Deriva nacional o dominio mundial

Cuando los dirigentes empresariales mundiales se reúnen en Davos, un cambio de paradigma necesario desde hacía mucho –el de subordinar el objetivo de inflación al objetivo de crecimiento– está cobrando forma lentamente.

En lo que algunos llaman un “momento opuesto al de Volcker”, el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Ben Bernanke, ha concretado un objetivo de 6,5 por ciento de desempleo junto a su objetivo de inflación; el nuevo Gobierno del Japón ha propuesto un objetivo mínimo de inflación; y Mark Carney, el próximo gobernador del Banco de Inglaterra, ha sostenido que “no podía haber un argumento más favorable para que se fijara un objetivo de PIB nominal”. Entretanto, China ha prometido duplicar la renta nacional media por habitante de aquí a 2020.

Lamentablemente, han sido necesarios cuatro años de grave subestimación de las consecuencias de la austeridad fiscal y una escasez crónica de demanda (con lo que las posibilidades de oferta de la economía han empezado a reducirse en la misma medida) para que acordáramos fijar un objetivo de crecimiento, cosa que pidió el G-20 en 2009.

Así, pues, ¿por qué, si se está materializando el cambio, hay tan poco optimismo en materia de crecimiento cuando entramos en 2013 y por qué se habla tanto de un “decenio perdido”? La respuesta es la de que el problema del crecimiento escaso requiere algo más que un cambio de políticas monetarias nacionales: requiere también un acuerdo para coordinar el crecimiento mundial, solución de la que no se ha hablado.

Naturalmente, una parte del pesimismo se debe a la debilidad de Europa, que sólo ha acordado que el Banco Central Europeo pase a ser el prestamista de última instancia, y otra parte se debe al reconocimiento de los límites de la llamada relajación cuantitativa. En parte, somos víctimas de un pesimismo que se alimenta a sí mismo: la idea de que un endeudamiento excesivo nos condena al desempleo y al estancamiento, sin que se pueda conseguir nada positivo intentando utilizar la expansión fiscal o la innovación monetaria para contrarrestarlos.

Pero yo creo que no hemos crecido más rápido por una razón fundamental. Dicho de forma sencilla, hace diez años los Estados Unidos podían propiciar una recuperación mundial. Tal vez dentro de diez años, el gasto de los consumidores asiáticos colme ese vacío, pero hoy, por primera vez en varios decenios, ninguna economía por sí sola puede impulsar la economía mundial.

Durante ciento cincuenta años y hasta 2010, correspondió a Occidente (los Estados Unidos y Europa) la mayor parte de la producción, la manufactura, el comercio, la inversión y el consumo mundiales. Ahora estamos en una época de transición, en la que el resto del mundo supera la producción, la manufactura, el comercio y la inversión de Europa y los Estados Unidos… pero no su consumo.

Ese desequilibrio significa que los productores de la mayoría de los bienes y servicios son países no occidentales, pero dependen de los consumidores occidentales para absorber su producción. Mientras no haya concluido la transición, dependeremos unos de otros: nadie puede triunfar por sí solo, pero, a falta de una coordinación mundial, el mundo estará estancado, ejecutando su versión mundial del “dilema del prisionero”: un universo en el que ninguna economía grande puede triunfar por sí sola, pero en el que ninguna confía en ninguna otra lo suficiente para intentar lograr la cooperación y la coordinación.

Los objetivos de PIB nominal pueden ser una forma necesaria de avanzar, pero no son suficientes para acabar con la lentitud del crecimiento mundial. Incluso la más audaz de las iniciativas nacionales puede fallar… no porque la fijación del objetivo de crecimiento económico sea un método erróneo, sino porque no hay forma de sostener los niveles mayores de crecimiento que necesitamos sin una mejor coordinación mundial. A falta de un marco mundial favorable, todo cambio de política económica que sea puramente nacional, como el objetivo de empleo, dará resultados limitados (y puede desacreditar el propósito de consecución de un objetivo de empleo nacional).

