Democracia en suspenso en Iraq

Aunque las segundas elecciones parlamentarias de Iraq desde la invasión encabezada por EE. UU. en el 2003 representan un hito, no solucionarán el interrogante vital del país sobre su presente y su futuro ni lo aproximarán a una auténtica democracia. Los resultados hechos públicos por la inepta Alta Comisión Electoral Independiente revelan escasos cambios en las actitudes y lealtades políticas. Los iraquíes han votado según las tendencias existentes de acuerdo con las distintas facciones y etnias, no según la adscripción a un partido o una ideología.

Con relación a un futuro previsible, la política iraquí sufrirá una fragmentación – con nocivos efectos-según las tendencias de las distintas facciones, etnias y personalidades políticas, si bien el temor a un enfrentamiento civil en toda regla resulta injustificado. Transcurrida una semana desde las elecciones, se apuntaba que la coalición del primer ministro Nuri al Maliki – Estado de Derecho-y la coalición Iraqiya (La Iraquí), compuesta de diversas facciones y encabezada por el ex primer ministro Iyad Alawi, obtendrían aproximadamente el mismo número de escaños, unos 87, en el Parlamento de 325 escaños.

La Alianza Nacional Iraquí (INA), una agrupación de partidos religiosos chiíes con estrechos lazos con Irán, puede quedar en tercer lugar con 67 escaños, mientras que la Alianza Kurda del presidente Jalal Barzani y Masud Talabani ha triunfado como se esperaba en Erbil, la región autónoma kurda, con 38 escaños.

Los resultados amenazan con sumir a Iraq en un vacío constitucional y de liderazgo. Dado que Al Maliki y su rival principal, Alawi, no gozan de mayoría suficiente para gobernar en solitario, probablemente habrán de aliarse con uno o dos bloques para formar un gobierno de coalición, a lo largo de un complicado proceso de negociación plagado de riesgos en materia de seguridad y que, además, podría dilatarse durante meses. Tras las elecciones del 2005 estalló la violencia sectaria mientras los líderes políticos se enfrentaban durante más de cinco meses tratando de formar gobierno. Murieron decenas de miles de civiles y la situación llevó al país al borde de una guerra civil total.

Las próximas semanas someterán al límite de resistencia a las frágiles instituciones de Iraq. A menos que estén a la altura del desafío y constituyan un gobierno reformista y compuesto de diversas facciones, podría ser que los líderes políticos de Iraq echaran por la borda los valiosos avances en materia de seguridad alcanzados durante los últimos tres años.

Al Maliki ha acusado a los funcionarios electorales de manipular el cómputo en una parte de los 50.000 colegios electorales antes de que las papeletas se remitieran a Bagdad, una grave acusación. Alawi, por su parte, hizo acusaciones similares de fraude cuando el cómputo mostró que iba a la zaga de Al Maliki.

La realidad de las facciones se halla profundamente incrustada en el tejido político de Iraq. Por ejemplo, Alawi, un chií laico, se ha apoyado en un importante sector de población suní en su campaña en el centro y oeste de Iraq apelando a los votantes suníes desengañados de sus propios e incompetentes líderes religiosos y atraídos también por la postura no sectaria y antiiraní de Alawi. El electorado suní ha respondido asimismo a la actitud crítica de Alawi contra la parcialidad de Al Maliki y su fracaso al promover enérgicamente la reconciliación entre las diversas comunidades enfrentadas del país.

Pocos suníes han votado por Al Maliki, un chií, que no logró situarse entre los tres primeros más votados en todas las provincias iraquíes de mayoría suní menos una, circunstancia que lo dice todo sobre la polarización del país en distintas facciones a los siete años de la expulsión del poder del régimen de Sadam. Maliki ha procedido a revestirse del papel de nacionalista no sectario que aporta ley y orden al país desgarrado por la guerra, denominando a su coalición Estado de Derecho.

