Desechos de tienta

Por Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente (EL MUNDO, 06/07/07):

Sucede en las mejores familias o en los mejores escalafones y nadie puede jurar que de esa agua no beberá. De pronto, de la noche a la mañana, el funcionario de turno se da cuenta de que el calendario se le ha venido encima y, claro es, salvo muy señaladas excepciones, se le impide seguir. Todos somos testigos de que en España raro es el día que del centenar de escalafones no causan baja alrededor de más de 50 funcionarios. Hasta en el fútbol, un año de más y te mandan al corral. Y si no que le pregunten a Guy Roux, veterano entrenador francés, a quien, según cuenta Rubén Amon, corresponsal de EL MUNDO en París, se le ha retirado de la circulación al cumplir 68 años; asunto en el que hasta Nicolas Sarkozy ha terciado para calificarlo de inaceptable. Aunque algunos digan que la jubilación es ley de vida, para mí estos datos son desconcertantes y sobrecogedores, en igual proporción.A tenor de la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia, la primera acepción de la voz jubilar es «disponer que, por razón de vejez, largos servicios o imposibilidad, y generalmente con derecho a pensión, cese un funcionario civil en el ejercicio de su carrera o destino». La segunda, «dispensar a alguien, por razón de su edad o decrepitud, de ejercicios o cuidados que practicaba o le incumbían». La tercera, en sentido figurado y familiar, es «desechar por inútil una cosa y no servirse más de ella». La cuarta, por el contrario, señala que vale por «alegrarse, regocijarse». A mí me parece que los tiros van más bien por la inutilidad que por el gozo, y me resulta sorprendente que la promiscuidad legal que, desde tiempo inmemorial, nos acecha venga a decidir, de golpe, que ya no se sirve para algo cuando todavía uno se dedica con plena conciencia al oficio que le ha ocupado buena parte de su vida.¿Qué razón existe en la fijación de tal o cual edad de jubilación? ¿Por qué mandar a la gente al limbo profesional guiándose únicamente por el calendario? ¿Tanto cambia uno como para que en un abrir y cerrar de ojos le declaren inservible? ¿A quién beneficia, por ejemplo, que a los 70 años a un juez se le dé el finiquito? Lo mismo que la Universidad inutiliza a miembros acreditados, también el poder judicial pierde así espléndidos magistrados. Tan solo el funesto escalafón, que de este modo puede aliviar sus inseguros y cicateros peldaños, es el favorecido. Pero ni siquiera es ésta una razón de utilidad suficiente.Afortunadamente, la imagen clásica del jubilado se ha quedado vieja. Hoy su estampa no es la del hombre lleno de achaques y con una capacidad física y mental drásticamente disminuida. Es insólito que en países desarrollados como el nuestro, en los que la esperanza de vida ha aumentado espectacularmente, a los hombres y mujeres mayores de 65 o 70 años se les incapacite de manera automática. En mis no pocos años de vida laboral he aprendido varias lecciones. Una, que pese a los años hay que mantener incesantes las potencias del cuerpo y del alma. La segunda, que no hay enemigo peor que los prejuicios sobre la edad. Lo escribe y describe magistralmente el profesor Luis Rojas Marcos: «Excluir del mundo laboral a la gente simplemente por su edad es ignorar la realidad biológica, psicológica y social de la población». Si la longevidad de los españoles en la actualidad está en los 81 años de promedio, es evidente que a los 70 años queda mucha vida por delante. En mi opinión, las normas que envían a los mayores a la parálisis laboral son reaccionarias, y la prolongación saludable de la vida debería trasformar la jubilación forzosa en jubilación voluntaria. Se me ocurre si tal vez la discriminación de las personas por su edad no se asemeja a las que segregan al individuo por su raza o por su sexo.Lo digo como lo pienso. Jubilar a los 70 años a un catedrático de Universidad, a un médico, a un juez, a un notario o a un abogado del Estado, me parece un despropósito. La valía jurídica de un juez, lo mismo que la docente de un profesor, o la terapéutica de un cirujano, no puede medirse de forma tan pedestre. En el caso de quienes se dedican a administrar justicia en los altos tribunales, resulta patente que, o bien no sirvieron nunca, o en ningún caso dejaron de ser útiles a plazo fijo por razón de edad. Menos mal que a veces los españoles obtenemos algún provecho de la torpeza legal administrativa. Por ejemplo, cuando la Universidad