Desasosiego

Profundo desasosiego por un hecho inadvertido. En Valencia en fiestas, el día 18 de marzo y a una hora que pudo coincidir con la lorquiana eran las cinco en sombra de la tarde, un toro corneó muy gravemente a Enrique Ponce. En los diarios de la televisión pública nacional, TVE I y La 2, ninguna referencia. Ponce es un torero con 29 años de alternativa, en los que ha sido número uno del escalafón casi continuadamente.

Hablamos de la Fiesta de toros. Desde el punto de vista ritual y estético, ha sido objeto de atención preferente, casi apasionada, por Goya y Picasso, los dos pintores españoles más universales de los siglos XIX y XX. Van Gogh pintó «las arenas» de Arlés y, se dice, proyectaba una tauromaquia. Es, pues, una porción del mundo estético reconocida por pupilas con especial finura de percepción. Sobre los toros había escrito un tratado monumental un académico de la RAE, Corrochano. Dan Harlap, judío canadiense, editó en España una revista, tipográfica y culturalmente espléndida, titulada «Taurología». Ortega y Gasset añadió aquello de que no se puede entender con coherencia la historia de España si no se hace lo mismo con la historia de las corridas de toros. Y, en curiosa coincidencia, el mismo día 18 de marzo, Robert Goodwin escribía en ABC, en clave interpretativa del problema inglés, el artículo «La lidia del Brexit». Para entender el arraigo y la importancia, incluso en cuanto a no ocultar la realidad de la muerte, también la de los hombres, conviene recordar que la Fiesta de toros -que se extendió por Portugal, La Camargue, Perú, México, Colombia, Ecuador…- sobrevivió a la bula de prohibición de Pío V, basada no en una opción animalista sino por evitar riesgos a la vida humana, valor superior. Coherentes con esa historia, PP y PSOE coincidieron en la conveniencia de que los toros fueran declarados bien de interés cultural. Lo hicieron ya durante la Transición, no en el período a que se refiere la ley de la memoria histórica.

No ha de ser casual, pues, el silencio «oficial» -no le encuentro otra explicación- a que aludo (casi el mismo día se divulgaba con amplitud la sentencia del Tribunal Supremo que confirma la prohibición del «Toro de la Vega»). La rotura de ligamentos de un deportista de élite es, sin duda con causa, noticia de apertura en telediarios. Pero no la de la casi muerte de un torero de época. Al día siguiente de la cogida, Igartiburu por su cuenta informaba dentro de su programa Corazón. Eso es todo

La copla sudamericana recuerda que poco a poco, siempre arregla todas sus cuentas la historia. Y las secretas intenciones se desvelan. El Tribunal Constitucional declaró nula la ley catalana que prohibía las corridas de toros porque invadía las competencias del Estado. ¿Con qué finalidad ese afán posesivo? Echar tierra sobre cualquier historia que sea coherente con cualquier manifestación de la cultura de España.

Pero ha cambiado el tiempo, no hay duda. Hoy el PSOE que, según los trabajadores de TVE es el dueño de la información pública, considera que no le resulta noticiable y políticamente rentable (criterio supremo) un suceso ciertamente nimio en sus consecuencias: la casi muerte de un profesional de la cultura con casi un tercio de siglo de ejercicio. Ese maestro del toreo inició su carrera después de la Transición que apoyó un socialismo entonces con sentido de Estado, y en Valencia, donde ha ocurrido «el percance».

Estas hormigas blanquecinas e invisibles de la destrucción del tejido cultural y social parecen entrar en los planes, o connivencias, del actual Gobierno. Sería necio restar importancia al hecho.

Santiago Araúz

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