Desde el diván

Por Enrique Gimbernat, catedrático de Derecho Penal de la Universidad Complutense y miembro del Consejo Editorial de El Mundo (EL MUNDO, 13/11/06):

Con motivo del 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, tanto en publicaciones especializadas como en medios de comunicación de carácter general, se ha conmemorado este 2006 con numerosas aportaciones escritas por profesionales del psicoanálisis.

El presente artículo -que es el primero que escribo en mi vida sobre una materia ajena a mi especialidad de profesor de Derecho Penal- se ocupa del psicoanálisis, no desde la perspectiva del terapeuta, sino de la del paciente. Como únicos títulos que pueden legitimar mi incursión en un campo en el que no soy un experto sólo puedo presentar: primero, el de que, a lo largo de muchos años, tendido en el diván, me he sometido a tres sesiones semanales de terapia; y, segundo, el de que, como aficionado, creo ser un buen conocedor de la literatura psicoanalítica, especialmente -pero no sólo- de la obra de Freud.

¿Por qué una persona tiene que lavarse las manos sin cesar, en ocasiones hasta producirse llagas, o no puede evitar dilapidar su dinero en el juego, poniendo en peligro o destrozando su vida y la de su familia? ¿Por qué otra elige reiteradamente formar parejas sentimentales o relaciones de amistad en las que desempeña un papel masoquista, o vive atormentada por unos celos que carecen de toda base real, o siente hipocondríacamente la permanente angustia de padecer gravísimas enfermedades imaginarias? ¿Por que el agoráfobo se encierra en su casa, incapaz de salir a la calle, con todas las negativas consecuencias que ello supone para su desarrollo personal y social? ¿Por qué repentinamente un actor experimentado se ve asaltado por un miedo escénico que le impide actuar ante el público y tiene que poner así fin a su vida profesional?

Lo que caracteriza a las neurosis -y las que acabo de describir son sólo algunas de ellas- es que hacen desgraciado al que las padece, a pesar de que toda persona conscientemente quiere ser feliz. Hasta Freud, esa contradicción entre lo que uno querría hacer y lo que realmente, y en contra de su voluntad, hace, carecía de una explicación racional, siendo así que, obviamente, cualquier efecto -en este caso la neurosis- alguna causa debe de tener. La explicación que aporta Freud -y ahí reside su gran descubrimiento, que ha revolucionado la comprensión del comportamiento individual y también del de las masas- es que, en contra de lo que creíamos, nuestros actos no sólo están regidos por nuestra parte consciente, sino también por un tirano que desconocemos, que todos llevamos con nosotros, y que es el inconsciente. Este descubrimiento es, según Freud, la tercera herida narcisista que ha sufrido la humanidad: la primera, la cosmológica copernicana de que la Tierra que habitamos no es el centro del Universo sino un minúsculo planeta perdido en la inmensidad del espacio; la segunda, la biológica darwiniana de que no somos unas criaturas creadas por Dios, sino sólo una simple especie animal evolucionada de otras especies; y la tercera, la psicológica freudiana de que ni siquiera «el Yo [lo consciente] es señor en su propia casa», ya que nuestros actos están codeterminados por causas que desconocemos.

El inconsciente se forma en el primer tramo de la vida y su contenido es reconducible a las circunstancias que rodean al niño en esa etapa original: su relación con los padres, de los padres con él y de los padres entre sí (violencia doméstica, discusiones matrimoniales, divorcios), el carácter de éstos (déspotas, sobreprotectores, incapaces de mostrar afecto o que ponen un precio a su cariño, alcohólicos, narcisistas, pusilánimes, etcétera), la presencia o no de hermanos y el trato recibido por cada uno de ellos dentro del ámbito familiar, la pérdida temprana de alguno de los padres -o de ambos- o de los hermanos, al igual que otras circunstancias del entorno en el que ha transcurrido esa primera parte de la existencia como la ruina o la prosperidad o las dificultades económicas de la familia, o el desarrollo de la infancia en situaciones dramáticas como lo puede ser una guerra, por sólo mencionar, de entre los innumerables, alguno de los factores que han ido impactando en el hasta entonces virgen mundo de las sensaciones y de los sentimientos del niño, y que le van a condicionar durante el resto de su vida.

Si, por consiguiente, la explicación de los comportamientos neuróticos que nos hacen desgraciados -a pesar de que conscientemente no queremos serlo- tiene su origen en algo que no nos es accesible: en el inconsciente. Entonces es obvio cuál tiene que ser el contenido de la terapia psicoanalítica: desvelar el contenido del inconsciente para, una vez que se ha tenido un conocimiento -siempre incompleto- de él, poder ejercer sobre ese inconsciente, en la medida de lo posible, un cierto control que nos permita modificar, al menos parcialmente, aquellas conductas que indeseadamente vienen condicionadas por aquél, para, así, poder afrontar nuestra existencia, no con los ojos cerrados, sino, tal vez, y si la terapia tiene éxito, y si el paciente consigue elaborar los conocimientos que está adquiriendo sobre su parte inconsciente, al menos con esos ojos entreabiertos. Expresándolo todo ello con la famosa frase de Freud sobre cuál debe ser el objetivo de la cura psicoanalítica: «Aus dem Es muss Ich werden», es decir: «El Ello [el inconsciente] debe convertirse en Yo [en consciente]».

Pero si el inconsciente es un desconocido, ¿cuál es el camino para acceder a él? De entre los recursos a los que acude el psicoanalista para, en un trabajo conjunto, poder sacar a la luz el inconsciente del paciente, sólo quiero mencionar tres de ellos.

