Descripción de cómo procedió el duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli

«Yo estaba muy contento en este puesto pero el Gobierno ha pensado que la mejor solución para el futuro de Bankia era que yo no continuara». A medida que Rodrigo Rato me iba contando cómo había sido obligado a dimitir de su cargo por el partido en el que más de 30 años de escaramuzas y batallas, la mayoría victoriosas, le habían otorgado una aparente condición de intocable, tuve la sensación de que describía la suerte del más grande condottiero de su época, Vitellozzo Vitelli.

Se me olvidó preguntarle dos cosas: si cuando fue convocado a aquella reunión de última hora de la tarde del viernes de la semana pasada en el Ministerio de Economía supo que acudía a una encerrona equivalente a la que tuvo lugar en la fortaleza de Sinigaglia el día de Nochevieja de 1502; y si llegó a pensar alguna vez que Mariano Rajoy sería capaz de entregar su cabeza como víctima propiciatoria para resolver una crisis con la misma frialdad con que procedió entonces César Borgia, sacrificando a quien había sido el más cercano de sus asociados.

Desde las guerras fratricidas entre los clanes de Neguri, aquel último viaje de Pedro de Toledo agonizando en la avioneta en medio del Atlántico y la irresistible ascensión y no menos irresistible caída de Mario Conde, siempre he creído que el artífice de nuestros destinos extraía minuciosamente los lances culminantes de las guerras bancarias de las tragedias históricas de Shakespeare. Pero cualquiera diría que para que esta vez la sangre manara de forma tan ostensible sobre el escenario era preciso demostrar que es el arte el que imita a la vida e inspirarse en un hecho real que tuvo, eso sí, un cronista de excepción.

Nicolás Maquiavelo había sido enviado desde octubre de 1502 por sus patronos de la república oligárquica de Florencia para negociar con César Borgia -a quien el vulgo denominaba «duque Valentino» a resultas de que Luis XII de Francia le había otorgado el ducado de Valentinois- y vivió muy de cerca el desenlace de aquellos acontecimientos. De hecho, su descripción de la llegada de Vitellozzo a Sinigaglia, «desarmado, con una capa forrada de verde, todo afligido como si fuera consciente de su próxima muerte», es la propia de un testigo directo.

Según Maquiavelo, el condottiero era tan consciente de lo que le esperaba que antes de partir «hizo como una última despedida… encomendó su casa a sus lugartenientes y exhortó a sus sobrinos a que no recordaran sino la virtud de sus padres y de sus tíos». Vitellozzo se había apartado durante un tiempo de la obediencia de Borgia para «frenar su ambición» y había convencido a un grupo de mesnaderos de que les convenía hacer la guerra por su cuenta «para no ser devorados uno a uno por el dragón». Pero sabía perfectamente que «no se debe ofender a un príncipe y luego fiarse de él».

Después de la conversación con Rato no tengo yo, sin embargo, tan claro que él se diera cuenta de que al negarse a culminar la fusión de Bankia con Caixabank, es decir de Caja Madrid con La Caixa, tal y como Luis de Guindos le transmitió que anhelaba con fruición La Moncloa, estaba incurriendo en la misma transgresión de consecuencias irreparables. Da la impresión de que él ve tan sólo el episodio como una oportunidad perdida -«Estuvimos a punto, pero al final Isidro y yo no nos pusimos de acuerdo»- cuando yo creo que desde ese momento su suerte quedó echada y sólo era cuestión de ponerle fecha a la ejecución por estrangulamiento.

A partir de aquel suceso Maquiavelo comenzó a admirar profundamente a César Borgia, tanto por la paciencia con que fue tendiendo su tela de araña en torno al díscolo y sus seguidores como por la implacable contundencia con que asestó el golpe fatal contra ellos. Según su antólogo Miguel Ángel Granada, el diplomático florentino sentía «una simpatía intelectual» hacia aquel paradigma del «príncipe nuevo» tanto por «su audacia, su astucia, su voluntad de armarse y su deseo de gloria» como por su virtuosismo en la ejecución «sin vacilación» de «la traición tramada y preparada minuciosamente».

Nadie podrá detectar esa premeditación y alevosía en la defenestración de Rato pero sí similar firmeza en el empujón que le ha arrojado por el balcón de Bankia. El propio Rajoy ha comentado en privado que él no es «el español con más ganas de fastidiar a Rodrigo Rato», invocando como argumento de autoridad que accedió sin reparo alguno a sus deseos de presidir Caja Madrid. Pero resulta que «todo el mundo y cuando digo todo el mundo es todo el mundo» -o sea el FMI, el BCE, Bruselas y Luis de Guindos- había llegado a la conclusión de que Rato era el tapón que impedía imponer en Bankia una gestión meramente profesional.

Al que fuera vicepresidente económico, delfín aparente de Aznar y favorito en las quinielas de aquella sucesión, muy por delante del propio Rajoy, le tocaba, pues, pagar no sólo por sus propios pecados al mantener el statu quo de una entidad plagada de políticos y sindicalistas apesebrados, sino por los de todos sus antecesores y colegas. Viendo rodar tan aparatosamente su cabeza, cualquiera diría que Rato era el origen del problema y no el último de sus síntomas. Baste recordar que la propia Esperanza Aguirre aparcó su liberalismo para intentar colocar en el puesto al mucho menos preparado Ignacio González o que el día en que Zapatero y Rajoy -esto no lo había contado hasta hoy- pactaron la fusión entre la caja madrileña y una de las valencianas, el uno se fue a dormir creyendo que se trataba de Bancaja pero el otro lo hizo con la convicción de que se habían referido a la CAM. Sólo al día siguiente se deshizo el equívoco.

