Desalojen, manda el delegado

Querido J:

Te he contado alguna vez la historia de que yo me curé para siempre del nacionalismo en un lugar insospechado, que fue un pueblo de la sierra de Cádiz, a finales de los 70. Una mañana de verano, todavía fresca; una plaza baldeada y ceñida por plátanos antiquísimos; y en cada uno de los venerables troncos pintada groseramente la bandera andaluza. Al final de los finales siempre decide la estética, y si la propaganda era capaz de destruir de un brochazo tanta reservada belleza todo estaba dicho ya sobre el nacionalismo. No sólo me curé del nacionalismo, sino que me curé de Andalucía, o más precisamente de la Andazulía ferlosiana, que amenazaba con convertirse en una suerte de peligroso recambio sentimental. Desde aquella mañana contraceptiva, y hasta la inusitada campaña de este 2015 pueril, las cosas no han hecho más que empeorar. Me voy enterando de lo que pasa por las crónicas de estas dos mujeres, Berta González de Vega y Emilia Landaluce, que dignifican el género. El periodístico. Y por los severos y elegantes fondos de armario de José Antonio Gómez Marín. La puerilidad, en un sentido estricto, casi pornográfico, la representan los candidatos de Podéis. Te recomiendo, al respecto, un vídeo extraordinario, que acaba con la vocecilla esgaripada de la candidata Teresa Rodríguez, donde se equipara lo que haya de pasar este 22 de marzo con lo que pasó el 28 de febrero de 1980. Hasta este vídeo no he acabado de comprender en toda su acomplejada medida la relación que mantiene Podéis con la Transición: ahora mismo firmarían todos y cada uno de los puntos de ese pacto infame con la condición de poderlos firmar ellos. Es realmente duro no poder vivir tiempos heroicos para una generación que ha gozado de un destete tan tardío.

RAÚL ARIAS
RAÚL ARIAS

Sin embargo la más preocupante falla moral de estas elecciones la simboliza las declaraciones del adulto Antonio Sanz, delegado del Gobierno en Andalucía. Estas declaraciones no pueden ser disculpadas de ningún modo. No sólo porque obedezcan al mismo plan que empezó a aplicar el diputado Floriano. Sino porque no son ajenas a algunos de los usos morales y políticos del propio Partido Popular. Nadie ha expresado esto mejor que la diputada Álvarez de Toledo, cuando escribió ayer dos tuits, muy secos:

11/11 [Dolors] Montserrat, PP catalán: «Se tiene que entender Cataluña desde Cataluña y los que tenemos legitimidad para hablar somos los catalanes.»

12/3 [Antonio] Sanz, PP andaluz: «No quiero que a Andalucía se la mande desde Cataluña ni que su futuro lo decida un político que se llama Albert».

No sé si fueron las apreturas verbales de Twitter o una forma del pudor las que le impidieron añadir a la diputada Álvarez de Toledo que su colega Montserrat estaba en realidad contestándole a ella, que se había tomado la libertad de criticar al gobierno de Rajoy por su pasividad en el aciago 9 de noviembre catalán.

El efecto de las palabras de Sanz se ve agravada por su responsabilidad institucional. Sanz es el delegado del Gobierno en Andalucía y sus opiniones lo inhabilitan para seguir ocupando el cargo un solo minuto más. Un representante del Estado no puede comprar sus áticas opiniones en ningún paraiso offshore de la moral. ¿Alguien imagina que el presidente de la Generalidad hubiera dicho de un candidato electoral: «No quiero que el futuro de Cataluña lo decida un político que se llame Alberto?». Ni siquiera políticos que, con su conducta diaria, admiten su xenofobia, han llegado tan lejos. Si Sanz sigue en su cargo es porque la calidad de la democracia española está carcomida por el nacionalismo, y la primera consecuencia de la carcoma es que un político pueda decir eso y seguir siéndolo. A la vista de estas declaraciones, ¿quién puede reprochar, y con qué legitimidad, a unos cuantos miles de populachos alcoholizados por su nación que silben y escupan en el campo de fútbol el himno común de los españoles? ¿Va a mandarles la policía, ¡desalojen!, un delegado de gobierno que echa de España a un tío que se llama Albert? No es ni catalana ni vasca. Hay una enfermedad española y da los síntomas que presenta Sanz.

Los síntomas, sin embargo, no afectan sólo a este alto cargo del Patido Popular. La campaña andaluza está dando otras muestras. El discurso de Susana Díaz ante Madrit se confunde absolutamente con el que haría cualquier nacionalista catalán; y como en ese caso, sólo sirve para ocultar su propia responsabilidad ante las múltiples catástrofes andaluzas. Los síntomas se vieron también en la manipulación que sufrieron aquellas palabras del propio Rivera, el-vamos-a-enseñar-a-pescar en-Andalucía. Sus palabras no eran nada más que la tópica metáfora que tantas veces se ha empleado para fustigar, en Andalucía y en todas partes, la cultura de la subvención y del mínimo esfuerzo. Pero le incrustaron el verbo de movimiento: Rivera había venido a enseñar a pescar a los andaluces, como aquel Pujol cualquiera del andaluz destruido y anárquico.

Y Rivera, claro está, no había venido a ningún sitio. Yo tampoco, por cierto, que siempre estoy en mi casa doquiera, y arrogante. El Estado empezará a reclamar la posibilidad de ser considerado un Estado serio el día que algún partido político convierta unas elecciones autonómicas en unas elecciones que celebren a España y no la combatan. El día que en la elucidación de los problemas locales se subraye la potencia de la herramienta común para resolverlos y la fortuna de disponer de ella. Y donde la ambición local, finalmente, sea la del imperialismo y no la de la autofagia. Pero los imperalistas andaluces, aquellos que colonizaron dulce y soleadamente España de arriba abajo, hace tiempo que hincaron la rodilla. Han acabado, también ellos y al modo de SU flamenco, prefiriendo la competencia exclusiva a la grandeza.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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