Desde Andalucía, ¿hacia dónde?

Spinoza, el gran filósofo de la modernidad, decía que la política es la ciencia aplicada en la que la teoría y la práctica se encuentran más distantes y por ello era conveniente dejarla para los políticos; esto es lo que pensarán hoy muchos analistas después de comprobar las preferencias políticas de los andaluces. Susana Díaz ha ganado las elecciones andaluzas, confirmando que su decisión, de naturaleza táctica, de disolver el parlamento fue acertada y, teniendo en cuenta los contenidos políticos de la campaña, puede estar satisfecha, aunque debería recordar lo que Sófocles dice en su tragedia Filoctetes: «Es grato conseguir la victoria, ten coraje… Después seremos honrados». Ahora debe mostrar un proyecto para Andalucía, lejos de las reclamaciones y centrado en la modernización de la comunidad. De esto desde el norte de Despeñaperros hemos sabido poco.

El Partido Popular no debería tranquilizarse después de un resultado negativo sin ninguna matización, circunscribiendo el resultado a las elecciones autonómicas andaluzas. El partido de Rajoy ha pagado en estas elecciones no tener un discurso político nacional y positivo, que transcendiera los resultados económicos y superara el jeremiaco discurso del peligro que representan otras alternativas políticas. Estos resultados confirman que los dos grandes partidos se verán obligados a ser más exigentes en sus discursos y en la elección de sus dirigentes, porque de repente la ciudadanía, sin una impugnación general a las dos grandes formaciones nacionales, se ha vuelto más exigente, menos considerada.

Podemos se nos muestra como una fuerza a tener en cuenta, como anunciamos hace tiempo algunos, aunque lejos de convertirse en una alternativa sólida a corto plazo; su éxito dependerá en gran medida de los errores del PSOE y del PP. Y Ciudadanos, por su parte, se ha consolidado como otra fuerza a considerar, pero no debe cargarse de una responsabilidad que ni tiene ni le han dado los electores; su papel, hoy por hoy, tiene que ver más con la esperanza que con la política práctica, constreñida por pactos y rutinas.

Efectivamente, en la campaña andaluza se ha litigado no sólo por los resultados electorales en la comunidad autónoma, sino también por el grado de menoscabo del monopolio bipartidista y, en consecuencia, por encontrar la forma de conseguir gobiernos estables en un marco en el que los dos grandes partidos nacionales ven menguado su espacio político en favor de otras nuevas expresiones políticas que aparecen con fuerza, pero que no terminan de usurpar el protagonismo principal a las dos grandes formaciones nacionales. Pero también se ha jugado la posibilidad de que el socialismo andaluz no sólo sea influyente, sino que sea determinante en el futuro del PSOE. Muchas batallas para unas elecciones autonómicas que, sin embargo, no parece que hayan incentivado a sus protagonistas a contribuir a un debate sobre la forma y el modo de convertir a Andalucía en uno de los motores de la España del futuro; dejando atrás su postración económica, que todo hace indicar que a ellos les parece endémica, y una suerte de opresivo estereotipo sociocultural, arraigado en una historia de pobreza y señoritismo, de populismo folclórico y fraternidad espiritual transversal en torno a costumbres religiosas que, sin embargo, no se corresponde con la realidad, como muestran, por encima de los lugares comunes, ciudades cosmopolitas como Málaga, zonas de agricultura avanzada como las de Huelva y Almería, y una oferta de calidad de la industria turística que compite y gana a las de renombre más internacional.Los candidatos que hemos escuchado y visto con más frecuencia, no me atrevo a generalizar, no han sabido zafarse de las deudas históricas, de la injusticia en el trato que un Madrid malévolo e imaginario, representado por el gobierno de turno, ha mantenido con una Andalucía siempre postrada y humillada por los otros. No han abandonado el patriotismo de campanario y folclórico, utilizado en ocasiones con ínfulas pseudorevolucionarias por populismos de nuevo cuño y consecuencias conocidas, no han reflexionado críticamente sobre la responsabilidad que les corresponde en el mantenimiento de una imagen degradada por la acumulación de casos de corrupción que, si no tienen efectos jurídicos, que a mi juicio en lo que toca a los dos ex presidentes andaluces no debería tenerlos, sí debe tener unas claras y contundentes consecuencias políticas.

