Democracia retorcida

La celebración de consultas de autodeterminación en numerosas localidades de Catalunya ha suscitado una disparidad de valoraciones en torno al índice de participación logrado por quienes las convocaron. Probablemente estos esperaban una afluencia algo mayor y, sobre todo, más homogénea. Que era lo que, también probablemente, temían sus detractores. La divergente lectura sobre el alcance de la prueba plebiscitaria del domingo demuestra que su resultado no fue tan inequívoco. Ni satisface plenamente al independentismo, ni puede ser soslayado por quienes discreparon de la iniciativa. Es lo que ocurre cuando se pretenden corregir los equilibrios de sociedades integradas por ciudadanos con pertenencias nacionales compartidas mediante el sí o no a una fórmula de forzosa simplificación de su diversidad. Pero no hay apreciación más errónea que la que el presidente Rodríguez Zapatero expresó en vísperas de tan peculiar cita, al señalar que la iniciativa "no va a ninguna parte". Claro que va hacia alguna parte, aunque ni sus propios convocantes conozcan adónde. La energía independentista no se crea; si acaso se recrea. Tampoco se destruye, sino que se transforma. Las consultas celebradas son el efecto de un determinado estado de cosas en Catalunya; lo que falta por saber es en qué se transformarán. Algo que depende mucho más de la política institucional que de los organizadores de la prospección del domingo. En otras palabras, depende de que las formaciones más representativas y las instituciones sepan hacia dónde querrían conducir la transformación de esa energía.

Las consultas del domingo, como las anteriores y las posteriores, son para sus impulsores un ensayo preliminar que trataría de habituar a la ciudadanía catalana a un clima plebiscitario que acabe resultándole natural, para así culminar el proceso en un referéndum de autodeterminación propiamente dicho. Se trata de acostumbrar al cuerpo social al ejercicio del "derecho a decidir" en su versión soberanista y sublime. Ello obliga a cada ciudadano, participe o no en la consulta, a forzar su respuesta ante una disyuntiva que quizá no se ha planteado nunca, o no forma parte de sus inquietudes. Frente a la democracia plebiscitaria, la democracia representativa tiene la gran ventaja de adecuarse no sólo a la diversidad del colectivo, sino a la naturaleza más o menos plural de la identidad de cada ciudadano. Para que un determinado plebiscito no violente esta doble pluralidad resulta necesario que en el seno de la democracia representativa se concierte su convocatoria y los términos en los que se expresará la disyuntiva que se le plantee a la ciudadanía. Es este el déficit más importante que presenta la concepción plebiscitaria del "derecho a decidir", y el que la convierte en palanca de división.

Pero hay más, cuando la sociedad es llamada a un plebiscito cuya propia celebración no ha sido consensuada, y la pregunta formulada representa además un drástico cambio en la organización del poder político o fuerza sus sentimientos de pertenencia, no sólo se tiende a reducir peligrosamente la diversidad social. Se tiende además a fomentar la presunción de que una opción identitaria es la buena, la que responde al sentir de la historia. De manera que quien no la comparta será mejor que se avenga cuanto antes a su superioridad moral. Por otra parte, al dar inicio a los ensayos con una vía alegal de realización de la democracia, formulando además una opción que no está jurídicamente validada ni podría ser viable por sí misma, la prueba plebiscitaria acaba dando la espalda a las instituciones, a la democracia representativa, sugiriendo que pertenece al estadio fundacional de una nueva era. Es más, tal proceder induce un claro desdén hacia la democracia realmente existente, como si esta careciera de la suficiente calidad para tomarla en consideración. Así, un experimento de democracia directa se mostraría como valor superior al de esa otra democracia, la representativa, que en tanto que cotidiana podría tenerse por trivial. El independentismo más entusiasta bebe, además, de una lógica que puede volverse perversa a cuenta de mostrarse transgresora: dado que no todo es posible en la democracia constitucional, nada de lo posible merece la pena. La transformación que experimente la energía liberada - o frustrada-en las consultas del pasado domingo puede dar lugar a dinámicas que desborden a los partidos, a las instituciones y a la propia legalidad. Pero también puede acabar retorciendo la propia cultura democrática.

Kepa Aulestia