Demonios de ida y vuelta

Josep Cuní, periodista (EL PERIODICO, 30/07/04).

Conocido el informe sobre los atentados del 11-S del Congreso norteamericano, hemos seguido expectantes la evolución de la comisión sobre el 11-M español. Nada en común en el aspecto procesal o en el número de testigos convocados. Ni en la importancia de los documentos consultados ni en el tiempo destinado a la investigación. A pesar de ello, no resulta aventurado adelantar coincidencias entre las conclusiones ya hechas públicas y las esperadas. Por ejemplo, no culpabilizar a nadie en concreto, lamentar la falta de coordinación de los cuerpos de información del Estado e instar a trabajar para evitar otro descalabro. Incluyendo la sugerencia de un centro único de información, por supuesto.

COMO HA reiterado el presidente de la comisión española, el diputado canario Paulino Rivero, la prevención es la base sobre la que se sustenta el motivo de la indagación en curso. Y el pacto entre el Partido Popular y el PSOE acordado para darle luz verde, añado.

En este momento, el encuentro hispano-norteamericano sigue viviendo tiempos de esplendor. De allá para acá, por el deseo manifiesto de José María Aznar de alcanzar sólidas alianzas que, a remolque de Washington, pusieran a España en el mapa de las influencias mundiales y a él en la lista de quienes lo diseñaban. Previo pago millonario a un lobi para facilitarle acceso al poder supremo y el posterior agradecimiento por tan alto empeño.

De acá para allá, por el aprendizaje rápido que el Gobierno de George Bush ha hecho de las técnicas propagandísticas de difusión de las grandezas propias y las bajezas ajenas que tan buenos resultados le dieron al Partido Popular. Falta saber si La máquina de hacer ruido de los republicanos -como ha titulado su excelente libro David Brock–, se dará cuenta del riesgo de los excesos y las posibles consecuencias que de él se derivan. Nefastas para sus intereses a medio plazo como sucedió en España el 14 de marzo.

Ya se verá en las elecciones presidenciales que se celebrarán el próximo mes de noviembre, aunque, de momento, las tesis de la mayoría norteamericana, incluida una sustancial parte del partido demócrata, son las mismas que el expresidente español sigue defendiendo. Nada habría cambiado sin el atentado. Ucronía se llama a la idea de lo que el bolero definió como aquello que pudo haber sido y no fue.

A pesar del deseo de cambio en aquel país por parte de muchos de allí y de la mayoría de aquí, y aún teniendo en cuenta la ligera ventaja del candidato demócrata John Kerry en algunos sondeos, por ahora la quiniela pide X en la casilla.

Que las calles de Manhattan sean una procesión de voluntarios pidiendo firmas al grito de beat Bush –golpear, batir, vencer al candidato a la reelección– no significa que las cosas estén claras. Nadie con sentido de la responsabilidad se atreve a ir más allá de lo que su conocimiento del país y de sus compatriotas le permiten. Y, sobre todo, y a diferencia del hábito de una parte del periodismo español, nadie con capacidad analítica impone el ferviente deseo de cambio a la posibilidad ni a la probabilidad de que suceda.

HOY POR HOY, la cautela es norma en comentaristas y editorialistas que admiten, sin embargo, que la película de Michael Moore, Fahrenheit 9/11, está consiguiendo un hueco social muy superior al que pudieran prever incluso sus más fervientes admiradores.

Barbara Probst Solomon lo tiene claro. El riesgo de que la alternativa pierda es tan alto que los demócratas no pueden equivocarse. La influencia de The New York Times es fuerte, pero no llega a Oklahoma ni a ninguno de los muchos estados envueltos en las barras y las estrellas de una bandera convertida por George Bush en arma arrojadiza contra quien discrepe de su guerra en Irak o de su política económica. Dos bazas que se convertirán en los dos grandes argumentos electorales. Y seguramente la primera, con un millar de soldados muertos, más y mejor que la segunda.

En principio es lo que quería y pretendía John Kerry, pero el candidato demócrata está preso por su voto afirmativo a la ocupación. De ahí el contrataque republicano reforzado por el latiguillo tan manido entre nosotros de que quien ataca al presidente, ataca al país.

Como acepta el psiquiatra Luis Rojas Marcos, para un español pasearse estos días por Nueva York es recuperar la sensación de lo vivido. Ya puede Aznar darse por satisfecho. Allí quedó su influencia. Por allí circula su legado.