Desaguisados oficiales

Por Rosa Regàs, escritora y directora de la Biblioteca Nacional (EL PERIODICO, 04/06/05):

El símbolo, según el diccionario de María Moliner es esa “cosa que representa convencionalmente a otra”, y por tanto, aunque tantas veces sea una absurda creación de los humanos, tiene su significado preciso que apreciamos en mayor o menor medida según se adecue a nuestras ideas o creencias. Pero incluso cuando nos negamos a aceptarlo conserva, como elemento consustancial a él, un trasfondo de representatividad que la cultura y la sociedad en la que vivimos ha enraizado en las costumbres y ha enquistado en nuestra forma de comprender el mundo. Somos muchos los que no tenemos demasiado aprecio por el exagerado y superficial simbolismo que ciertos individuos y ciertos pueblos otorgan a las banderas, sobre todo cuando significan marcar la diferencia con el vecino y definir la frontera tras la cual se yergue la marginación, y creen, como creía mi padre, que las banderas sólo habría que izarlas cuando están prohibidas, y aun sólo aquellas que simbolizan una justa reivindicación.

Este preámbulo sirve para darnos cuenta de que creer en el símbolo de la bandera y mofarse del símbolo de la corona de espinas es una opción que el ciudadano puede poner en práctica en su casa y que está en su perfecto derecho a ser incoherente. E incluso aquel que se niega a aceptar el simbolismo de las banderas puede también reírse hasta reventar de la corona de espinas, de la cruz, de la historia que le han enseñado y de los sagrados héroes de la nación, siempre que lo haga en privado, sea en su pueblo de veraneo o en una noche de copas, disfrazándose incluso con el hábito de cualquier representante de la divinidad de los muchos que pueblan la tierra. Y en privado quiere decir lejos de personas cuyos principios y creencias puedan verse pisoteados por tal acción. No vale, pues, mofarse de los símbolos cuando se está en viaje oficial representando a buena parte del electorado y en países tan sensibles como Israel y Palestina, centros sagrados de las tres religiones monoteístas

Y LO QUE carece de sentido es que esta incoherencia, esta frivolidad, la practiquen políticos de un Gobierno, por muy ateo o agnóstico que sea, que se denomina de izquierdas y que no dudo que lo sea en buena medida, que por lo tanto tiene la obligación de respetar las creencias de los demás y sus símbolos. Y más viniendo de un país donde tanto políticos como ciudadanos viven del símbolo de la bandera. Se me dirá que peor que estas incongruencias políticas es vender coronas de espinas como símbolos que son de un martirio de quien se considera hijo de Dios por los que podrían decirse ofendidos, y haberlo convertido en alimento de turistas como antes lo fueron uñas y huesos de santos y trozos de madera de una cruz que de haberse juntado milagrosamente levantarían un frondoso bosque de cruces. Es cierto, y es cierto que de resucitar Jesús, el verdadero portador de la corona, utilizaría no látigos, sino misiles para expulsar del Templo a quienes lo han convertido en una cueva de ladrones. Pero éste no es asunto nuestro.

Ya sé que la cuestión se ha dado por bien zanjada con las explicaciones del president, pero no sé si el president es consciente de que para los ciudadanos que creemos que este tripartito es mejor que cualquier otro gobierno que hayamos tenido en los 30 años de democracia, le exigimos más atención, más sensatez, precisamente porque estamos convencidos de que actuaciones sin sentido como éstas y muchas otras desvirtúan una trayectoria de éxitos, más aún por lo difícil que han sido y son hacerlos posible, y porque merman la autoridad formal y moral que precisa el tripartito para mantener una cohesión que de otro modo se vuelve problemática.

Esto es lo que pedimos a nuestro president, a nuestros políticos. Se lo pedimos porque no nos gusta verlos en boca de unos y otros acusados de no saber hacer otra cosa que meter la pata, ni nos apetece que Fraga utilice sus absurdas actuaciones para disuadir a los gallegos de votar por una opción más progresista.

NI DESEAMOS que aparezcan en cualquier página de un periódico las palabras de aquellos que con el pretexto de darnos lecciones repiten hasta la saciedad argumentos contra los que no tenemos respuesta, como el de que cuando no se tiene experiencia en alguna profesión lo que se hace es asistir a clases y cursos para enterarse de cómo van las cosas, pero que en cambio en política puede meterse cualquiera, desde el que afirma que está en ella para enriquecerse hasta el que ni se le ocurre que lo que hace carece de lógica y sentido y es incapaz de darse cuenta de las consecuencias funestas que acarrea. Pero lo que no queremos de ningún modo es tener que soportar que se rían de nosotros y nos echen en cara haber votado a quienes, se diría, le están haciendo a cada rato el juego a la extrema derecha.