En primer lugar, los sueños. Todos soñamos, y soñamos frecuentemente cosas extrañas, pero como esas cosas son nuestras, porque somos nosotros mismos los que las producimos durante el letargo, necesariamente ha de tener alguna explicación por qué soñamos lo que soñamos. Una explicación que, obviamente, no puede encontrarse en nuestra parte consciente -desactivada mientras dormimos-, por que ésta no es capaz de comprender qué sentido pueden tener las imágenes y los acontecimientos oníricos, frecuentemente caracterizados por su absurdidad, sino en otra parte que también es nuestra y que no conocemos precisamente porque pertenece al inconsciente.

Una segunda vía para acceder al inconsciente viene constituida por las acciones fallidas, a las que se las denomina, popularmente, lapsos freudianos: errores, olvidos, alteración o distorsión de las palabras que realmente queríamos emitir, equivocaciones todas ellas que adquieren un sentido cuando se las interpreta como una afloración del inconsciente no controlada por la parte consciente de la persona que incurre en la acción fallida. Y así, si en el ascensor de la casa en la que vive, el vecino oprime el botón del piso bajo, que da acceso al portal, en lugar de -como conscientemente quería- el del sótano, donde se encuentra el garaje, ello puede tener el sentido de que, en realidad, no deseaba acudir -aunque hasta ese momento, y conscientemente, lo ignoraba- a una determinada cita en la que precisaba el uso de su automóvil.

Como último ejemplo de una ulterior vía para desvelar el contenido del inconsciente quiero referirme al fenómeno de las transferencias, esto es: al de los distintos roles que, a lo largo de la cura psicoanalítica, el paciente va atribuyendo a su terapeuta, con el que aquél se relaciona, en ocasiones, y transferencialmente, como si fuera su padre o su madre o su hermano, o cualquier otra persona que haya desempeñado un papel determinante en su infancia. El psicoanalista experimentado puede, de esta manera, determinar cómo se ha configurado durante la niñez la relación del paciente con esas personas, y de éstas con aquél, y deducir de ahí de qué manera esa relación -con sus luces y con sus sombras o, a veces, sólo con sus sombras- ha incidido en la formación del inconsciente del psicoanalizado.

Una de las obras más conocidas de Freud lleva por título Recordar, repetir, elaborar. En ella se refieren las dificultades de la cura psicoanalítica, porque el conocimiento del propio inconsciente no suele tener nada de agradable, porque, por esa razón, el paciente se resiste a aceptarlo, y, por ello, repite los síntomas -si la causa-inconsciente permanece inalterada el síntoma-efecto tiene que seguir manifestándose en lo que se llama pulsión a la repetición-, y porque sólo la elaboración a lo largo de los años de los conocimientos que de su inconsciente va adquiriendo el psicoanalizado puede desembocar en un éxito -siempre limitado y relativo- de la terapia.

El gran psicoanalista didáctico escocés Ronald Fairbairn dijo en una ocasión a uno de sus pacientes que aspiraba a ejercer la misma profesión: «No puedo imaginarme que cualquiera de nosotros estuviera motivado para hacerse psicoterapeuta, si no tuviéramos nuestros propios problemas». Ello significa que, en un principio, todo psicoanalista -y por eso se ha interesado por esa especialidad- ha padecido una neurosis de mayor o menor intensidad, y que la única garantía de que pueda alcanzar a desempeñar su profesión de una manera competente y fiable es que el mismo se haya sometido a una larga y rigurosa formación.

En mi opinión -y no se me oculta que con ella no voy a despertar precisamente las simpatías de los numerosos psicoterapeutas que pertenecen a otras organizaciones-, esa formación sólo está garantizada en aquellos psicoanalistas que pertenecen a la Asociación Psicoanalítica Internacional, fundada por Freud, porque, para poder ejercer como terapeutas, aquélla, además de exigir y de proporcionar una amplia educación teórica, requiere también que el candidato se someta a un largo periodo de psicoanálisis didáctico, a cargo de los miembros mas cualificados de la Asociación, psicoanalistas didácticos que, a su vez, controlan regularmente las terapias que están llevando a cabo sus pupilos. De hecho, en Alemania, donde el psicoanálisis es financiado parcialmente por la sanidad pública, el Estado sólo presta esa ayuda económica cuando el terapeuta, bien pertenece a la Asociación Psicoanalítica Internacional, bien a otra organización, escindida de aquélla, pero que apenas se distingue de la Internacional en los requisitos que exige para la práctica del psicoanálisis. Naturalmente que la pertenencia a la Internacional tampoco constituye una garantía definitiva, pues también dentro de ella, y a pesar de que todos han recibido la misma formación -y como sucede en cualquier otra profesión-, los hay más y menos cualificados.

Mi psicoanalista suele decir que «infancia es destino» y el ya citado Ronald Fairbairn afirmaba que «a nadie se le puede dar una historia [infantil] distinta de la que tiene». De ahí que la persona psicoanalizada, con la ayuda del conocimiento y de la elaboración del contenido de su inconsciente, sólo en parte pueda evitar incurrir en nuevos errores; pero eso no es poco: porque hay errores de tal envergadura que, si no se hubieran podido evitar, habrían acarreado la infelicidad para muchos años e, incluso, para toda la vida.

Este artículo no es uno proselitista: yo no hago proselitismo de nada. Sólo hablo de mi experiencia personal, y ella me dice que el psicoanálisis da una explicación coherente de fenómenos que, si no, me resultarían incomprensibles, y que, tendido en el diván, me han parecido muy razonables las conexiones que se me proponían para entender mis actos a partir de mi historia infantil. Y ello lo digo con todos mis respetos para quien tenga o crea poder encontrar otra explicación alternativa al psicoanálisis para entender algunas manifestaciones muy importantes y enigmáticas del comportamiento humano y las causas a las que obedece.

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