Democracia ideal

Las elecciones del 24 de mayo y la constitución de los ayuntamientos, el sábado, han ofrecido algunas sorpresas y planteado numerosos interrogantes. Entre las primeras, destaca cómo la fragmentación de la izquierda, que los responsables del PP saludaron como la garantía de su propio éxito, ha acabado con buena parte del poder cosechado hace cuatro años al incrementar las opciones de alternancia frente a una formación a la que ha fallado gente que consideraba suya. Entre los segundos, resalta la pregunta de si lo acaecido en dos actos –en las urnas y en los consistorios– es la confirmación de un cambio que irá a más o si, por el contrario, será matizado en las generales, entre otras razones por efecto de un sistema electoral que favorecerá a los dos primeros partidos del ranking en las circunscripciones menos pobladas. Pero las preguntas sobre la viabilidad o la orientación última de todo lo nuevo no agotan las incógnitas presentes. Surgen también cuestiones que atañen a la realización del ideal democrático.

Ha sido suficiente la formación de mayorías plurales y alternativas en los ayuntamientos para aflorar, por ejemplo, el debate sobre la pertinencia o no de introducir la doble vuelta electoral. Sus partidarios de última hora son los damnificados por el cambio. Lo cual tampoco invalida sus razones, según las cuales se trataría de dar a los ciudadanos la oportunidad de agrupar el voto concedido a una diversidad de opciones para encauzarlo hacia dos únicos concursantes finalistas. Ello conduciría a un sistema de corte mayoritario en detrimento de la representatividad que procura el actual, dado que las candidaturas no podrían rehacerse entre la primera y la segunda vueltas y, así, se fomentaría la polarización bipartita. En esto nada puede ser mejor que lo bueno.

Pero las alianzas postelectorales no presentan únicamente dificultades políticas, de dar coherencia de gobierno a la dispersión programática. Plantean también problemas en términos democráticos, puesto que se basan en la interpretación sobrevenida, y en esa medida abusiva, de “lo que han dicho los votantes”. El voto no sólo es secreto, es además mudo. Parece lógico pensar que los votos ciudadanos en Valencia capital agrupados en el pacto postelectoral en torno a Joan Ribó eran coincidentes en su deseo de sacar a Rita Barberá de la alcaldía. Pero es discutible que quienes votaron al PNV en Vitoria deseasen coincidir con EH Bildu para impedir la reelección del popular Maroto. La legitimidad de cualquier acuerdo posterior al veredicto de las urnas está sujeta al juicio político que merece su coherencia, pero también a la valoración ética sobre sus razones e intenciones, así como sobre la publicidad o la opacidad que haya precedido a un determinado pacto postelectoral.

En vísperas del 13 de junio, en una localidad costera de Bizkaia llamada Bakio, una candidatura independiente –BakioBai– anunció que daría su voto a la aspirante de EH Bildu para descabalgar al PNV de una alcaldía que mantenía desde 1979. La alternancia se presentaba como una medida de salud democrática. Lo chocante fue que al día siguiente de hacer pública su intención de cara al pleno del sábado, BakioBai advirtió de que, una vez concedida la alcaldía a la izquierda abertzale, pasaría a la oposición. Lo peor es que no suena extravagante. En pocas semanas las formaciones emergentes han introducido una variante de muy baja responsabilidad democrática que parece caer hasta simpática. La posibilidad de que se elijan alcaldes o designen presidentes alternativos a quien haya encabezado la lista ganadora –porque lo importante es el cambio– sin comprometerse luego en el gobierno resultante. La reivindicación de la inocencia linda con el juego turbio cuando se asume la representación de los intereses ciudadanos eludiendo la carga de su gestión. Aunque a estas alturas entre los emergentes pesa más el cálculo partidista que la inocencia. Pesa más el empeño por pasar de puntillas por estos comprometidos momentos para así aspirar, impolutos, a ese poder superior que espera a la vuelta del verano. Hasta ahora sólo hemos asistido a cambios en la estética política y a la proliferación de consideraciones éticas que por momentos suenan equívocas. Como cuando los nuevos responsables institucionales se refieren a “la calle”, o parecen olvidarse de que sus antecesores siguen representando voluntades ciudadanas. No parece que la colorida explosión municipal de esta primavera vaya a agostarse antes del próximo otoño. Pero la efervescencia pluralista tampoco debería olvidarse del origen de sus votos y de que la pluralidad alcanza hasta a quienes resultan antipáticos. La democracia está lastrada de defectos, pero nunca podrá echar a volar a impulsos de los excesos de la apariencia.

Kepa Aulestia

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