas de Oriente Medio y del islam, actualmente reside en Túnez, donde dirige el Instituto Cervantes.

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