¿Derecho a morir?

Es bueno pensar en la muerte para valorar mejor la vida. En particular, cuando la reflexión se abre a la oración. Es uno de los ejercicios fundamentales de la espiritualidad católica, hoy un tanto en desuso, pero no menos aconsejable. En esto no podemos más que estar muy de acuerdo con Mario Vargas Llosa, que se define liberal y émulo de los países «avanzados» y que, en un artículo publicado el primer domingo de enero en un diario de tirada nacional, recomendaba no dejar de pensar en la muerte para vivir mejor.

En cambio, no podemos tomar más que como mera fórmula literaria su afirmación de que el «derecho a morir» es la otra cara de la moneda del «derecho a vivir». Pretende así dar cobertura intelectual a la ley por la que el Estado se convierte en árbitro de esos derechos, convirtiendo el suicidio en un supuesto derecho de nueva creación por el que se compromete a velar: la llamada eutanasia. Pero sucede que derechos reales son el derecho a la vida, no el «derecho a vivir», y el derecho a una muerte digna, no el «derecho a morir». Y sólo los derechos verdaderos pueden dar lugar a un discurso intelectual válido, basado en la realidad de las cosas, más allá de feas o hermosas fantasías literarias.

Derecho a morirTodos tenemos derecho a la vida, pero no «derecho a vivir». El derecho a la vida es un derecho básico: nadie puede disponer de la vida de otro a su antojo. Una de las obligaciones elementales del Estado es reconocer y tutelar este derecho fundamental. La vida de todo ser humano es un bien cuasi absoluto. Sólo la defensa proporcionada frente a un agresor injusto podría justificar éticamente una actuación del Estado o de una persona que le quitara la vida a alguien. Hoy se piensa que un Estado desarrollado económica y jurídicamente no se ve en tesitura semejante. La pena de muerte ha dejado de tener respaldo moral.

Este derecho a la vida lo tienen las personas vivas. Nótese bien -para evitar la confusión reinante en este campo- que hablamos de personas vivas, no de personas nacidas. No lo pueden tener personas que no han sido convocadas a la vida. Simplemente, porque no existen y no pueden ser sujetos de ningún derecho. Por la misma razón, quienes no viven tampoco pueden tener un supuesto «derecho a vivir». La vida no se tiene por «derecho», sino por concesión de alguien que nos la ha dado: los padres y, en definitiva, el Autor de la vida de todos. Tienen derecho a la vida quienes antes han recibido la vida como un don.

El que vive tiene derecho a morir dignamente, igual que lo tiene a vivir del mismo modo. Pero no se puede decir que tenga derecho a morir sin más. La muerte le viene, como le ha venido la vida. El Estado y las personas cercanas al moribundo han de velar por que las condiciones en las que la muerte le venga sean dignas. Que muera acompañado por sus seres queridos y con la debida atención espiritual y médica; en definitiva, con el menor sufrimiento espiritual, psíquico y físico.

Pero quien no tiene «derecho a vivir», tampoco tiene «derecho a morir» en el sentido de derecho a acabar con su propia vida ni, menos aún, a implicar a otros o al Estado en su acción suicida. Ese derecho no existe, porque la vida es un don tan básico que se identifica con la propia persona. La vida no es un objeto frente a la persona, asimilable a un bien que estuviera a disposición de su poseedor. La vida es indisponible, aún más que la libertad. Se podría renunciar a la libertad, pero no dignamente. Nunca será digno vender la libertad firmando, por ejemplo, un aberrante contrato de esclavitud. Con mayor razón tampoco será digno quitarse la vida. La dignidad humana estriba precisamente en la asunción responsable del don la vida y de la libertad, es decir, del propio ser personal. También de la libertad de encarar la muerte del mejor modo. Ojalá pudiera ser con el entusiasmo sereno de la Santa doctora: «Vivo sin vivir en mi -y tan alta vida espero- que muero porque no muero».

Detrás de la oscura fantasía del «derecho a morir» está la ilusión fatal de que el ser humano no deba nada a nadie: lo que se llama la absolutización del sujeto. En los tiempos modernos, este fenómeno, de por sí tan viejo como Adán, se ha convertido en la matriz de la cultura dominante, la que se jacta sin rubor de ser la propia de una Humanidad que, por fin, se habría hecho adulta y dueña de su propio destino.

Pero ese hombre, «moderno y adulto», es responsable de los crímenes contra la Humanidad más terribles de la historia, como también de la explotación letal de los recursos de la Tierra. Sin embargo, sigue creyéndose el imaginado árbitro benefactor que no debe nada a nadie, más que a sí mismo y, que por tanto, podría decidir cualquier cosa, sólo ante sí y por sí.

Los suicidas son especialmente dignos de compasión. No sólo Judas, sino esos otros que tal vez se han visto abocados a quitarse la vida faltos de los apoyos humanos y espirituales necesarios o víctimas de crueles presiones sociales. Muchísimos jóvenes, entre ellos. Pero la proclamación falaz de un supuesto «derecho a morir» no puede ser tenida como verdadera compasión. Por el contrario, tal proclamación no es en realidad sino un sinsentido más en la fatídica trayectoria del sujeto autoproclamado absoluto, que se cree legitimado para ejercer la libertad contra ella misma. Porque la libertad verdadera no es la capacidad de elegir cualquier cosa. Eso es, más bien, el capricho irracional y narcisista. La verdadera libertad trata a la vida como lo que es: ese supremo bien recibido, cargado de promesas; no se permitirá tildarla como inútil o absurda para luego despreciarla y negarla.

El autor que ha suscitado esta humilde reflexión se confiesa perteneciente a esa inmensa mayoría de los humanos que jamás caerá en la tentación de hacer jugar su libertad contra su vida. Pensará en la muerte sólo para amar mejor la existencia y sus placeres. Pero se entrega al juego literario de supuestos derechos de la libertad en favor de aquellos pocos que se empeñarán en ejercerlos de otro modo, el que a ellos les plazca. Pareciera que él no tuviera por qué compadecer a los suicidas. Su alegato no es en nombre de la compasión sentimental, como suelen ser la mayoría de los discursos favorables a la llamada eutanasia. Él va directa y crudamente al fondo de la cuestión: somos libres y, por tanto, básicamente autorreferenciales. En este marco «liberal», que cada uno se las apañe como pueda, sin estorbos de nadie. Y menos, de los católicos, naturalmente.

Juan Antonio Martínez Camino es Obispo auxiliar de Madrid.

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