Las cajas de ahorros han sido hasta el último día el juguete financiero de quita y pon con el que políticos de toda laya y pelaje han dado alas a sus más frívolos empeños. Y el más culpable de todos los culpables de que la gangrena de la crisis fuera erosionando no ya su liquidez sino también su solvencia ha sido el gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez, cuya estulticia e incluso complacencia ante ese deterioro pasará a los anales de la supervisión bancaria como ejemplo de irresponsabilidad dolosa. ¿Cómo es posible que, aun a sabiendas de las dificultades que tenía Bankia para pasar el fielato de su propio auditor, el órgano regulador diera luz verde hace menos de un mes al proyecto de Rato de continuar en solitario?

En sentido estricto quien ha eliminado a Rato ha sido Goirigolzarri al exigir su puesto como condición sine qua non para salir del estanque dorado de su jubilación de lujo. Por cierto que para Rajoy y su entorno la opulencia del nuevo gestor del que ya es el primer gran banco público español desde la privatización de Argentaria es toda una garantía de que al aceptar el reto no le mueve ninguna ambición personal sino el prurito profesional de triunfar allí donde otros han fracasado y rendir de paso un importante servicio a España. Razón de más para allanarle el camino, ayudándole a llevarse por delante a la más legendaria vaca sagrada del PP.

Maquiavelo reflejó primero su experiencia como embajador ante César Borgia en un relato bastante objetivo de los hechos titulado Descripción de cómo procedió el duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli… pero fue más tarde, en los capítulos VII y XVIII de El Príncipe, cuando valoró con encomio su conducta en tan sanguinario trance. La clave de todo estaba, a su entender, en que «un príncipe requiere saber usar bien de la bestia y del hombre» y eso implica «ser zorra para reconocer las trampas y león para amedrentar a los lobos».

La dimensión humana de Rajoy empieza a ser tan conocida que incluso se le ha adjudicado una visita a la casita de la pradera de Quintos de Mora acopiando los víveres para la familia en una imaginaria fiambrera de plástico. «Si non è vero, è ben trovato», aunque, caray, estamos mal pero no tanto. Lo que en cambio no había aflorado hasta ahora es el «ánimo animal» que diría Aute, la «bestia» política del «príncipe nuevo» que tenemos en el Gobierno. Y ni a él ni a Guindos les ha temblado el pulso al eliminar de la escena a su compañero y mentor.

Cuando Maquiavelo enumera las cualidades que deben adornar a ese «príncipe nuevo» da la impresión de tener en la cabeza el retrato robot de Rajoy pues habla de alguien «clemente, leal, humano, íntegro y devoto», advirtiendo además que todo esto debe «parecerlo y serlo». Pero a continuación llega la pirueta utilitarista al precisar que ese admirable bagaje debe transportarse «con el ánimo predispuesto a que en caso de necesidad puedas y sepas convertirte en lo contrario».

Tan asumido está que el fingimiento y el pragmatismo, no ya descritos sino elogiados sin tapujos por el escritor florentino, son algo intrínseco al ejercicio del poder que, tomando al personaje por el autor, hemos pasado de hablar del «Maquiavelo de León» al «Maquiavelo de Pontevedra». Puesto que por sus obras les conoceréis, ni ellos ni sus antecesores en La Moncloa estarían en condiciones de desmentir que «para mantener el Estado con frecuencia se requiere obrar contra la lealtad, contra la compasión, contra la humanidad, contra la religión». Y menos aún podrían negar que el «príncipe nuevo necesita tener un ánimo dispuesto a girar a tenor del viento y de las mutaciones de la fortuna, a no alejarse del bien, si puede; pero a saber entrar en el mal, de necesitarlo».

¿Acaso no es eso mismo lo que, matiz arriba, matiz abajo, le espetó Rajoy a Carlos Herrera el lunes? Fíjense bien: «Haré cualquier cosa que sea necesaria para sacar a España de esta situación, aunque no me guste y aunque haya dicho que no las (sic) iba a hacer». Hacía tiempo que un gobernante -y encima uno que siempre se las había dado de predecible- no ponía en cuarentena de forma tan explícita el valor de su palabra.

En la alta Edad Media el «príncipe nuevo» sólo tenía que dar cuentas a Dios, y como mucho a Maquiavelo, de sus actos. Si encima el representante de Dios en la tierra era tu padre y el pensador florentino tu invitado, todo parecía bastante fácil. Tal vez esa facilidad con la que ascendió su estrella sea la principal causa que -tras cometer idénticos errores a los de sus adversarios y fiarse de quien no debía- llevó a César Borgia a su prematura tumba de la localidad navarra de Viana bajo el epitafio «aquí yace en poca tierra el que toda le temía».

Las democracias modernas son en cambio regímenes de opinión pública en los que hay que convencer a muchos. Rajoy puede subir el IRPF y el IVA después de haber dicho que no lo haría, puede introducir recortes en Educación y Sanidad contradiciendo compromisos formulados muy a la ligera, puede reformar sobre la marcha la reforma de la reforma bancaria e incluso puede descabalgar a Rato del corcel al que él mismo le había encaramado. Lo que no puede es dejar de explicar más y mejor de lo que lo ha hecho hasta ahora por qué todas esas medidas son «necesarias» para España.

Con la que está cayendo la mayoría absoluta del PP es lo mejor que podía ocurrirnos, pues no quiero ni pensar que a nuestros restantes problemas se añadiera la necesidad de mercadear votos para sacar adelante las reformas. Pero esa bendición tiene plazo de caducidad y sería triste que, cuando el reloj de arena terminara de vaciarse, Rajoy tuviera que arrepentirse de no haber conseguido adaptar su organismo al arte de dormir una hora menos y persuadir una hora más.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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