Democracia contra demagogia

En la política y en la vida hace falta pararse a pensar, más allá de las urgencias de cada día. Un chequeo realista al estado de salud de la sociedad española debería alejar el síndrome del apocalipsis y transformar el caos en cosmos, sin olvidar los límites de lo posible. En la democracia constitucional el adjetivo es tan importante como el sustantivo. Así concebida, es la única forma legítima de gobierno. Sin embargo, en todas partes crece la desafección de los ciudadanos y se abren paso los populismos, expresión de la demagogia en una sociedad mediática. Vivimos acaso en un umbral de épocas. El malestar pone en riesgo las conquistas de la civilización menos injusta de la historia: Estado de Derecho; fortaleza de las clases medias; economía social de mercado y principios ilustrados. Estamos ante la hermosa idea de eleutheria, esa libertad bajo el imperio de la ley que hace posible la vida civil y la dignidad humana. «Alabanza de la ley», escribe Werner Jaeger, estudioso de la Antigüedad clásica: el respeto a la reglas del juego es la exigencia primera y principal. No todos parecen estar dispuestos a cumplir con ese «hilo de oro» que teje cualquier forma respetable de convivencia. Los lectores saben a quiénes me refiero.

En mi libro Democracias inquietas. Una defensa activa dela España constitucional (juzgado con máxima benevolencia por el jurado del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos) procuro situar ante su propia responsabilidad a los protagonistas y a los antagonistas de nuestro tiempo histórico. Es decir, de cara a sus deberes, y no solo a sus derechos y privilegios. Primero, a los intelectuales ofuscados, atrapados por ideologías vetustas que ya no ofrecen respuesta a los problemas acuciantes. La Ciudad de las Ideas, luminosa invención neoplatónica de Kavafis, el poeta de Alejandría, padece el mismo mal que acecha al viajero extraviado: estamos en una encrucijada y nadie nos instruye sobre el cruce de caminos. A su vez, los políticos des concerta dos sobreviven como pueden a las críticas que identifican su (antaño) noble actividad con el partidismo a ultranza y la búsqueda de ventajas particulares. Las críticas, por cierto, no siempre están cargadas de buena intención, porque los oportunistas procuran extraer réditos de los defectos evidentes de un sistema atrapado por su viejo discurso. Aquí se inscriben las críticas a los Parlamentos relegados por un «consumidor» que desprecia los matices propios del debate argumental y solo valora los mensajes cargados de emociones primarias. Ocurre lo mismo con los jueces presionados por una sociedad ávida de respuestas concluyentes ante escándalos de corrupción cuyo esclarecimiento exige buenas leyes y profesionales solventes. En fin, los medios de comunicación asfixia-dos por su situación financiera son víctimas del auge (¿imparable?) de las tecnologías de la comunicación.

Más protagonistas, confrontados ahora con sus antagonistas. Estados contra Imperios, en sentido real o figurado: Estados Unidos, todavía hegemón; China, gran aspirante; Rusia, de vuelta a los malos modos; la Unión Europea, en perpetua lista de espera; islam radical, el gran desafío… Dicen que estamos ante la crisis terminal del Estado como forma política, aunque yo creo que exageran. Vivimos, sin duda, en la era global y el eje geopolítico del mundo se desplaza del Atlántico al Pacífico, camino ya del Índico, tal vez de regreso a Sumeria para completar el ciclo entero de la historia. Todo ello es cierto, pero los Estados más o menos soberanos siguen ahí y les gusta utilizar, aunque la ignoren, la metafísica hegeliana. Contraste también entre ciudades y pueblos. La megalópolis contemporánea impone para bien y para mal una nueva forma de vida. Demografía, migraciones, multiculturalismo… son cuestiones de máxima relevancia que el intérprete abrumado se limita a mencionar con inquietud. Una cuestión nuclear: clases medias contra todos. Aristóteles lo tenía muy claro: este factor es determinante de la estabilidad social y política. El reajuste del Estado de Bienestar (que no su destrucción voluntaria) está lejos de ser una opción malvada de los «ricos» insaciables contra los «pobres» desposeídos. Nadie en sus cabales prefiere vivir en una sociedad cargada de tensiones. Se trata, en rigor, de buscar un equilibrio «sostenible», algo más que una palabra de moda. Traducido a términos políticos: los grandes partidos tienen que encontrar la manera de conservar y/o recuperar a su electorado natural. De lo contrario, el populismo siembra en un terreno fértil para ofrecer promesas sin fundamento.

Sigamos por esta vía. No hay que dar facilidades a los enemigos (implícitos o explícitos) de la democracia constitucional. La clave se llama Ideas contra ocurrencias; es decir, con cita de Alice Munro, «utilizar la inteligencia como una herramienta y no como un juguete». Para superar la crisis actual es obligado aplicar criterios de moderación. Sobre todo, nunca se debe engañar a los ciudadanos atribulados. Dicho de otro modo: el peor enemigo de la democracia realista, posible y eficiente es la pseudodemocracia imaginaria, imposible e inservible. Es la grandeza y la servidumbre de la forma legítima que apela al «gobierno del pueblo», capaz de suscitar expectativas cuya decepción (irremediable) favorece a los amantes de soluciones autoritarias, mejor o peor disfrazadas.

Aquí y ahora, resulta obligado ejercer las virtudes cívicas que conducen a la concordia. Esto es, practicar una defensa activa dela España constitucional. La Transición, la Monarquía parlamentaria, la Constitución de 1978, son nuestra mejor contribución a la historia de la libertad política. Tenemos que preservar todo lo bueno y plantear, previo estudio y cuando proceda, las reformas necesarias desde el punto de vista del sosiego y la estabilidad. Todo ello bajo la inspiración del discurso clásico de Pericles: una confianza audaz en la libertad como seña de identidad de la vida que merece la pena ser vivida. Su reflejo artístico es aquella exquisita alegoría del buen gobierno que adorna el palacio municipal de Siena, todo un símbolo para la Ciencia Política.

El pesimismo estéril es nuestro peor enemigo. La desilusión es un fenómeno palpable y mucha gente no sabe a qué atenerse. Pero, felizmente, existe en la sociedad española un fuerte componente de estabilidad, al margen de la crispación en la superficie del espacio público. Si ejercemos con sensatez los derechos propios del ciudadano (ante todo, el derecho de sufragio) vamos a dar pasos en la dirección correcta, siempre con los límites que impone la realidad: la política es el espejo de la vida y el bálsamo de Fierabrás no existe, excepto en la ficción quijotesca. Bien lo comprendió Sancho cuando salió malparado de la ínsula Barataria. En esta época confusa hay que mantener los principios con firmeza y buscar acuerdos con perseverancia. Frente a la tentación demagógica, es tiempo para la moderación, centro y eje de la democracia genuina.

Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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