Así, pues, la carencia de la política fundamental actual –aún por abordar– estriba en la renuencia de los gobiernos nacionales a asumir la dirección mundial. Los cínicos podrían sostener que se trata de una disfuncionalidad del proceso de adopción de decisiones nacionales reproducido en el nivel mundial, pero hay una explicación más convincente: nadie se enfrentará a un proteccionismo generalizado.

Naturalmente, el nacionalismo económico resulta evidente en los Estados Unidos, con su nerviosismo ante China y su hostilidad para con los acuerdos mundiales, pero también Europa está contemplando ahora una ola de sentimiento antiinmigración y resistencia en aumento a ayudar a los países más pobres.

De hecho, resulta más seguro a los políticos ofrecer lo opuesto de una visión mundial: renacionalizar todos los problemas económicos y atribuirlos todos a errores de los oponentes nacionales. Así, durante cuatro años, los déficits presupuestarios, que, desde luego, hay que abordar mediante planes de reducción de la deuda a largo plazo, han monopolizado virtualmente el debate sobre la política económica en Europa y los Estados Unidos, a expensas de debates sensatos sobre el crecimiento, el empleo y el comercio.

Dicho toscamente, es más beneficioso políticamente para un político de la oposición afirmar que los problemas de su país tienen causas endógenas, se deben a un derroche nacional y tienen poco que ver con los fallos financieros mundiales. Habría que excusar a los ciudadanos por sacar la conclusión de que la crisis financiera mundial de 2008 nada tuvo que ver con un desplome bancario mundial y fue causada enteramente por algunos gobiernos nacionales despilfarradores que acumularon déficits.

A consecuencia de ello, millones de personas están innecesariamente desempleadas y otros millones más afrontan reducciones en su nivel de vida. Ahora la economía es mundial, pero la política sigue siendo local. Las amenazas mundiales aumentan, mientras que los programas de las cumbres internacionales se contraen, con lo que se refuerza el mito de que son simples reuniones en las que se suelta palabrería.

Pero, precisamente cuando el sentimiento proteccionista frustra la cooperación, falta por concertar un acuerdo mundial sobre el crecimiento. Comienza con el reconocimiento de que grandes superávits de ahorro y mucha capacidad no utilizada están esperando a que se los movilice y de que una mayor demanda de consumo entre la clase media en aumento de Asia constituye la clave para la expansión. Aun así, China, cuyos consumidores pueden perfectamente absorber importaciones procedentes de Occidente, seguirá mostrándose cautelosa a la hora de impulsar la demanda de la clase media, mientras tema perder algunos de sus mercados de exportación occidentales. El Gobierno de la India quiere abrir su economía a las importaciones occidentales, pero el resto del mundo no está abordando sus temores de una excesiva exposición a la inestabilidad mundial.

Sólo una coordinación de las políticas que abarque todas las economías del G-20 puede romper ese ciclo vicioso de escasa confianza y lento crecimiento comercial. Si China pudiera confiar en que sus mercados de exportación no le fallarían, podría ampliar su demanda de consumo interno y aceptar bienes occidentales. Asimismo, si los Estados Unidos confiaran en poder vender en Asia, la confianza de los consumidores occidentales aumentaría.

Hace tres años, el Fondo Monetario Internacional mostró que coordinando la expansión de la demanda asiática y la inversión en infraestructuras occidentales podríamos movilizar los fondos privados para grandes proyectos de asociaciones público-privadas. La producción mundial aumentaría un tres por ciento, habría un crecimiento del empleo de entre 25 y 30 millones de puestos de trabajo y cien millones de personas escaparían de la pobreza.

La coordinación económica mundial ha dejado de ser un lujo. Las burlas de Winston Churchill sobre las políticas del decenio de 1930 nos asaltan también a nosotros. Según dijo Churchill entonces, los gobiernos estaban “decididos a ser indecisos, inflexibles para ir a la deriva, sólidos para la fluidez y todopoderosos para la impotencia”. En 2013, también nosotros debemos abordar la indecisión, las derivas y la consiguiente impotencia.
Gordon Brown was Prime Minister and Chancellor of the Exchequer of the United Kingdom.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *