Desde Rusia con amor

Por Inocencio Arias, Cónsul de España en Los Ángeles (EL PERIÓDICO, 1802/07):

No parece que sea la celebración de San Valentín, festividad de considerable consumo en EEUU y en la que millones de parejas jóvenes o talludas se envían misivas cariñosas, la que ha impulsado a Putin a remitir un mensaje inequívoco a Washington.
Las motivaciones del político ruso pueden ser diversas. La moraleja es, sin embargo, clara y pregonada intencionadamente ante un público cualificado: la reunión de ministros y expertos de seguridad celebrada regularmente en Múnich. Putin ha fustigado sin circunloquios la conducta de Bush: la política “unilateral ilegal” ha llevado al mundo “a un abismo de conflictos permanentes”. Asimismo, ha acusado a EEUU de iniciar otra carrera armamentista con su defensa antimisiles.
La diatriba del inquilino del Kremlin, que habrá prestigiado para el futuro la reunión de Múnich, fue escuchada por destacados prohombres estadounidenses: John McCain, uno de los aspirantes a la candidatura republicana a la presidencia, senadores, el secretario de Estado de Defensa, etcétera. Fue este, Robert Gates, quien tuvo inevitablemente que contestar a Putin posteriormente. Antiguo jefe de la CIA de su país, como Putin del KGB, Gates optó por la ironía. Fue, dijo, como estar en los tiempos menos ambiguos de la guerra fría. “Hice, como el orador de ayer, carrera de espía, y los viejos espías hablan con rudeza. He tenido, sin embargo, cuatro años de reeducación como rector de universidad, y, en el mundo universitario, o te suavizas o te ponen en la calle”. Gates siguió desarrollando el tema para el que en realidad estaba allí: instar a diversos miembros de la OTAN, entre los que parecen incluirnos, a no racanear en Afganistán. “Hay miembros que no hacen todo lo que pueden, y la OTAN no es un club social, es una alianza militar”.
Aunque el Financial Times sostenga que si Putin esperaba exponer las fisuras de la OTAN, “su truculenta actuación tuvo el efecto contrario” –los políticos occidentales presentes cerraron filas frente a un enemigo común–, lo cierto es que la invectiva del ruso ha tenido considerable eco. No solo porque abundan los comentaristas europeos, e incluso de EEUU, que piensan que tiene parte de razón en su denuncia, sino porque el lenguaje descarnado nos remonta a la época de la guerra fría.

¿QUÉ HA podido llevar a Putin a decir esto aquí y ahora? Primero, cree que puede permitírselo por su alianza con Don Petróleo y Don Gas. Nunca se repetirá bastante la importancia que la subida de los precios energéticos está teniendo últimamente en las posiciones de esta o aquella nación, de Venezuela a Irán pasando, por supuesto, por Rusia. El hambre de energía de China y la India pone un límite a la posible bajada de precios. Rusia nada en energía, copa el 30% de las exportaciones mundiales de gas y ha hecho tiritar a Europa en dos ocasiones con las crisis de Ucrania y Bielorrusia. Los ingresos energéticos le han proporcionado unas reservas de 278.000 millones de dólares: acabó la época en que Moscú no podía adoptar decisiones económicas sin consultar al Fondo Monetario, y esta riqueza ha creado millonarios y ha elevado el nivel de vida de una parte no despreciable de la población.
Los rusos quieren estabilidad y mejora económica, y Putin, gracias a la hucha cuantiosa del petróleo, con la subida importante de las pensiones, la mejora del sueldo de los militares, etcétera, se las ha dado. Esa bonanza le ha permitido controlar sin mayores protestas el medio de información que cuenta verdaderamente allí, la televisión, adquirida en su casi totalidad por empresas estatales, dóciles con el Kremlin. El índice de aceptación del presidente es, así, envidiable: roza el 70%. Rusia tiene algunos problemas descomunales, como la altísima tasa de mortalidad: la expectativa de vida es unos 18 años inferior a la de España en los hombres, lo que la coloca por debajo de la de Bangladesh, pero la placidez económica no limitada a una pequeña minoría es una novedad lógicamente apreciada.
Puede, además, concluirse en segundo lugar que el dadivoso Don Gas ha dado a Putin una alegría que el cuerpo le pedía hace tiempo, y a parte de sus ciudadanos también. Putin es un hombre que ha dicho con firmeza que “el desmantelamiento de la URSS es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, que ha echado los dientes en el KGB en tiempos en que en el mundo había dos grandes superpotencias, EEUU y la URSS. La conversión de la tierra en un mundo unipolar, con una única potencia indispensable, léase EEUU, es algo que no puede hacer las delicias de su generación. De ahí sus racaneos a la hora de aplicar sanciones a Irán: sigue vendiéndole elementos delicados, haciendo caja y, al tiempo, dando quebraderos de cabeza a esa nueva única superpotencia.

EN ESE contexto está el asunto de la ampliación de la OTAN, con el que Putin zahirió en su sermón de Múnich a Alemania y otros países. Ahí duele. La extensión de la OTAN a naciones del este es, para personas como él, una violación de un pacto implícito: Moscú retiró sus tropas de Europa y aceptó la unificación de Alemania, y, a cambio, la OTAN no llegaría a las fronteras rusas. Un comunicado de esta organización, que se aceptó como la Biblia en Rusia, proclamaba: “Ni buscaremos ventajas unilaterales de la nueva situación ni amenazaremos los intereses legítimos de ningún Estado”.
El texto se presta a muchas interpretaciones y si naciones libres, antiguas vasallas sometidas de la URSS, quieren entrar en la OTAN, resulta a la larga difícil ponerles trabas, pero explica que Rusia se sienta cercada, vapulee a Washington y sermonee a Occidente en Múnich, y que su presidente logre con ello ser popular en su tierra.