¿Desaparece el PP vasco?

El PP vasco concurrió a las elecciones autonómicas de1990 con un eslogan, «Más de 100.000 vascos», que remarcaba el mínimo electoral de un partido que comenzaba su travesía del desierto en la plaza más difícil de España. El líder de entonces, Jaime Mayor Oreja, tenía un proyecto, una estrategia y un aprendizaje desde experiencias fallidas como UCD o Coalición Popular (CP). El partido creció progresiva y significativamente a lo largo de los noventa, a pesar de los asesinatos y embestidas del terrorismo abertzale. Los populares vascos se beneficiaron especialmente de los dos «tsunamis azules» del partido en toda España en 1995 y 2000, hasta el inicio de un retroceso imparable, precisamente con los otros dos «tsunamis» de 2011. En 2000, el PP vasco consiguió 325.235 votos y 7 diputados con una participación del 63,84 por ciento, (1.155.999 electores). Sin embargo, en 2011, con una participación en el País Vasco del 67,34 por ciento (1.195.705 electores), los populares vascos solo obtuvieron 210.797 votos y 3 diputados. Las alarmas comenzaron a encenderse en las elecciones locales de 2015 con unos resultados que devolvían en votos y representación a los populares a 1991 en Álava (de 82 a 46 concejales, viniendo de gobernar el Ayuntamiento de Vitoria y la Diputación de Álava); a 1987 en Guipúzcoa (de 26 a 7 ediles); y a 1983 en Vizcaya (de 55 a 26 concejales). Un año más tarde, en las elecciones vascas, retrocedía hasta los resultados de Coalición Popular en 1984. En resumen: se vuelve a los resultados de los 80, la década perdida, y solo repercute en las urnas lo más negativo del PP nacional, como fue el enfado ciudadano por la corrupción, los recortes o el rechazo al discurso de Casado

¿Cómo se ha llegado a esto? En primer lugar, porque desde el final de ETA en 2011, el PP vasco carece de rumbo y estrategia, de un proyecto de País Vasco. Los populares se quedaron a vivir durante mucho tiempo en un discurso heroico, de resistentes, que tenía éxito en los momentos de mayor acoso del pistolerismo abertzale, pero que empezó a sonar a monotema pelma y a dejar al PP en Euskadi como parte del paisaje, sin ser alternativa, sin aspirar a ganar, con el síndrome de Raymond Poulidor, eterno segundo o tercero en el Tour. Después se intentó improvisar con la política pop, sin una idea clara de lo que se quería hacer, con una estrategia de comunicación inexistente y una inestabilidad constante: desde 2003, cinco presidentes en el País Vasco, seis en Cataluña. Comenzó la crisis con la salida de María San Gil en 2008, continuó en 2015 con la dimisión de Arantza Quiroga, y volvió de nuevo con el congreso provincial de Vizcaya en 2017. En segundo lugar, porque no han sabido construir un PP más autónomo con respecto de Madrid. Para el PNV son una mera sucursal de Génova a la que hay que «puentear» para hablar o negociar con los dirigentes nacionales. Eso en el PNV lo tienen bien aprendido desde los tiempos de UCD, y lo ha puesto en práctica con PSOE y PP. En tercer lugar, porque algunos se han quedado a vivir en su zona de confort, con un buen sueldo, sin hacer calle ni trabajárselo mínimamente en los municipios de tamaño medio o grande. Sin olvidarme de mediocres, adanistas, improvisadores y ocurrentes que intentan buscar en la política lo que no han conseguido en su vida académica o laboral. Un mal endémico en toda la clase política.

Los resultados del pasado domingo del PP son un fracaso histórico sin precedentes en España, pero sobre todo en el País Vasco. Allí los populares han perdido una representación que tenían desde su refundación en 1989, y antes con Coalición Popular o UCD. Si sumamos los datos de PP, Ciudadanos y Vox (162.543 votos) obtenemos casi el mismo número de votos que en 1982 reunían Coalición Popular, CDS y Fuerza Nueva (163.012 papeletas). Es cierto que entonces se elegían 21 diputados y ahora 18, pero también es cierto que no bajaban de los 103.697 del PP en 1989, el suelo de los más de 100.000 vascos. Esta vez a los errores propios hay que sumar los de Pablo Casado. Primero, con sus notables meteduras de pata con respecto a las víctimas del terrorismo (¿Por qué Carlos Iturgaiz en puestos no elegibles en la lista al Parlamento Europeo?), Ertzaintza, euskera, el PNV diferente a los independentistas catalanes o el desarrollo estatutario. Y segundo, porque comenzó intentando parecerse a la UCD de Suárez y terminó intentando ser la CEDA de Gil-Robles. Volvió al discurso de Alianza Popular en 1977 o al de Coalición Democrática en 1979, cuando los aliancistas intentaban clonar el discurso de Fuerza Nueva, para no ser engullidos por la derecha por Unión Nacional y por la izquierda por UCD.

Gorka Angulo Altube, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *