Democracia y derechos humanos en Europa

Por Jesús López-Medel, relator de Derechos Humanos, Democracia y Ayuda Humanitaria de la Asamblea de la OSCE, y diputado del Congreso por Madrid por el PP (EL PAÍS, 04/07/07):

Debemos revisar permanentemente el compromiso ético con los principios y los valores en Europa, siendo esto lo que nos debe unir en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), entidad que abarca desde Vancouver a Vladivostov, agrupa a 56 países (entre ellos, los centroasiáticos, Estados Unidos y Canadá) y cuya presidencia corresponde este año a España.

El respeto de la dignidad de la persona y los derechos humanos, la libertad, la democracia, el Estado de derecho, el pluralismo, la justicia, la igualdad y la solidaridad son la base de nuestra identidad europea y el fundamento del orden político y la paz social. La observancia de estas reglas ha de mantenerse siempre, sin que existan razones o coyunturas en que deban dejarse de lado.

Reforzar la seguridad es una prioridad, especialmente contra el complejo fenómeno terrorista.En todo momento -también ahora tras los acontecimientos recientes-, no debemos olvidarnos algo fundamental: frente al terrorismo no todo resulta adecuado ni admisible. Una conquista de la civilización en las democracias avanzadas es la sujeción de los poderes públicos a las normas nacionales y convenciones internacionales, y también a los valores éticos que los sustentan.

Cuando como reacción ante ataques a nuestros sistemas se arrinconan reglas y derechos básicos en un sistema democrático, aunque ello resulte aplaudido por unos y silenciado o encubierto por otros, algunos deben ver cómo se encienden luces rojas. En una democracia no es indiferente cómo y con qué límites reaccionar al terrorismo. Y como éste nos golpea a todos, a todos nos importa que la respuesta sea, desde la cooperación, lo más concertada posible y salvaguardando siempre los valores democráticos, lo cual no ha sucedido a veces.

Incluso en momentos de dolor e indignación por los atentados en Líbano y Yemen, o ante la gran alerta en el Reino Unido, tenemos que proclamar que no todo es eficaz, inteligente o asumible éticamente en democracia. Reflexionar y remarcar los límites de la lucha contra esta maldad no significa ser débiles sino, al contrario, fuertes en las convicciones, pudiendo conjugarse el esfuerzo por la seguridad con el imprescindible compromiso de respeto a los derechos humanos. Sólo así tendremos credibilidad para exigir democracia a otros.

En el desarrollo de las libertades en el ámbito de la OSCE, aunque se constatan avances en diversas áreas como la progresiva derogación (en algún país pendiente todavía) de la pena de muerte, en otras hay estancamientos o retrocesos, singularmente en el espacio post-soviético. Especialmente debe reivindicarse la libertad de expresión y prensa (amenazada en varios países) como nítido soporte de la democracia y prueba más fidedigna de la calidad de nuestros sistemas políticos. Que se puedan crear libremente medios informativos independientes. Que los profesionales de la información puedan ejercerla sin riesgo de ser despedidos o incluso perder su vida como aconteció con Ana Politoskaya y otros. Que no sea una heroicidad ser libre para que otros sean verdaderamente libres.

También debemos expresar preocupación por otros derechos como los de manifestación o participación política que algún país quiere restringir, penalizando la disidencia. Cuando aquellos se constriñen y limitan, la democracia encoge. No hay que tenerle miedo a la libertad. Al respecto, es fundamental seguir desarrollando misiones de observación electoral como contribución de la comunidad internacional para velar por la transparencia.

Muy importante es el exigible respeto a la libertad religiosa y de creencias. Sólo razones de orden público muy nítidas pueden constreñir este derecho del cual forma parte la manifestación de signos que, sin constituir un ataque para las creencias de otros, sean expresión de algo que si sale del corazón y es libre, no puede ser negativo. Debemos reforzar la lucha contra toda manifestación de antisemitismo o islamofobia.

Asimismo, debemos potenciar una mejor participación de la sociedad civil como instrumento de profundización democrática. Es fundamental que la sociedad tenga vida por sí misma. Desde el poder se pueden ahogar iniciativas sociales, y así sucede en algunos países con sociedades domesticadas. Así, debemos fortalecer la sociedad civil, con todo lo que supone de pluralismo y plenitud del derecho de asociación, con los grupos sociales y las organizaciones no gubernamentales que en algunos lugares están amenazadas.

También debemos reforzar nuestro compromiso por la transparencia, lo cual, junto al significado del Estado de derecho, requiere una lucha firme contra todo tipo de mafias como grupos organizados al margen del poder y son impunes a los deberes de las leyes para todos, siendo esencial una justicia más independiente y no condicionada por los poderes políticos o fácticos, evitando, también, vendettas o ajusticiamientos paralelos.

Droga, tráfico de armas, tráfico de seres humanos, son, entre otras, las áreas de este fenómeno que trasciende a las fronteras nacionales. Generalmente va vinculado a corrupción del poder, debiendo impulsar nuestro compromiso y cooperación contra esta lacra.

Asunto capital es la inmigración. Éste tiene implicaciones respecto a la cohesión básica de nuestro sistema de valores sociales y democráticos. Debe reforzarse la cooperación en el control de flujos migratorios para estar en condiciones de absorber laboral y socialmente a las personas que llegan. También trabajar en el reto de combinar la preservación de la cultura propia de nuestros países y la admisión de que la pluralidad enriquece a todos.

Asimismo, debemos fortalecer los instrumentos de integración, evitando guetos y reconociendo a estas personas no sólo derechos políticos, sino también de carácter social como el derecho a la salud, a la educación y a una vivienda digna. No debe condicionarse el acceso a prestaciones sociales a requisitos como el lingüístico u otros, según algunos países pretenden.

Esto tiene conexión con otros dos temas: la protección de las minorías y la ayuda al desarrollo. La tolerancia es, claramente, un valor a preservar, pero no tiene que implicar superioridad. Ha habido avances, pero sigue siendo necesario asegurar las condiciones para que las minorías puedan manifestar su propia identidad étnica, cultural, lingüística o religiosa. También debemos reforzar el compromiso en la lucha contra la pobreza. La violencia que más afecta a la seguridad tiene su germen generalmente en el fanatismo, la incultura democrática y la pobreza. Así, deberíamos implicarnos en hacer más efectivo el principio de justicia para aquellos que en otros lugares están en una situación de total vulnerabilidad unida a la total ausencia de esperanza, debiendo vincularse las políticas de ayuda con el desarrollo de los países de donde vienen los inmigrantes.