Desconcertados

La contestación a las reformas emprendidas por el Partido Popular y a los cambios que augura su mayoría absoluta ha realzado –visto que los socialistas tardan en restablecerse de su debacle– la convocatoria de huelga general que hoy ratificarán los órganos de dirección de CC.OO. y UGT para el próximo 29 de marzo y las manifestaciones más espontáneas de descontento estudiantil frente a los recortes públicos. La intermitente irrupción de reacciones virulentas, que evocarían estrategias fallidas de autodefensa ensayadas a finales de los años setenta del pasado siglo o responderían al dictado del activismo libertario, no han logrado encender afortunadamente otra espiral que la de la diatriba pública. Sólo una visión autoritaria del momento circunscribiría las manifestaciones de tensión ambiental a la confrontación de intereses partidarios o a la notoriedad visual de unos cuantos contenedores incendiados. Pero los alborotos callejeros y las convocatorias sindicales no son el reflejo más preciso de la desazón que afecta a una sociedad que está cambiando de manera retraída, albergando en su seno insatisfacciones contenidas por el temor y el desconcierto.

Uno de los efectos de la globalización es la atomización creciente de intereses y aspiraciones. La crisis induce una vuelta de tuerca más en la sociedad individuante heredada de los ochenta. El hecho de que la desazón sea compartida no significa que pueda dar lugar a una respuesta colectiva. Los límites que muestran la democracia parlamentaria y el sistema de partidos en cuanto a la representación reconocible de la inquietud social dejan libre un espacio para la expresión de críticas y la elaboración de demandas que las organizaciones sociales tampoco parecen capaces de ocupar. La propia naturaleza de las reformas estructurales reduce el margen de actuación colectiva. No sólo ocurre eso con la reforma laboral; se trata de una tendencia que es fácil percibir en la paulatina reestructuración del sistema financiero o en la normativa que consagra la estabilidad presupuestaria. Los ahorradores no son nadie como nadie son las asociaciones sectoriales o vecinales. Pero además de estrechar el campo de lo colectivo, la globalización –es decir, la crisis y las reformas– aleja cada día el ámbito en el que se adoptan las decisiones de la capacidad de decisión de cada ciudadano, hasta el punto de que el primero parece evaporarse. La cadena de complicidades institucionales se vuelve infinita y se confunde con el mantra disuasorio de la impotencia.

Frente a la tesis de que asistimos a los primeros síntomas de efervescencia social, puede objetarse que en realidad esos síntomas no son más que el contrapunto de un retraimiento generalizado de la sociedad. La ciudadanía se repliega porque, aunque coincida por millones en los motivos de una protesta, no cree en su eficacia ni en la viabilidad de una alternativa que, por otra parte, nadie ha sabido formular.Millones de ciudadanos tienen mucho que perder y se resisten a perderlo; pero por eso mismo, dado que se sienten desconcertados, nada les provoca más desazón que la perspectiva de un mayor desconcierto. El pasado viernes, por sorpresa, Rajoy logró una amplia anuencia respecto a su revisión del objetivo de déficit. El 5,8% asomó como si se tratase de un símbolo de dignidad soberana y de unidad nacional. Pero en realidad constituye una noticia más desconcertante que si el Gobierno español se hubiese plegado al 4,4%; porque ahora nadie sabe a qué atenerse. Cada acontecimiento y cada decisión política en torno a la crisis encierra su correspondiente dosis desmovilizadora, porque su carácter desconcertante no sólo impide idear alternativas creíbles sino que, además, dificulta la identificación de las instancias a las que debiera dirigírseles un simple mensaje de protesta o de mero desacuerdo.

Sorprende de qué modo los responsables institucionales dan muestras de haberse acomodado psicológicamente en la adversidad; la naturalidad con la que dan cuenta de los peores datos económicos, con gesto sereno e incluso acompañando sus palabras con una tranquilizadora sonrisa. Seguro que se trata de un recurso instintivo, pero resulta desconcertante. Hay una manera huidiza de defender las medidas aparentementemás comprometidas. Es la de remitirse permanentemente al objetivo último del crecimiento y del empleo. La búsqueda de un bien superior justifica los sacrificios del mientras tanto. Se trata de una lógica que cala en la sociedad en forma de resignación. La duda estriba en si una sociedad resignada casi religiosamente puede ser protagonista de su recuperación.

Por Kepa Aulestia.

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