Pero la apuesta de Al Maliki no resultó. Incomodados por su decisión de proscribir a la mayoría de los candidatos suníes sospechosos de mantener vínculos con el partido baasista de Sadam, numerosos suníes recelan de que el primer ministro se haya desprendido realmente de su legado asociado a una determinada facción y consideran que Al Dawa, organización de base chií de las diversas que integraron la Alianza Nacional Iraquí, es la que pilota la coalición Estado de Derecho.

Aunque los resultados indican que los partidos conservadores chiíes y suníes de diversas lealtades políticas, como el Consejo Supremo Islámico Iraquí (SIIC), han obtenido deficientes resultados electorales, el líder religioso chií Moqtada al Sadr y sus partidarios son los grandes vencedores. Cabe la posibilidad de que los partidarios de Sadr lleguen a obtener más de 40 escaños; bloque de dimensión similar al de los kurdos, que han pesado notablemente en el equilibrio de poder desde el 2005, y que constituye un poderoso rival chií de Al Maliki. Los partidarios de Al Sadr han resultado ser un movimiento social líder que ya no puede ser excluido ni aislado. Los espectaculares progresos de los partidarios de Al Sadr complican el esfuerzo de armar apresuradamente una coalición de gobierno. Son enemigos encarnizados de Al Maliki, que en el 2008 envió al ejército a Basora y Bagdad para sofocar el desafío de las milicias de Al Sadr llamadas “ejército de Mahdi”.

Salvo la coalición laica y compuesta de diversas facciones encabezada por el ex primer ministro Iyad Alawi, el equilibrio de poder favorece un panorama basado en distintas facciones bajo diversos disfraces. Al fin, dada su base religiosa de apoyo en Bagdad y en las provincias rurales del sur, Al Maliki intentará probablemente formar un gobierno compuesto por algunos de sus antiguos y distantes socios chiíes y actuales aliados kurdos, eventualidad que daría lugar al distanciamiento de los suníes que, por primera vez, han votado en gran número.

Prescindiendo de cuáles sean los bloques que formen nuevo gobierno, EE. UU. e Irán serán los dos protagonistas externos más influyentes en Iraq. Irán representa una notable influencia merced a su patrocinio de destacados grupos chiíes.

Aunque se ha distanciado un tanto de Teherán, Al Maliki no ha cortado el cordón umbilical con su vecino gigante. Como suele declarar, Irán seguirá presente tras la marcha de los estadounidenses. Aunque Alawi llegue a primer ministro, no resulta probable que se oponga al régimen de los mulás dado el elevado coste que reportaría y el factor de desestabilización que representaría. Alawi volvería sus ojos al mundo árabe de predominio suní, en especial a Arabia Saudí, para contrarrestar la influencia iraní.

El resultado electoral significa que el régimen iraní no podrá cortar el bacalao en Iraq para llenar el vacío dejado por la marcha de EE. UU. Lejos de tal posibilidad, el nuevo gobierno de coalición en Iraq – ya sea dirigido por Al Maliki o por Alawi-intentará mantener buenas relaciones con los estadounidenses e iraníes y evitar poner todos los huevos en la misma cesta. Pese a sus anteriores críticas dirigidas contra el intervencionismo de EE. UU. en los asuntos internos de Iraq, Al Maliki y Alawi juzgan que la relación con Washington constituye un factor primordial a la hora de mantener la estabilidad y la paz a corto plazo y de disuadir a los ambiciosos vecinos del país.

Al cumplir sus compromisos relativos a la marcha de las tropas estadounidenses de Iraq, la Administración Obama iniciará el proceso de reparar los daños causados por su predecesor y de edificar una nueva relación basada en los mutuos intereses y no en la dominación. Los iraquíes han de tomar posesión de su país, de su seguridad y de su futuro.

Fawaz A. Gerges, profesor de Política de Oriente Medio y de Relaciones Internacionales de la London School of Economics. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.