El reto, no conseguido en 30 años, de Susana Díaz, la ganadora de estas elecciones, es imponer la Andalucía nueva, que existe, a la viejuna, a la folclórica, que aunque fenecida tiene aún la enorme fuerza de las costumbres arraigadas en lo más profundo de sociedades que se ensimisman en su pasado. Los candidatos han actuado como aquellos conservadores que consideran que todo lo que existe no es bueno, pero que cualquier cambio sería peor; y, sin embargo, es necesario disminuir la arbitrariedad en la actuación de las administraciones públicas, origen de una corrupción horizontal, contemplada con la benignidad que provocan las causas que afectan a un gran número de personas, pero que adormece el espíritu crítico de cualquier sociedad. Los políticos andaluces deben olvidar la salmodia justificadora que encuentran en una historia imaginaria llena de injusticias y responsabilidades externas, y deben enfrentarse a los retos de una sociedad que necesita avanzar. Tienen los medios necesarios para ello, están en sus manos. No todo funciona mal, pero lo que no funciona es suficientemente grave como para ver que los cambios y las reformas son una necesidad ineludible.

En base a esa necesaria modernización de la sociedad andaluza, deberían realizarse los acuerdos políticos; acuerdos que den estabilidad al nuevo gobierno, olvidando las cadenas de apriorismos ideológicos, más propios de siglos pasados que de este tiempo en el que se están produciendo cambios revolucionarios sin apenas darnos cuenta. Hoy los signos del progreso no tienen nada que ver con los dogmas del pasado. Sin embargo, los pactos no se realizarán de una manera contrastable, a la espera de los resultados de las próximas elecciones municipales y generales. Los próximos meses en Andalucía se vivirán en una incertidumbre dilatoria, con una inestabilidad política que llegará hasta el final del año.

Por otro lado, la victoria de los socialistas catapulta a Susana Díaz a una posición de influencia nacional, con una repercusión importante en el Partido Socialista. Pero el futuro del PSOE no debe depender de los votos de los socialistas andaluces, por muchos que estos sean. Sería un error conquistar el partido con votos, que desde luego son imprescindibles, pero sin discurso o con el mismo discurso de siempre. Hoy, el PSOE, como hemos comprobado en estas elecciones, compite más apuradamente que nunca con partidos que están a su izquierda. Debe esgrimir un discurso que atraiga a las gentes de izquierda a una política institucional, razonable, de progreso, en los términos que requiere la complejidad de los nuevos tiempos. La política de los sentimientos, de la simbología revolucionaria la realizan con más crédito y más soltura otros; a nosotros, los socialistas, nos queda el reto de la razón para enfrentarnos a los nuevos interrogantes que plantea una sociedad nueva y necesitada de la seguridad que da la verdad, sin ropajes ideológicos trasnochados. Durante mucho tiempo nuestra lucha fue contra la ignorancia que mantenía a las personas presas de sus tradiciones, de sus creencias religiosas, de sus lazos con los círculos sociales más cercanos. Hoy la lucha debe ser igualmente esforzada contra la mentira que nos lleva a creer que los problemas de hoy requieren soluciones del pasado. Nos movemos en una nube de incertidumbres de la que no saldremos con buenismos sentimentales, sino con soluciones posibles, obligando a la sociedad a enfrentarse a una realidad limpia de apreciaciones sectarias y vulgares lugares comunes que no sirvieron ni cuando todo era más sencillo. En fin, Susana Díaz ha comprobado en estas elecciones que las cosas que ansiamos suceden a menudo, pero casi nunca como hemos imaginado.

Nicolás Redondo Terreros es presidente de la Fundación para la Libertad y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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