Depresión socialista

La estrategia de contención con la que los socialistas habían afrontado las tres debacles anteriores de municipales, autonómicas y generales se ha visto desbordada tras las europeas del 25 de mayo, dando lugar a una extraña fiebre de dimisiones y renuncias que parece compensar en el plano moral la impasibilidad anterior al precio de incrementar las dificultades políticas del partido y el desconcierto de su potencial electorado. Porque se ha pasado de un tiempo en el que nadie parecía dispuesto a asumir responsabilidades ante los sucesivos reveses electorales a un momento en el que casi nadie se muestra dispuesto a echarse el partido a sus espaldas. En realidad no es contradictorio, porque esta sensación de orfandad es consecuencia directa de la gestión patrimonial de una organización política por parte de los de siempre. De manera que al final la renovación adquiere todas las trazas de un final de ciclo en el que la dirección anterior pasa hacia posiciones críticas y hasta desdeñosas respecto a la nueva hornada de responsables, que sólo unos pocos conocen de dónde salen, y que desde el primer instante se esfuerzan en escabullirse de la sombra que siguen proyectando los primeros.

Con la conferencia política de noviembre, la dirección socialista que salió elegida en febrero del 2013 del congreso en Sevilla -con Rubalcaba a la cabeza- quiso subrayar que el problema no era de nombres sino de ideas. Pero ya mucho antes de las europeas el contenido de la ponencia que se aprobó en aquel cónclave estaba amortizado. Tras el escrutinio del 25 de mayo, y una vez que las dimisiones y renuncias disipan la necesidad de un diagnóstico más a fondo sobre las causas de la derrota, aparecen otros nombres en los que casi nadie cree como solución. Como si una consulta al conjunto de los afiliados sobre quién de los candidatos a secretario general consideran mejor fuese a sacar al PSOE del atolladero en que se encuentra. O como si un proceso congresual más abierto y participativo a la hora de designar al nuevo secretario general convirtiera en líder salvador al candidato vencedor en la liza.

Lo que salga del congreso del 26 y 27 de julio será una organización semejante a la actual en cuanto a su permeabilidad o impermeabilidad respecto a las necesidades y aspiraciones sociales. El equipo de dirección parecerá más joven que el precedente y es posible que algo más capaz para utilizar otras herramientas de comunicación. Pero se deshará de mucha gente que no tenga cabida en el nuevo tiempo sin que pueda ser relevada así como así. En tres meses vendrán las primarias socialistas para redondear los resultados del congreso extraordinario, o para corregirlos mediante una bicefalia tan insostenible como la que mantuvieron Almunia y Borrell. Habrá quien sopese la hipótesis de que el nuevo secretario general encarnará, inevitablemente, una segunda parte del largo interregno que inició Rubalcaba tras la retirada de Zapatero, a la espera de que expectativas electorales más halagüeñas, a partir de la próxima legislatura, demanden un liderazgo más fuerte y definitivo al socialismo. Como habrá quien albergue sus esperanzas en la consolidación de la figura que salga del congreso de Madrid como un líder para muchos años. Claro que para eso tendría que salir más que airoso de las próximas contiendas electorales.

El problema es que los socialistas no pueden estar seguros de haber tocado fondo con las europeas. Del mismo modo que una leve mejora de posiciones en las municipales y autonómicas próximas o en las generales también les obligaría, igualmente, a plantearse la disyuntiva entre su refundación, renunciando incluso a sus siglas, o una navegación institucional en la que dependerían de las alianzas que pudieran establecer hacia su izquierda. En el horizonte próximo no parece que ninguna de las demás fuerzas vaya a perder para que los socialistas se recuperen, ni que vayan a ponérselo fácil para evitar que se hundan aún más. En el caso de que se afiance el soberanismo en Catalunya y, aunque más tarde, en Euskadi se reproduzca la misma dinámica, el PSOE experimentará una doble transformación, volviéndose más renuente ante el carácter plurinacional del Estado por un lado y retrayéndose en cuanto a su disposición al entendimiento con el centro-derecha. No puede descartarse un socialismo español sin el contrapeso de catalanes y vascos porque es lo que se respira por momentos. Durante los próximos cinco o seis meses los socialistas continuarán ensimismados, unos buscando adhesiones y recontando afiliados, y los más aclimatándose al escepticismo. Las peores condiciones para cumplir con ese lema falaz, por recurrente, de abrirse a la sociedad.

Kepa Aulestia

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