Depresión pospacto

Por Salvador Cardús i Ros (LA VANGUARDIA, 11/12/03):

ERC dio a conocer su decisión a favor de un pacto de gobierno con el PSC y ICV. Y, en coherencia con lo que he venido argumentando desde el pasado día 16 a favor de un gobierno de concentración, sigo pensando que no es el pacto que más convenía al país. Mis deseos, pues, se ven frustrados. Además, sea cierto o no, da la impresión que ERC no ha peleado casi nada por conseguir el gobierno con CiU y PSC que propuso en campaña. Ahora, la oportunidad para iniciar una verdadera segunda transición se ha perdido o por lo menos parece alejarse en el horizonte, y se gobierne mejor o peor, posiblemente faltará la unidad necesaria para llevar a cabo los cambios profundos que se necesitaban. No sólo eso, sino que un Maragall electoralmente derrotado se habrá colado por la puerta de atrás en la lista de presidentes de la Generalitat de Catalunya. No hace falta decir que la puerta de atrás es tan legítima, democráticamente, como la de delante. Pero no es lo mismo desde el punto de vista de la aceptación popular del liderazgo que conlleva tal presidencia en un país huérfano de Estado. Maragall nunca podrá sacarse de encima la imagen que ha ganado el partido de penalti y en tiempo de descuento. El estado de ánimo de CiU, por su parte, es perfectamente imaginable: supongan ustedes cómo reaccionaria el PSC y todo su entorno de interesados si después de ganar, ERC hubiese pactado con un CiU perdedor. Sobran comentarios. De todas formas, algún día alguien tendrá que explicar la extraña negociación de CiU con ERC. Sirve de poco suponer que a quien principalmente pilló por sorpresa la victoria de Mas fue a CiU, o que de entrada ya se diera por perdida la negociación. Ni me sirve, porque no me la creo la idea de que ERC no contará con una victoria de CiU y que por esa razón se conformó con el acuerdo previsto con el PSC. Pero, en cualquier caso, nadie acierta a comprender ni la elección de los negociadores ni la casi desaparición pública de Mas durante estas tres semanas. Cabía esperar una presencia activa del vencedor. Carod-Rovira podía ser el árbitro del nuevo gobierno, pero CiU y PSC debían jugar el partido. En cambio, parece ser que CiU y PSC apenas hablaron durante estas semanas. ¿Es eso políticamente justificable? Siendo que tampoco creo la tesis que ya estaba todo decidido antes del 16-N, ¿podría decirse que Mas supo ganar las elecciones pero no supo negociar el pacto, y que Maragall, perdiéndolas, supo ganar la partida moviendo todos los resortes a su alcance, que no eran pocos? ¿O es que, simplemente, Carod-Rovira ha tomado la decisión más racional posible a su favor, sin sentimentalismos?

Desde mi punto de vista, la decisión presenta algunos riesgos. El primero de ellos, que el pacto de izquierdas simplifique el modelo político catalán que hasta ahora se había movido sobre al menos dos ejes, cosa que le daba una gran complejidad y que permitía a los electores mantenerse en un marco de ambigüedades inteligentes y políticamente útiles. Hasta ahora, se podía votar a CiU también desde el independentismo de izquierdas, se podía votar al PSC desde el españolismo conservador o se podía votar a ERC sin tener que escoger entre nacionalismo o progreso. Existían votos y lealtades si no compartidas, por lo menos superpuestas. Esta complejidad, con más ventajas que pegas, ahora podría quedar mermada de tal manera que el debate quedara reducido entre un nacionalismo regionalista moderado en la oposición y un catalanismo de izquierdas con una extraña –aunque fuerte– presencia de independentismo progresista en el gobierno. Si a partir de ahora el eje de los debates está entre gobierno y oposición, que sería lo lógico, la política catalana será más “normal”, pero en el sentido de resultar menos original. Sólo si la tensión se mantiene alta entre los participantes en el gobierno, el juego seguirá ofreciendo un interés superior al previsible. Naturalmente, también habrá que estar atentos a los gestos de CiU, por si se contenta con ser la expresión de un regionalismo moderado, como ha sido considerada por ERC, o si es capaz de demostrar que su actual apuesta por un modelo socialdemócrata de verdadera raíz soberanista era sincera. En segundo lugar, habrá que esperar a ver cuáles van a ser los resultados reales de la nueva distribución del poder en Catalunya. Hasta ahora era un país dividido de manera bastante equitativa. Ahora, se deja a la fuerza con más diputados sin el control de apenas ninguna institución significativa. Me he hartado de lamentar el país dual que entre unos y otros habían construido. El verdadero respeto a las instituciones supone saber estar, desde el gobierno, por encima de un partidismo mezquino. Pues bien, la prueba del nueve de la bondad de este gobierno en ciernes estará justo en su capacidad de demostrar un gran respeto institucional que evite cualquier tentación de crear, a falta de contrapesos, una situación de “régimen”. Sigo opinando que la mayoría de votantes de ERC sabían a lo que se arriesgaban, incluso viendo venir el mal trago que pudiese llevar a la presidencia bien fuera a Mas o a Maragall, según el caso. La ideafuerza era la confianza incondicional en el líder, y Carod-Rovira había pedido que se votara con el corazón. En cambio los argumentos del pacto han sido de una frialdad ártica que para superarla harán falta algunos tragos de buen orujo. Con el pacto de izquierdas, una parte significativa del país ha entrado en un estado de desasosiego justificado. Con un pacto nacionalista, la otra parte significativa del país habría entrado en un estado de irritación. Y Carod habrá creído, con razón, que le será más fácil recuperar el descontento nacionalista inicial que empezar gobernando con la irritación de la izquierda en contra.

Sea como sea, es cierto que algunos sectores del mundo nacionalista han entrado en un estado de depresión pospacto que se observa a simple vista. En términos clínicos, puede tratarse de una depresión psicológicamente necesaria para superar el duelo por el fin del largo gobierno de tintes paternales de CiU y que la victoria del día 16 no permitió hacer en aquel momento. En parte, puede venir por la pérdida de la complejidad –o de la ambigüedad– política en la que estábamos instalados y de la que ahora nos vemos expulsados. Pero, en cualquier caso, el acierto o el error de este pacto no puede ni debe juzgarse en sí mismo, por razones sentimentales, sino por los resultados que vaya a dar en el futuro. Y, en este sentido, la composición conocida del nuevo gobierno y el nombre de algunos de los principales cargos que se van a saber de inmediato podrían reducir tal depresión pospacto a su mínima expresión.

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