Desconectando de la democracia representativa

Es habitual acudir al modelo político británico (denominado Westminster) para explicar las virtudes de la democracia representativa. Cierto es que otros Estados, partiendo de un modelo similar, han ido adaptándolo a las nuevas exigencias de nuestra sociedad contemporánea o del propio sistema de partidos. Véase, así, el modelo parlamentario racionalizado de Alemania o el híbrido de la V República Francesa. Sin embargo, el británico ha gozado siempre de mayor solera, lo que le ha permitido ocupar una situación privilegiada como ejemplo de las bondades de una democracia que ha primado la gobernabilidad sobre la representatividad, tanto por la posición políticamente privilegiada que ha ostentado el Parlamento y sus representantes, como por el propio sistema electoral mayoritario, que permite conformar habitualmente mayorías de gobierno. Cuando se planteaba alguna laguna de regulación en nuestro sistema constitucional era común tratar de buscar primeramente las respuestas en el Reino Unido por la solidez y tradición de su sistema político.

Sin embargo, tras el referéndum del Brexit y los acontecimientos que le han seguido, parece que todo ha cambiado. Se han producido una serie de hechos, más allá del propio referéndum, que permiten afirmar que el Reino Unido no solo huye del único proyecto común que ha conseguido consagrar la paz en la Europa occidental y, lo que es mas difícil, en la oriental, la Unión Europea, sino que también huye de su glorioso pasado político. Es decir, parece que no sólo hay desconexión de la Unión, sino de su propia forma de gobierno representativa, lo que es ciertamente mucho más preocupante.

Para cualquier defensor de la democracia representativa resulta absolutamente insólito observar hechos como los que se produjeron hace unas semanas, cuando un buen grupo de ciudadanos se expresaba frente a la High Court primero y después ante la Supreme Court, manifestando su malestar por pretender unos osados jueces privar al pueblo de su poder de decisión y devolverle dicho poder al Parlamento, es decir, a aquellos representantes designados por el pueblo. La libertad de los modernos pareció esfumarse en unos pocos instantes. El discurso de Edmund Burke a los electores de Brístol el 3 de noviembre de 1774, que tanto ha marcado el exitoso modelo británico durante siglos y el del resto de nuestras democracias, desapareció de un plumazo del imaginario colectivo del pueblo británico. Y tampoco la reacción de la propia Corte Suprema en su reciente sentencia refleja una verdadera expresión de defensa del modelo político, habiéndose centrado más en meras disquisiciones estrictamente técnicas o puramente organizativas, más allá de llamar la atención del pueblo sobre el difícil camino que quería iniciar, como ha hecho en varias ocasiones algún otro tribunal, como el propio Tribunal Supremo de Estados Unidos o el Tribunal Constitucional Federal de Alemania. Parece como si, de repente, todos, ciudadanos, políticos e incluso jueces, con la excepción de algún político de prestigio y algunos ciudadanos asustados, hubieran renunciado a su glorioso pasado.

La principal preocupación por todo ello radica pues, no en que el Reino Unido abandone la Unión, familia de la que tampoco pareció ser nunca un hermano más, sino más bien un primo lejano o amigo próximo, sino que si las cosas cambian ahí, donde surgió hace siglos la democracia representativa, también podrán cambiar en el futuro en muchos otros Estados de Europa. Y lo más sorprendente es que el cambio lo haya impulsado precisamente el partido que siempre ha defendido dicha forma tradicional de gobierno con más ahínco, los tories. La reciente experiencia en el Reino Unido se muestra como un magnífico ejemplo de los riesgos que supone que los partidos tradicionales, los que han consagrado nuestra democracia durante décadas, opten por recurrir a decisiones o expresiones también populistas en su estrategia de enfrentarse a los efectos desestabilizadores que para el sistema democrático suponen los nuevos movimientos populistas de izquierdas o derechas. Las pasiones irracionales se amortiguan o combaten con la razón y no con más pasiones, como nos enseñó durante muchos siglos la que, por desgracia para todos, algunos vuelven a tildar de Pérfida Albión.

Federico de Montalvo Jääskeläinen, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Pontificia Comillas (ICAE).

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