Democracia formal y democracia real

Tenía este artículo escrito antes de los actuales movimientos en pro de una democracia real, y a la vista de ello debo reafirmarme en que, si no hacemos más esfuerzos a favor de una democracia más sana y más participativa, la democracia formal corre serio peligro. Y eso es algo que no podemos permitirnos, pues una cosa es encauzar las aguas, y otra que se desborden.

A lo largo de la Historia se ha producido una lucha permanente entre el Poder político y la libertad de los individuos sometidos al mismo. Y de las muchas formas en las que el Poder se ha constituido, la democracia ateniense es la que ha resultado vencedora como forma menos mala de gobierno. Aunque el nombre resulte excesivamente pomposo —gobierno del Pueblo—, al menos que se ponga el acento en la voluntad popular ya es un dato positivo. Y es que, como dice Gomá, «hubo un momento en la historia de la Humanidad en el que el hombre tomó conciencia de sí mismo, de su condición de fin y nunca de medio, promoviendo un proceso de privatización de la vida personal frente a esa permanente pretensión estatal de politizarla». Si hay algo inalienable a la condición humana es la libertad, no como capacidad de hacer lo que a uno le venga en gana, sino en la obstrucción real de ataques e intromisiones en nuestra esfera intangible personal, sin nuestro consentimiento o sin causa justa y razonable. Ser libre, sentirse libres, respirar libertad, es quizá la mayor gloria del ser humano, y por ello han muerto millones de personas y también han sido millones los ataques y lesiones al mismo.

Pero no voy a extenderme en eso. Lo que yo quiero expresar, del mejor modo que pueda, es mi convicción de que tras muchas décadas de democracia, y a pesar de ella, cada vez nos encontramos con menos espacios vitales de libertad, con más ataduras y mandatos imperativos, de modo que nuestro reducto personal de ser y sentirnos libres cada vez es más íntimo y menos operativo. Como bien dice J. R. Capella («Los ciudadanos siervos»), «los ciudadanos no deciden ya las políticas que presiden su vida. El valor de sus ahorros, las condiciones de su senectud, sus ingresos, el alcance de sus pensiones de jubilación, la viabilidad de las empresas en las que trabajan, la calidad de los servicios de su ciudad, las comunicaciones, la enseñanza, los impuestos y su destino… Todo ello es producto de decisiones en las que no cuentan, sobre las que no pesan, adoptadas por poderes inasequibles y a menudo inubicables, que golpean con la inevitabilidad de una fuerza de la naturaleza».

Es cierto que en las democracias votamos y nuestros votos tienen el gran poder de elegir a quienes luego dictarán las leyes y organizarán nuestras vidas. Pero en el voto suele consumarse nuestra participación política, y resulta impresionante comprobar —como ha resaltado Ginsborg— que si tenemos la suerte de disfrutar de una vida longeva votaremos unas quince veces en los comicios nacionales y otras tantas en los municipales, lo cual nos da un total de unos ¡90 minutos! a lo largo de la vida. Menos que lo que dedicamos diariamente a la televisión. Eso nos debe hace reflexionar, ya que agotar la bondad y eficacia de un sistema democrático en la posibilidad de votar supone una burla y un desdoro del propio sistema. La democracia ha de ser mucho más que representativa. Tiene que ser asimismo participativa. Dos grandes pensadores como Kelsen y Bobbio abogaban por introducir instrumentos de participación en los sistemas representativos, advirtiendo, además, el segundo, del peligro de las oligarquías en las direcciones de los partidos políticos. Dicho sea de paso, el eterno tema pendiente de las listas abiertas ayudaría mucho a la pureza de la representación, que queda muy deteriorada con las listas cerradas al uso.

