¿Derecha de la izquierda?

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay (EL PAÍS, 25/02/05):

Desde que se acuñaron los términos en la Francia revolucionaria, nunca ha sido fácil definir izquierdas y derechas. La cuestión es que, tal cual lo recuerda Bobbio, no se trata de conceptos absolutos, con un claro contenido doctrinario, como puede ser comunismo, catolicismo o liberalismo, sino simplemente de lugares en el espacio político. Se es de izquierda o derecha según el contrincante, en el lugar y la circunstancia. El liberalismo en el siglo XIX era izquierda revolucionaria al confrontarse con el absolutismo político y el confesionalismo estatal; hoy es derecha en lo económico y centro en lo político, frente a los autoritarismos o populismos, que pueden ser más de izquierda o más de derecha según su actitud frente a otros temas: respeto a la propiedad privada, independencia judicial, política de seguridad pública, etcétera, etcétera.

Si la calificación se prestó siempre a confusiones, mucho más ocurre hoy en que, caído el muro de Berlín y abandonada rotunda y catastróficamente la ideología marxista, las tendencias se han desdibujado notoriamente. Cuando la guerra fría, la doctrina marxista y la actitud ante la Europa del Este dividían las aguas, pero esa frontera se desvaneció en el espacio histórico.

El propio esfuerzo doctrinario del laborismo inglés -con Tony Blair y Guiddens a la cabeza- dista mucho de lo que se consideraba izquierda no hace mucho, cuando ellos mismos dicen que su tercera vía se “nutre de la unión de dos grandes corrientes de pensamiento de centro-izquierda -socialismo democrático y liberalismo- cuyo divorcio en este siglo debilitó tanto la política progresista en todo Occidente”. Incluso porque ya no es la redistribución de la riqueza el fin primero, al cual la política económica debía subordinarse, sino porque la inversión y el crecimiento son promovidos al rango de capítulos esenciales de esa misma búsqueda.

¿No hay más izquierda y derecha, entonces? Por cierto que sí, pero siempre dentro de los términos relativos de cada espacio político. En EE UU un liberal es de izquierda, porque valoriza tanto los derechos individuales como la seguridad pública, o porque asume el respeto a las minorías como un valor de la libertad y no como una fragmentación de la unidad nacional. Pero podría ser mirado como de derecha en el terreno económico y un peligroso conservador en la política exterior, si pensamos en las intervenciones que tanto demócratas como republicanos han emprendido sobre la soberanía de otros países.

En América Latina seguimos sumergidos en ese mar de confusiones y si hay algo que debiera decirse con toda claridad es que mejor que poner etiquetas es analizar la posición de cada uno sobre cada tema. En su momento, cuando ganaron las elecciones Sánchez de Lozada en Bolivia y Uribe en Colombia, se habló con superficialidad de una ola de derecha; ahora, con Lula, Kirchner y Vázquez en Brasil, Argentina y Uruguay, se afirma que estamos ante una gran ola de izquierda, a la que alegremente se suma al Gobierno chileno de coalición que encabeza con brillo Ricardo Lago. Sin embargo, no estamos hablando de lo mismo. Porque Chile es la economía de mayor dinámica de América Latina en los últimos años en virtud de que mantuvo la apertura comercial que venía de la dictadura; apertura que le ha impedido ser socio pleno del Mercosur al no estar dispuesto a aumentar los aranceles de importación y asumir los márgenes de protección que Brasil y Argentina necesitan para su industria frente a la competencia exterior. Una economía tan abierta ¿es socialista? Con el viejo código, es lo opuesto. Estaríamos en pleno Consenso de Washington si le añadimos ortodoxia fiscal y un Estado que asume roles sociales -y lo hace bien- pero no ha ampliado para nada su espacio de actuación directa en la economía.

El Gobierno brasileño, ¿es de izquierda? Si observamos su política económica, nos encontramos con una ortodoxia fiscal estricta, un relacionamiento estrecho con los organismos financieros internacionales y una política de altas tasas de intereses que recién comienza a flexibilizarse, definiciones muy lejanas del discurso histórico de la izquierda, que si el empresariado de a ratos cuestiona es porque le reclama más de la vieja política de subsidios y protección estatal. Por cierto hay una preocupación social, pero no era menor en el anterior Gobierno de Fernando Henrique Cardoso.

En Uruguay acaba de producirse una rotación histórica, en que los dos partidos tradicionales, que han gobernado alternadamente desde 1830, por vez primera son superados por una coalición autoproclamada de izquierda, donde revistan desde social-demócratas y demócrata-cristianos moderados hasta los viejos guerrilleros tupamaros. Pero ya se anuncia una política económica asentada en los mismos pilares que la que se venía aplicando.

Como siempre, la Argentina es más difícil de ubicar, ya que el peronismo no se ha ajustado nunca a una clasificación. Baste pensar que Menem, Duhalde y Kirchner representan al mismo partido para advertir la irresoluble paradoja de las clasificaciones. Sin embargo, hoy nos encontramos con una Argentina enzarzada en un tema que es una de las más persistentes e inexplicables sobrevivencias de la vieja izquierda: el respeto reverencial al régimen castrista, con el que a todos -y no me excluyo- se nos hace muy difícil discutir. Como bien se sabe, una distinguida neurocirujana, otrora estrella científica de la revolución cubana, pretendió salir de Cuba para reencontrarse con su hijo y sus nietos en la Argentina y ello le fue negado pese a la solicitud humanitaria encaminada por el Gobierno de Kirchner con la mejor buena voluntad. A partir de allí se generó un incidente diplomático, en que una vez más quedó en claro cuán ocioso es discutir sobre el número de presos políticos en Cuba cuando la isla entera es una gran prisión en la que todos y cada uno de los ciudadanos están controlados y de la cual nadie puede salir sin la autorización oficial. Si este episodio ocurriera con cualquier otro país, desbordarían los discursos parlamentarios y los títulares de la prensa latinoamericana para condenar a su Gobierno. Con Cuba el asunto es diferente. La sobrevivencia del mito revolucionario con su romántica aureola, la torpeza de un embargo comercial norteamericano totalmente inefectivo y el antiyanquismo militante, le permiten al viejo dictador preservar una legitimidad carente ya del menor sustento. En esto se suman no sólo quienes se proclaman progresistas, sino aun aquellos que siendo notorios centristas huyen como de la peste del riesgo de ser calificados de derechistas por este pecado.

Como se ve, sorpresas tiene la vida. En la economía nos encontramos ante la derecha de la izquierda, al tiempo que en la relación con Cuba nos topamos con una izquierda de la izquierda, del centro y aún de alguna derecha, como último dinosaurio sobreviviente de la guerra fría.

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