Desaires, reales e imaginados

Las relaciones transatlánticas se hallan enzarzadas en otra escandalera porque, de acuerdo con las informaciones de que disponemos, el presidente Barack Obama no prevé asistir a la cumbre entre Estados Unidos y la Unión Europea en el mes de mayo en Madrid. El anuncio se produjo – filtración de The Wall Street Journal mediante-la víspera de la visita del presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, a Washington.

La Casa Blanca ha reiterado que Obama en ningún momento había planeado asistir, de modo que no se trata de una anulación: el Departamento de Estado reitera que mantuvo al corriente a la Unión Europea de la agenda de Obama con bastante anticipación, a través de una conversación entre Hillary Clinton y lady Ashton; muchas otras instancias, a ambos lados del Atlántico, reafirman que el desaire no ofrece tanta relevancia y no es nada del otro mundo.

Sin embargo, y al producirse después de una serie de incidentes similares, coronados en noviembre del año pasado por la decisión del presidente Obama de no asistir a las celebraciones con motivo del aniversario de la caída del muro de Berlín y su declaración simultánea de que es “el primer presidente del Pacífico”, debemos en efecto preguntar: ¿cuántos lapsus son freudianos y cuántos verdaderamente intencionados?

Que las buenas relaciones con Europa sean algo que Washington dé o no por sentado depende de a quién se plantee tal pregunta. No obstante, existe un creciente acuerdo en Estados Unidos en el sentido de que otros lugares y áreas del mundo tienen, simplemente, mayor importancia en la actualidad; es decir, Asia y Oriente Medio. Y no se olvide que el presidente de Estados Unidos es una persona muy ocupada.

Además, Obama viajó a Europa más que a ninguna otra parte durante su primer año de mandato. Algunos de estos viajes – como los realizados a la cumbre de Copenhague sobre el clima y a la última cumbre entre Estados Unidos y la Unión Europea en Praga-traslucieron desilusión, al menos en el lado estadounidense. Obama, por añadidura, afronta días difíciles con las elecciones a mitad de mandato. Resulta probable que no quiera pasar mucho tiempo en el extranjero, sobre todo en Europa.

Sin embargo, Obama tiene fama de prestar poca atención a sus amigos en favor de sus enemigos y de proceder tal vez de manera parca en exceso en relación con el tiempo que pasa adulando a sus partidarios. Bush y Clinton constituían el ejemplo contrario. Cabría encontrar razones de peso para “mantener a los amigos cerca pero a los enemigos aún más cerca”, como dice el adagio. Pero Obama debería haber extraído una lección positiva de su reciente derrota en Massachusetts: nunca, nunca dar algo por sentado, ni siquiera el respaldo procedente de los electores más fieles.

No es precipitado afirmar que Europa empieza a parecerse a Massachusetts. Los gruñidos son cada vez más audibles. Y nadie puede negar que Estados Unidos precisa de la cooperación europea en un amplio abanico de cuestiones globales y regionales. Tal vez no en tanta medida como Europa necesita que Estados Unidos sea un líder mundial responsable, pero desde luego no lo suficiente para que Europa – y la propia Unión Europea-sean realidades dadas por sentado.

Lo que la salva – al menos a corto plazo-puede ser la propia desorganización de Europa. Los estadounidenses están en lo cierto al decir – en voz baja, al menos-que no tiene sentido celebrar otra cumbre con la Unión Europea en tanto parece seguir sin aclararse qué hace cada cual tras el tratado de Lisboa. Hasta que la Unión Europea organice su propio liderazgo y papeles respectivos en materia de política exterior, no parece justificado celebrar cumbres por celebrarlas. La opinión de talante constructivo en Europa considera de hecho que el incidente es un toque de atención.

Pese a lo cual, un desaire es un desaire. La verdad es que raramente son útiles y provechosos, aun cuando se producen intencionadamente, y luego sus autores por lo general suelen lamentarlos. El ex secretario de Estado estadounidense Dean Acheson fue quien mejor lo expresó hace mucho tiempo: lo que hacemos importa casi siempre menos que la forma en que lo hacemos.

Kenneth Weisbrode, historiador, European University Institute. Autor de The Atlantic Century.