de Texas contrata al profesor Amando de Miguel tras 50 años de enseñar Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, o cuando un acreditado bufete ficha a un magistrado de prestigio. Pero, en general, el balance es pobre; aun más bien, miserable.Eso, aparte de que la jubilación en España haya servido para objetivos espurios. Por ejemplo, en la carrera judicial, en 1985, la rebaja de la edad de jubilación a los 65 años respondió a fines ajenos al Derecho y, por supuesto, a la Justicia y a su administración. No se trataba de favorecer la entrada de savia joven en la judicatura, sino de una exigencia impuesta por una corriente ideológica cuyo objetivo era decapitar la carrera en los tribunales superiores, sobre todo en el Tribunal Supremo. El arqueo fue que se perdieron excelentes jueces en el momento de plenitud de conocimientos con argumentos que ni siquiera fueron muestra de una demagogia inteligente.Aristóteles dice que el espíritu envejece como el cuerpo, pero si no existiera el peligro de que el sistema fuera manipulado, qué mejor que prolongar la edad de jubilación sin más límite que el fallo de las facultades físicas o mentales para ejercer la función jurisdiccional, al modo de lo que sucede con los magistrados vitalicios del Tribunal Supremo de EEUU. Fue Ihering el que dijo que para ser un buen jurista hay que ser un gran escéptico y el escepticismo suele darlo la edad. Con la edad, en efecto, se pierde fuerza y vitalidad, pero se gana en autoridad, reflexión y buen juicio.Siguiendo el ejemplo de lo que se ha hecho en otros países, en el nuestro y a imagen y semejanza de lo que acaece en la Universidad, hace años que el Consejo General del Poder Judicial y el Ministerio de Justicia, pretenden amortiguar la criba del escalafón con la figura del magistrado o el fiscal emérito. Es evidente que esta nueva categoría supone una carga financiera superior a la de la condición de jubilados, pero a cambio tiene ventajas patentes en el orden personal y judicial. Sin embargo, la institución tiene un problema. Me refiero a la selección. Y es que, ¿cómo puede mantenerse jubilado a un magistrado y, por el camino contrario, concederle la condición de emérito como digno de confianza? En España ser juez fue siempre una lenta despedida y una constante oposición al olvido. Quizá sea éste un signo de que la justicia española sigue sin coger el pulso.Me consta que son muchos los que difícilmente sobrellevan el mal de ausencia en ese listado, a veces injusto, a veces desorientador, llamado escalafón. Aunque, como decía Picasso, cuando se es joven, se es joven para toda la vida; así que comprendo que para algunos sea muy duro retirarse a destiempo y hacer el camino del exilio profesional con la sonrisa en los labios y no demasiada amargura en el corazón. No ignoro que para ellos la jubilación sea tan temible como la muerte, pero también sé que los árboles más viejos dan los frutos más dulces.Si las cosas no cambian, y aunque mi situación sea la de excedencia voluntaria, dentro de 11 años habré acabado mi muy querida y no poco amenizada carrera judicial. Cuando llegue ese momento, quizá no sea demasiada la emoción, pues fue mucha la yerba pisada. Puede que éste sea el motivo por el que hoy, ajeno a cualquier tentación corporativista, me haya dedicado a elucubrar sobre las ventajas e inconvenientes de la situación. A mí, cuando me jubile en mi actual profesión, y espero que la cosa llegue tarde, lo que más me gustaría es comportarme adecuada y resignadamente. No estoy dispuesto a integrarme en el montepío de jubilatas donde lo más que te dan es un carné con descuentos en los autobuses, en los museos o en los viajes a Benidorm, y permite que los políticos te hagan carantoñas cada cuatro años. La jubilación es triste, pero ninguna lo es más que la que después de llegar te derrota el alma.Otrosí. Dedicado a un magistrado definitivamente ido hace ahora dos meses. Quiso a su profesión lo mismo que a la mujer que amaba. Profundamente. Por eso, jamás se arrepintió de haber elegido el oficio de juez. Se fue de este mundo creyendo que no lo había hecho tan mal como, en principio, temía. Pero murió sin creer en la Justicia. La Justicia para él era como el pobre que pide lo justo para no morirse de hambre. El magistrado Joaquín Navarro ha causado baja para siempre. De la vejez no se libra más que quien muere joven. Finis miseriae mors est. El dolor de la muerte es la muerte del dolor. Se lleva mal su huida del escalafón.