Desde diciembre a mayo

Los cuatro últimos meses, desde fines de diciembre hasta finales de abril, han sido tiempo de prueba para el conocimiento de la España real, la que en el diario vivir permanece oculta tras las prisas del trabajo y los diarios quehaceres, pero que se revela en sus entresijos más profundos cuando de pronto un acontecimiento inmuta la situación y remueve el légamo de sus profundidades. Eso han sido nuestras elecciones. Su recepción, una conmoción de entrañas. Creíamos conocernos, atenernos a la realidad y vivir en la justicia: ahora comprobamos nuestros anteriores engaños, encubrimientos y represiones.

¿Qué nos ha puesto de manifiesto este tiempo en el que se han repensado los resultados de las elecciones y desde ellos se está proponiendo un futuro para nuestro país? Ante todo nos ha desvelado algo latente durante los últimos años: creíamos en la existencia y eficacia de una moral, que dirigía a los ciudadanos y sobre todo a los que nos gobiernan. Nos declaramos practicantes de una moral civil considerada eficaz, obligatoria y universal, tras haber desechado o puesto entre paréntesis la moral cristiana, sobre la cual se ha construido Europa y desde dentro de ella, España. La fe en Dios, vigía del hombre, llevaba al respeto absoluto del hombre como su imagen y a exigir a este ser defensor de su hermano.

La realidad nos ha demostrado lo contrario: que habíamos echado por la borda las convicciones cristianas sin haber asumido otras humanistas que las reemplazaran cumpliendo su misión; que nos habíamos quedado moralmente desnudos. Un hecho gravísimo, operando en personas e instituciones, nos ha puesto ante los ojos algo desmoralizador: la corrupción activa en sectores, personas y partidos. Robar, engañar, falsificar documentos: en una palabra, perversión. Y con ella al descubierto hemos perdido la confianza en realidades y personas a las que habíamos otorgado crédito. De esto hay que hacer examen de conciencia, con aceptación de los hechos, con identificación de culpables, con un proyecto real de superación y enmienda de ese pasado delictivo. Hay que afrontar la verdad y lavarse las manos no para exculparse sino para asumir las correspondientes culpas y delitos

En este tiempo ha tenido lugar una perversión de la realidad. Los resultados de las elecciones de diciembre no han sido tomados en serio; en el fondo ciertos sectores no las han aceptado, ya que se ha proyectado sobre ellas los propios deseos en contraste manifiesto con los hechos. Cada partido ha tenido los votos que ha tenido y aquí solo valen los números. Sin embargo hemos asistido a una lectura que, no ateniéndose a los hechos, da por ganador a quien ha sido perdedor, desecha a quien cuantitativamente ha ganado y se lo identifica indiscriminadamente con los aspectos negativos de la política anterior. A partir de ahí elabora un nuevo proyecto para España, que supone una reprobación fundamental de lo hecho con anterioridad por otros. ¿Por qué medios, altavoces, espectáculos televisivos, se ha llevado a la sociedad la convicción de que esto es así y constituye un indiscutible punto de partida sobre el que edificar nuestro futuro? Tal edificar en falso es característico de lo que los ingleses llaman el wishful thinking, espejismo, un pensamiento que pone nuestros deseos en lugar de los hechos, acomodándolos a los propios intereses. Trampa mortal porque la realidad nos precede y supera. Aquí opera también el principio según el cual lo reprimido vuelve, vengándose de quien le ha hecho violencia; y entonces el mal es mucho más grave. La verdad padece pero no perece, afirmaba Santa Teresa, que algo sabía de la condición humana.

Cada persona, cada institución, cada país tiene sus glorias propias, junto con sus propias debilidades y tentaciones. Una tentación permanente –y viva hoy– que ha sufrido España, a partir del siglo XVIII especialmente, ha sido el adanismo, o la voluntad de comenzar en cada momento nuevo la propia historia, olvidando o demonizando todo lo anterior, lo hecho por otros, lo logrado por quienes pensaban de manera diversa o por quienes habían venido de lejos. Tejer y destejer la tela de nuestra conciencia colectiva con resentimiento acumulado contra los distintos, voluntad de arrojarlos del paraíso que cada grupo quiere iniciar. La gloria del hombre es su libertad, fecunda solo cuando se sabe religada y obligada, necesitada y ordenada a otras libertades. Una libertad absolutizada es un inicio del infierno, porque reclama ser por si sola lo que solo puede ser con los demás; ella sola no se basta y cuando se separa de los demás o los subyuga, entonces se pervierte y condena a sí misma.

Umberto Eco, en una carta escrita a su nieto, le advertía que había nacido en una generación atenazada por la inmediatez, sumida en el instante, que por su absolutización del presente olvida la historia, y se queda sin asideros para entenderse a sí misma. Porque venimos de lejos y solo con un horizonte más amplio escapamos a los poderes que en el presente se nos quieren imponer y reducirnos a esclavitud. Lo primero que hacen los dictadores, personas o sistemas, es difuminar en el horizonte dos materias que siempre estuvieron en el programa de aprendizaje escolar: la geografía y la historia. La primera nos alza sobre los oteros de nuestra aldea para elevarnos a las cumbres de las grandes cordilleras. Allí subidos vemos más lejos, columbramos otras realidades, somos libres frente a nuestras propias posesiones y frente a quienes nos cantan cantos de sirenas. Si la geografía nos muestra otras tierras, con otros cultivos, distintos de los que germinan en nuestro lugar de origen, la historia nos abre a otras experiencias de humanidad y nos desvela las tentaciones y abismos de los humanos que nos han precedido. De esta forma nos permite enriquecernos con sus conquistas y ensancharnos con las creaciones de su conciencia.

Esa perversión de la historia puede tener lugar de otra forma: por selección y exclusión. Quienes así actúan eligen unos siglos como los constituyentes y normativos para España, mientras descartan otros por considerarlos traidores o enajenadores de la identidad nacional. La tentación viene de lejos con diferenciaciones como las siguientes a la hora de pensar la España verdadera: romanos o visigodos, judíos y musulmanes por un lado y cristianos por otro, el siglo de oro español o la reforma naciente en el norte de Europa, el siglo XVIII con Revolución e Ilustración francesa frente a romanticismo y restauraciones. Pensando con calma y con los hechos del último siglo ante los ojos, ¿cómo se puede querer devolvernos a 1917 o a 1931, como a momentos desde los que recomenzar hoy la historia de España? Si es cierto que el hombre es siempre el mismo, y por eso cada franja histórica tiene sus elementos de verdad, sin embargo la historia nunca se repite. Cada fase tiene su verdad y su responsabilidad propias, y ninguna puede elevarse a tribunal de la historia universal y juzgar a todas las demás desde sí misma.

Hoy estamos ante grandes responsabilidades que debemos asumir antes de sumergirnos en el torbellino de la política partidaria. Una es preguntarnos cómo la corrupción pudo afectar a tantos y provenientes de posiciones distintas. Otra es pensar cuáles son los elementos morales y culturales, espirituales y sociales (y entre ellos están los religiosos), que deben acompañar siempre a todo proyecto político, que quiera ser algo más que técnica y economía. Y la última responsabilidad es dar que pensar, crear proyectos que generen a la vez que trabajo ilusión. Esta ilusión confiada en la historia de la propia generación y en los recursos de creatividad presentes hará posible iniciar una fase nueva surgida de la concordia generosa y de la esperanza, puesta en común.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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