Derechos, sin ideología

Conviene introducir luz en el debate de la igualdad: las mujeres son la mitad de la población mundial, no un colectivo al que sumar otros colectivos, como tampoco son diversidad a las que aplicar políticas de protección específicas para minorías. Únicamente desde esta perspectiva se podrá construir una sociedad de oportunidades 50-50. Una vez más la historia se repite. La reivindicación de las mujeres se ideologiza y se aleja de los marcos de inclusión por los que discurría en los últimos años, establecidos por Naciones Unidas en sus sucesivas conferencias mundiales y, de modo especial, en el giro que en 2014 supuso el movimiento «HeForShe» para comprometer a los hombres en la reivindicación de lo que es uno de los grandes Valores de la Humanidad: la Igualdad. Esa fue la línea de los Objetivos del Milenio en el año 2000 y luego de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, con el ODS 5 como uno de los retos por los que trabajar para cumplir la Agenda 2030.

La cultura occidental ha ido adoptando esos marcos legales no sin dificultad porque, si bien las leyes establecen la igualdad de género con nitidez, las desigualdades continúan en la vida real: violencia y brechas de género persisten de forma indigna para las sociedades que se llaman democráticas. En esta adaptación a los nuevos tiempos, incluso el diccionario de la R.A.E. ha simplificado el termino feminismo para poder ser abrazado por todos: «principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre». Derechos, sin detallar aspiraciones concretas sobre seguridad, inclusión, conciliación, empoderamiento, corresponsabilidad, visibilidad u otros reclamos necesarios. En esta línea trabajan Instituciones supranacionales por la #GeneraciónIgualdad, #PorUnMundo5050 en el que cabe todo el mundo y no sobra nadie. Con la pretensión de limar la cara radical del feminismo del siglo pasado y dejar atrás todas sus variadas adjetivaciones: radical, viejo, moderno, postmoderno, feminazi, lifestyle, liberal, pop, rosa millennial, puritano, mujerista, lipstick, liberador, light, clásico, queer… para hacerlo de buena cara, integrador e inclusivo. Y bien: cuando estaba delineada la causa, su claro propósito y como abordarlo a través de organizaciones supranacionales con claros compromisos, la política lo ha vuelto a descarrilar.

La reciente aspiración de la izquierda más radical, que liga la igualdad de las mujeres a otros reclamos es un error, por cuanto menoscaba la lucha de las mujeres por ocupar las esferas públicas de poder que antes le fueron negadas únicamente por su condición femenina. Eso nada tiene que ver con el sentimiento personal que cada cual pueda tener de su sexo.

Por eso conviene leer la historia que nos ha traído hasta aquí. La Historia con mayúsculas nos enseña que democracia liberal que hoy nos confiere derechos nació de los vientos de la Ilustración y las revoluciones del último cuarto del siglo XVIII, con la particularidad de que los grandes principios de «Libertad, Igualdad y Fraternidad» establecidos en la Declaración de Derechos del Hombre de la Revolución Francesa no eran para las mujeres. Una de las feministas que con más vehemencia se ha opuesto al feminismo queer de la Ministra Montero ha sido la filósofa Amelia Valcárcel, quien sitúa en Rousseau el origen del modelo de feminidad: sensibilidad y maternidad de las mujeres para el espacio privado y espacio público para los hombres, los varones como cultura y las mujeres naturaleza, a partir de lo cual «se comenzó a edificar la democracia excluyente» y originó la primera ola del feminismo. La segunda ola se encuadra en la revolución industrial con la irrupción del capitalismo y la incorporación de las mujeres a las fábricas sin derecho a la educación por ser mujeres, lo que les abocaba a ser la mano de obra más barata. Su lucha trajo el voto y los primeros derechos civiles y políticos. Conseguidos en las normas, fueron sus hijas y nietas desde la universidad y la política quienes, en los sesenta del siglo pasado, bautizaron al feminismo como radical pretendiendo «ir a la raíz», mezclando la lucha de sexos con la de clases. Ideologización que desterró Naciones Unidas y hemos vuelto a ver en las manifestaciones del 8-M en España, y en los textos del nuevo Ministerio de Igualdad. Reclamos que se alejan de la reivindicación histórica de mujer.

Conviene pues introducir luz en el debate: las mujeres son la mitad de la población mundial, no un colectivo al que sumar otros colectivos, como tampoco son diversidad a las que aplicar políticas de protección específicas para minorías. Solo desde esta perspectiva se podrá construir la sociedad de oportunidades 50-50, en equilibrio de derechos y obligaciones. En donde la derecha se reconozca sin hacer renuncias a la causa justa y noble de la igualdad y la izquierda radical abandone causas ajenas a las mujeres, que le son propias de la estructura de la sociedad en su conjunto. A diferencia de las olas de feminismo precedientes, combativas y excluyentes con los hombres, ahora se pide el compromiso de los hombres para construir la sociedad igualitaria. Cualquier otra causa unida a esta es volver a la casilla de salida. Sabiendo que la igualdad es un derecho que no necesita de adjetivos, porque o es inclusiva, o no es.

Gloria Lomana es periodista y presidenta de 50&50 GL.

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