Dependencias

Por Cristina Sánchez Miret, socióloga (LA VANGUARDIA, 02/04/06):

La dependencia – en estos tiempos que corren- es un término negativo que sirve de etiqueta a la falta de autonomía personal. Son diversas las formas de dependencia que se consideran y no es casual que nuestra sociedad sólo sea capaz de ver unas formas de dependencia y no otras.

En un primer momento, con el término dependientes se designaba básicamente a todos aquellos que no se ganaban el pan con el sudor de su frente. La relación con el mercado laboral – o la ausencia de ella- es el elemento clave para distinguir los ciudadanos activos, autónomos y libres, de aquellos que, en primer lugar, son un lastre para la economía del país y, en segundo lugar – a causa de esta falta de autonomía- son un lastre para sus propias vidas. El ejemplo tipo de esta situación de dependencia económica y de los resultados tan negativos que provoca ha sido, durante mucho tiempo, el colectivo de mujeres cuyo sustento depende de los ingresos del marido.

Ha pasado el tiempo, y aunque este tipo de definición de la dependencia persiste, con la incorporación y mantenimiento de las mujeres en el mercado laboral se habla de otro tipo de dependencia – la que ahora va a legislarse-. La nueva ley se ocupará de aquellos que por falta o pérdida de la autonomía física, intelectual o sensorial precisen de la ayuda de otras personas para realizar las actividades básicas de la vida cotidiana. Los dependientes ahora no son mujeres – o no son sólo mujeres-, pero es sobre ellas sobre las que recae sin reconocimiento la carga de estas situaciones.

El problema está en que, en el debate actual sobre el tema, no se considera otro tipo de dependientes y otras formas de dependencia. A tenor de cómo se reparte el trabajo doméstico en este país – es decir, que no se reparte-, los dependientes son muchos más de los que barajan las cifras oficiales. A cualquier edad, y en cualquier situación de salud, la mayoría de la población depende de una o más mujeres, normalmente de aquellas con quienes se convive.

No sólo es dependiente un abuelo porque no puede andar o un hijo pequeño porque está aprendiendo a hacerlo. También lo es el de 25 años que ha empezado a trabajar fuera de casa pero habita en ella, disfrutando de la infraestructura y los servicios – no sólo necesarios sino imprescindibles para vivir- que le proporciona una mujer, su madre. Pero sobre todo y especialmente, ya que es el proceso más largo en el tiempo, es dependiente cada marido de su mujer – o cada compañero de su compañera, da igual lo moderna que sea la pareja-, exactamente por la misma razón. De estas dependencias no conviene hablar, y mucho menos clasificarlas como tales: por eso la ley no las contempla.

Todo aquello que hacemos sin darnos cuenta es más peligroso que aquello que hacemos conscientemente. En este último caso hay intención, voluntad de hacerlo y, por lo tanto, posibilidad de reconocerlo, reflexionar sobre ello y cambiarlo a causa de argumentos propios o ajenos. En cambio, todo aquello que hacemos inconscientemente presenta mayores dificultades, tanto de reconocimiento como de adopción de nuevas pautas. El sexismo es un intangible que forma parte de nuestras vidas – incluso de las de aquellos (progres o no, mujeres u hombres) que están en contra de él-. Forma parte de nuestra manera de pensar, de nuestra manera de actuar, de nuestra manera de clasificar, categorizar y explicar lo que pasa; en definitiva, de cómo vemos el mundo y la realidad que en él ocurre. Mejor dicho: de la realidad que somos capaces de ver en el mundo en el que vivimos. El resto sigue ocurriendo sin que hagamos nada para cambiarlo, sirva de ejemplo la dependencia.