Entre los muchos instrumentos participativos están los clásicos, como el referéndum, la iniciativa popular, etcétera. y algunos modernos, que han demostrado su eficacia sobre todo a nivel local, como son la asamblea abierta, los presupuestos participativos en los que una parte de ellos se dedican a lo que decide directamente la mayoría de los ciudadanos y los núcleos de intervención participativa (NIP) que han tenido éxito, en Alemania sobre todo; son grupos de personas (pocas) elegidas por los vecinos para tratar asuntos concretos durante un tiempo concreto. Y asimismo, los mecanismos de participación derivados de la Agenda 21 (Cumbre de la Tierra, Río de Janeiro 1992).

Especialmente, pienso que hay que dar mucho más juego a la sociedad civil. Dice Ginsborg («Así no podemos seguir», 2010) que «la democracia, y con ella la Humanidad en su conjunto, no tiene visos de sobrevivir y prosperar, si no se contempla, con mayor seriedad que antes, la necesaria relación entre la democracia como sistema político y la sociedad civil como red de asociaciones cotidianas, íntimamente conectadas con dicho sistema». Afortunadamente, la sociedad civil va adquiriendo pujanza entre nosotros, y es preciso apoyarla desde todas las instancias dando a sus iniciativas y reflexiones algunos cauces operativos. De lo contrario, perderemos un auténtico tesoro para el desarrollo genuino y dinámico de nuestra sociedad, de un modo más democrático que el que encierra el axioma «un hombre, un voto». Y es que, si los deberes del Estado frente a nuestros «derechos de libertad» no tienen, como afirma Capella, carácter jurídico sino político, y por eso los ejerce según el correlato de fuerzas políticas y necesidad de votos, se producirá un gran «fraude» a lo que votamos y en definitiva a la participación en la gobernanza de la sociedad. Muchas veces, por desgracia, la distancia entre lo que hemos votado y lo que luego hacen aquellos a los que hemos votado es enorme, y eso parece contrabando ideológico.

Dicho todo lo anterior, querría asimismo resaltar la creciente asfixia que sufrimos en el ejercicio de nuestros derechos, en aras de no se sabe muy bien qué. Parece como si el Estado, frente a las tesis roussonianas de la bondad del hombre, partiera de la base de que este es malo —por lo que hay que controlarlo, vigilarlo y dirigirlo al «bien»— y además tonto —porque al no saber lo que es bueno para él se lo tiene que decir el Estado—. Y de ahí viene esa manía regulatoria que penetra como el agua de lluvia por todos los poros de nuestra existencia. Sobre todo, pero no solo, a nivel autonómico —y los ejemplos, además de miles, son ridículos— se produce una orgía de regulación de la flora, la fauna, el tiempo libre, la salud, los alimentos, el circular, el beber, el fumar, los horarios, los infinitos permisos que hay que conseguir, y hasta los actos amatorios, con eso del sexo seguro. Por eso digo que tanto «amor» y tanto celo solo se entienden bajo el presupuesto de que somos malos y tontos. Y desde luego, no creo errar mucho si pienso que mucho tiene que ver con ello la legión de funcionarios y personal contratado que se dedican a esa tarea. Su número impresiona. Al final los derechos se enmarañan en la burocracia.

Puede consolarnos que siempre ha sido así, pues ya Platón decía que «nuestros políticos son las gentes más divertidas del mundo, con sus reglamentos que modifican sin cesar». Y en esos reglamentos el verbo más conjugado no es permitir, orientar o facilitar, sino prohibir. ¡Queda prohibido! Es el sueño de todos los mandatarios. Y eso no ocurre solo en nuestros lares, sino en todo el universo civilizado. Curiosamente, los países anglosajones, tan liberales ellos, son países obsesivamente regulados. Desde que uno se levanta hasta que se acuesta. Y todo es ¡para hacernos más felices! Y como dice Gomá, si nos obligan a ser felices —a pesar de nosotros— podría sucedernos lo anunciado por Juvenal, «que por amor a la vida perdamos lo que la hace digna de ser vivida».

Por tanto, hay que ponerse a la tarea urgente de ahondar en el ejercicio de la democracia, con más participación y espacios de libertad, no sea que por abandonar el sabio camino de las reformas caigamos en el violento de las revoluciones.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea, vicepresidente del Foro de la Sociedad Civil.

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