Descarrilamiento de un AVE estúpido

El AVE entre Toledo y Albacete pasará a la historia como el testimonio y la fotografía viva de lo que han sido los años presuntuosos y repletos de decisiones ilógicas de nuestras falsas vacas gordas. Es un tema que, analizado ahora desde la perspectiva de la profunda crisis económica española, ejemplifica bastante bien lo que nos ha pasado. Porque no se trata únicamente de una cuestión del hago lo que quiero aunque no pueda ni deba por parte de los políticos que impulsaron el proyecto para recibir aplausos y no estudiaron su conveniencia. Tampoco es solo una parábola de nuevos ricos despilfarradores, sin canalizar el dinero y los esfuerzos hacia las mil carencias importantes que necesitamos subsanar con urgencia. Lo de esta línea de AVE es también la exhibición de una flagrante falta de contrapesos críticos de la sociedad civil (con silencios bochornosos de los medios de comunicación, sindicatos e instituciones de todo tipo ante un proyecto sin ningún futuro) y es, sobre todo, un monumento a la impunidad, ya que después del desastre nadie ha tenido que responder judicialmente por lo sucedido.

Ustedes ya conocen la noticia, que es de las que no se sabe si provoca más bien risa o llanto. A los seis meses de su inauguración, Renfe ha tenido que cerrar el costoso servicio del AVE directo entre Toledo y Albacete, así como su extensión hasta Cuenca, por falta absoluta de viajeros. La media de ocupación de cada AVE eran 9 personas, sobre una capacidad de 2.190. Por lo que costaba mantener este tren, salía más rentable llevar a los pasajeros gratis en taxi e invitarles después a comer en un restaurante bien valorado por la guía Michelin.

Todo da a entender que Renfe no ha sido la culpable: no fueron presiones, sino exigencias políticas desde todas las administraciones, las que lo crearon. Luego, naturalmente, el día de la inauguración, sus dirigentes se lo cobraron en protagonismo. El añorado Luis Carandell, padre de la sátira Celtiberia show, disfrutaría mucho releyendo los discursos de aquel momento. Porque este servicio, que enlazaba tres capitales de provincia de Castilla-La Mancha, fue presentado pomposamente por el entonces presidente autonómico José María Barreda como «la primera línea de alta velocidad a escala regional de toda Europa», en un inequívoco guiño al socorrido para que aprendan. El ministro de Fomento, José Blanco, no perdonó en aquella jornada la oportunidad de referirse en términos de futuro a una previsible extensión de la línea hasta Talavera, dentro de un discurso en el que, faltaría más, subrayaba que España ya se había convertido en el segundo país del mundo en kilómetros de alta velocidad.

Como las hemerotecas son implacables, vale la pena desenterrar también de ellas que quienes redactan los discursos del Príncipe le hicieron decir entonces que este alarde «nos da prestigio internacional y potencia la nueva marca de España de forma duradera». El ya citado José Blanco, modestamente, para que nadie le atribuyese en exclusiva el mérito de la nueva línea, recalcó que lo hecho no era «una decisión de uno», sino que se había conseguido a través de «la política y la democracia». Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid y pasajera distinguida del viaje inaugural, también socializó méritos al decir: «Este AVE es parte de un empeño nacional». Pero la guinda de la jornada la puso el presidente Barreda, para quien este AVE era una gran munición electoral porque estaban muy cerca las autonómicas, cuando destacó finalmente que «merece la pena este compromiso de todos en beneficio de todos», sin frenar debidamente la oratoria ya que al hablar de todos se estaba refiriendo, aunque él aún no lo supiese, a los nueve usuarios diarios que en definitiva subirían al tren.

Ahora, tras el cierre, los discursos han sido menos triunfalistas, pero igualmente interesantes. José Blanco ya ha anunciado que a partir de ahora al diseñar infraestructuras se pensará en su rentabilidad económica. Nunca se había producido un reconocimiento más explícito de que en esa etapa loca, en la que ponía sustancialmente el dinero la UE, los criterios eran estúpidos. Como señala el analista Germà Bel, en España desde hace dos siglos se dibujan las vías de comunicación atendiendo a la conveniencia política de enlazar Madrid con todas partes en vez de pensar en las necesidades objetivas de los viajeros y las mercancías. Este criterio ha llegado hasta este siglo XXI. Veremos si se rectifica.

El ministro de Fomento ha descubierto asimismo que al presupuestar conviene pensar no solo en construir infraestructuras, sino también en mantenerlas. Vamos avanzando. E incluso se ha atrevido a relacionar estas cuestiones con la necesidad de no hacer demagogia, tampoco desde la izquierda, sobre la posibilidad y la sostenibilidad de vivir sin pagar impuestos. Tarde, muy tarde, todos empezamos a descubrir América. Porque aquí el problema ha sido general, no solo de Castilla-La Mancha, aunque en Catalunya nuestra mejor baza son más bien los aeropuertos sin vuelos.

Antonio Franco, periodista.

1 comentario


  1. El cálculo está mal. Si la línea costó unos 3.000mill€ sale la broma a casi 500.000€ por viajero. Da para más que el taxi y una buena comida. Les podíamos haber comprado una casa o pagarles un sueldo majo durante 10años.

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