Demografía y jubilación

La UE ha publicado un informe acerca de las perspectivas de envejecimiento de la población sobre las que conviene reflexionar dada su repercusión futura para el bienestar social. Por lo que se refiere a España, prevé que en el año 2064 el 15% de la población tendrá más de 80 años (unos siete millones), lo cual representa un aumento del 165% en 50 años. Asimismo, en ese año la población española comprendida entre 0 y 14 años equivaldrá solo al 13% del total, mientras que los mayores de 80 años superarán a ese grupo de edad en 700.000 personas.

Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística prevé un descenso progresivo de la población española de un millón de personas en los próximos 15 años (habría 45,8 millones de habitantes) y de 5,6 millones al cabo de 50 años (habría 40,9 millones). Igualmente hipotetiza un enorme alargamiento de la expectativa de vida, de tal forma que en la próxima quincena los mayores de 65 años equivaldrán al 25% de la población total y en el 2064 ese grupo poblacional equivaldría al 40%. En el mismo periodo de tiempo, el porcentaje de niños menores de 10 años se reducirá en un 33%, siendo el grupo más numeroso el comprendido entre 85 y 89 años (actualmente, el grupo más numeroso es el comprendido entre 35 y 39 años y en 2019, el de 50 a 54 años). Y lo más llamativo: en 2064 podría haber 372.000 personas mayores de cien años.

Es evidente que esas previsiones demográficas podrían cambiar radicalmente si la economía española sufriera un espectacular repunte, capaz de exigir la entrada de millones de emigrantes jóvenes dispuestos a tener hijos. Sin embargo, ninguna institución prestigiosa prevé una mejora tan sustancial de la economía española en los próximos 50 años. Parece meridianamente claro que la tasa de dependencia aumentará hasta límites jamás conocidos hasta ahora. El propio INE afirma que la tasa de dependencia subirá más de siete puntos en el 2029.

Me imagino que, al igual que a mí, el conocimiento de esos datos habrá creado en los lectores miles de dudas de cara a su bienestar futuro. No obstante, a la única que me voy a referir es al problema de las pensiones para ese elevado porcentaje de personas jubiladas dentro de muy pocos años. Creo que no hay que ser muy expertos en economía para darse cuenta de que con esas previsiones resultará imposible a cualquier gobierno pagar las pensiones, a no ser que se lleve a cabo una radical reforma de las leyes que la regulan.

Hoy, a pesar de la no existencia de un fármaco que cure la enfermedad de alzhéimer y tampoco de una vacuna que la prevenga, está más que demostrado que la mayoría de la población se mantiene en perfectas condiciones físicas e intelectuales después de haber cumplido 70 años e incluso después de los 80. Ello equivale a admitir que esas personas están en condiciones de tener un rendimiento laboral tan estimable como el de un trabajador de menor edad, al menos en determinadas ocupaciones, lo cual implica que no habrá otro remedio que replantear la edad obligatoria de la jubilación, e incluso los presupuestos teóricos acerca de lo que se entiende por estar jubilado.

Estoy completamente seguro de que ya habrá expertos que estarán estudiando el escabroso tema de la jubilación en un contexto demográfico como el previsto por la UE y por el INE para los próximos 50 años. Yo, valiéndome exclusivamente del sentido común, pienso que la solución fáctica pasa por poner una edad de jubilación bastante superior a la actual e incentivar a quien desee continuar en su trabajo por encima de esa edad mínima, con tal de que se demuestre que su rendimiento laboral resulta satisfactorio de acuerdo a determinados parámetros objetivables. No cabe duda de que este planteamiento requiere un consenso entre todos los partidos, los sindicatos y los empresarios. De todos modos, pienso que sea cual sea el partido que gobierne no tendrá otro remedio que promulgar una ley que implique un planteamiento semejante a este, con consenso y sin él. De no ser así, me temo que en un horizonte aproximado de 30 años solo los grupos sociales más favorecidos podrán cobrar una pensión de jubilación razonable si es que durante su vida laboral se han estado pagando un plan privado de jubilación. Por el contrario, las capas sociales con menor poder adquisitivo cobrarán una pensión ridícula o a lo mejor ninguna.

Personajes tan sensatos como Valentín Fuster y José Luis Sampedro ya abordaron el tema de la jubilación en un libro titulado La ciencia y la vida (2008). Ambos coinciden en que decirle a alguien, que se encuentra en perfectas condiciones físicas e intelectuales, “tú ya no eres útil” solo porque ha cumplido 65 años es algo contra natura (página 145). La solución que proponen es permitir que las personas puedan seguir trabajando, si así lo desean, en algunos casos en el puesto que desempeñaban y en otros en actividades laborales acordes a su estado de salud y a las exigencias de cada trabajo, hasta que se demuestre que no están en condiciones de resultar competitivas. En favor de esa propuesta, el cardiólogo da argumentos de mucho peso de tipo saludable, y el economista, de tipo socioeconómico.

Santiago Molina. Catedrático jubilado. Universidad de Zaragoza.

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