Desde este lugar de la conciencia

«Es en la eternidad donde hay que vivir ya desde ahora. ¿Qué sería la vida eterna sin la conciencia que de ella tengo a cada instante?». Las palabras de André Gide en su diario inspiran la perspectiva en la que el hombre afirma su condición excepcional. Una vida que reivindica la naturaleza libre y trascendente del ser humano. Al cristiano no se le permite vivir en la falsa seguridad de un mundo alejado de los valores fundacionales de nuestra civilización. Pero nadie con independencia de sus convicciones puede prescindir del mensaje de Jesús. La crueldad de la crisis ha puesto de manifiesto una orfandad que se ha proyectado en la experiencia cultural europea. Un malestar que se confundió con la torpe afirmación del humanismo en respuesta al cristianismo, como si se tratara de un conflicto entre dos factores excluyentes, donde el cristianismo asumía el papel enojoso de una antigualla.

En épocas que parecían tomarse más en serio la envergadura de sus ideales, quiso dejarse al hombre a solas ante su destino, como en otros momentos el protestantismo quiso dejar al hombre solo ante Dios. A la desviación luterana del proyecto liberador del cristianismo respondió la reforma católica. Al abandono del hombre a su suerte, entregado a la complacencia en una vida absurda, a la angustia del ser para la muerte, o a la risueña heroicidad del superhombre, respondió el vigor de un humanismo cristiano que alcanzó su cima en el Concilio Vaticano II. Me temo que ahora ante una nueva experiencia de desarme de principios y ofuscación de valores, no se está encontrando el consuelo de nuestra palabra de creyentes ni la energía de nuestra ejemplaridad de cristianos comprometidos con el prójimo. Este compromiso no nos pide solo dar consuelo a quienes sufren; nos demanda, además, un liderazgo moral. Vivir como cristianos es vivir en este lugar de la conciencia, en carne viva, en combate permanente por la dignidad de todos, en llamada incansable al ejercicio responsable de la libertad y en lucha resuelta por la justicia social.

La sociedad de fin de siglo convirtió el proceso de secularización promovido por un humanismo sin Cristo en un estuario de frivolidad consumista y desalmada. Lo que podía haber de dignidad filosófica en el materialismo de otros tiempos fue sustituido por una sociedad que hizo del derroche individual y la carencia de amor deformaciones monstruosas de la libertad y la legítima búsqueda del bienestar. El mundo sin Dios, que se había exigido para afirmar insensatamente la soberanía del hombre, fue reemplazado por el mundo al que ni siquiera preocupaba el sentido de la moral. La sociedad que había opuesto al impulso religioso los avances de la ciencia fue pronto superada por una comunidad sin más esperanza que el consumo inmediato ni mayor horizonte que el cumplimiento de todos sus deseos. Extirpar del mundo a Dios no fue dejarlo a solas. Fue abandonarlo a lo que se consideró el estado natural del hombre: la injusticia, la amoralidad y la desdicha. Fue edificar un mundo en el que los hombres dejaban de serlo, humillados en la pérdida de su verdadera libertad de elección, anulados en su anhelo de plenitud, empujados a no ver más allá de su reducida y ególatra circunstancia.

Ahora, cuando la crisis económica ha vaciado las despensas de la abundancia, los hombres advierten el fraude al que fueron sometidos. El paraíso del consumo ha mostrado su vacuidad y ha dejado atrás un doloroso síndrome de abstinencia, que desordena incluso la crítica de lo que nos ocurre. Porque no se trata de restaurar un orden maligno, que estaba de espaldas a Dios en la medida en que también daba la espalda al hombre dotado de la naturaleza libre y universal que consagró la venida de Cristo. Quienes habían pretendido destronar a Dios condujeron al hombre al exilio: en su lugar dejaron un ser atado a sus deseos, esclavo de sus pasiones, siervo de su desamor.

A los cristianos corresponde una grave tarea, a la altura de las dolencias profundas de nuestro tiempo. En los años de la Transición, se consideró inconveniente crear un partido político confesional, y posiblemente se trató de una actitud aconsejable, pero que no podía prever el vaciado pavoroso de valores esenciales sobre los que se ha ido construyendo nuestra democracia. Se creyó que bastaba con que existieran fuerzas inspiradas por el humanismo cristiano, que asegurarían la presencia de nuestra fe en el modo de abordar los problemas sociales. Pero todo ello terminó en un pecado de omisión, que recluyó los valores del cristianismo en el ámbito de la privacidad y olvidó que los católicos no debemos escindir nuestra relación personal con Dios y nuestra conducta en la comunidad. No basta con que determinadas fuerzas políticas alardeen de inspirarse en el cristianismo. Debemos exigir que sus acciones se desenvuelvan en congruencia con ese espíritu. Debemos exigirles que se atrevan a liderar lo que, precisamente, por afectar a la conciencia individual, es un elemento central de nuestra concepción del mundo. Cuando el líder de la derecha española dice que «algunos confunden la política con el Sermón de la Montaña» nosotros afirmamos la imposibilidad de separar la gestión gubernamental de los valores proclamados en ese pasaje del Evangelio.

A nadie exigimos que tenga la misma fe, pero de ningún modo podemos renunciar a propagarla como respuesta al inmenso sufrimiento del hombre de nuestro tiempo. No es algo que corresponda solamente a la Iglesia, sino un imperativo exigible a cualquier cristiano en el ejercicio de su vida pública. Hay que acabar con esa impostura según la cual solo a los cristianos corresponde el silencio, solo a los cristianos corresponde apartarse, con inaudita y pecaminosa timidez, de sus deberes y de sus derechos. A los cristianos corresponde nada menos que haber señalado la naturaleza libre e idéntica de los hombres en los inicios de nuestra civilización. A los cristianos debe corresponder también, en el momento más amargo de nuestra historia reciente, llevar su mensaje a quienes ahora empiezan a intuir el fracaso de las ideologías que han conducido al hombre a la desesperación, a la miseria y a la pérdida de su dimensión espiritual. A los cristianos corresponde, por último, una promesa de redención no referida tan solo a la vida que nos aguarda al otro lado de nuestra existencia mundana sino identificada, también, con la permanente defensa de unos valores que protegen la dignidad del hombre, que evitan su agonía física y su desorden moral. Valores que nos proponen vivir con esa conciencia de eternidad en cada momento de nuestra trayectoria mortal, y que exigen a todos los creyentes asumir la carga de un liderazgo espiritual.

La rutinaria alusión al cristianismo en cuya doctrina dicen basarse algunas fuerzas políticas, empieza a ser desalentadora, cuando se observa la falta de voluntad para acudir con esos principios al corazón del debate ideológico de nuestro tiempo. Esa ausencia no es solo un insulto a nuestra fe, cuarteada a conveniencia de un erróneo concepto del laicismo. Es, sobre todo, un expolio al que condenamos a los hombres, arrebatándoles su significado. Es un intolerable desajuste que San Pablo condenó en el principio de nuestra historia común, en la que seguramente constituye la más divulgada de sus advertencias: si nos falta la caridad, nuestra fe resulta insuficiente.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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