Deseducar

Releo los boletines del Institut-Escola del Parc de la Ciutadella. El título del editorial del mes de abril de 1933 dice: Deseducar. El director del centro, Josep Estalella, describe el estado de ánimo del equipo docente en aquellos tiempos. Los profesores luchaban contra la antigua educación y, antes de empezar a cambiar nada, tenían que hacer un trabajo previo de deseducar «maneras de hablar, de jugar, de reaccionar ante las advertencias de los profesores». Esta tarea les hacía perder un tiempo precioso para avanzar de acuerdo con los movimientos de renovación pedagógica que se expandían desde Estados Unidos y Europa.

En el boletín, los profesores se lamentan del retraso que produce deseducar. Se trata de explicar y hacer entender que las cosas se pueden hacer de otra manera que no sea la repetición inútil de la lección estéril que el alumno se traga sin masticar ni digerir. La importancia de la «lección de las cosas», de la mirada precisa, de la observación sistemática, de la anotación exacta, del análisis del mundo que rodea a los niños, y también de la lectura como función de conocimiento. Leer no como ruta hacia la prueba escrita o la evaluación; leer para conocer y comprender mejor las cosas del mundo, un mundo real que ayuda a entretejer un relato biográfico singular, una vida personal. Estudiar, ¿para qué? Para enfrentarse al mundo en forma de objeto de estudio, para empaparse de él. El mundo no es la realidad: es nuestra manera de hacerla entender, de darle una forma, un fondo, una articulación, es nuestra manera de suponerlo. La lectura, pues, señala el mundo, lo recrea, en forma de descripción o de metáfora: no sustituye al mundo.

¿En nuestra escuela de hoy, necesitamos deseducar? ¿De qué cosas? ¿Es necesario que pongamos al día la pedagogía, después del trauma de los totalitarismos y en la precariedad de una democracia debilitada por las consignas económicas? ¿Dónde está este mundo para recrear y analizar del que hablaba Estalella, en un ambiente digital tecnificado que nos hace creer en los espejismos, las mentiras y las imprecisiones? La experiencia actual de un tiempo acelerado, distorsionado, sin espera, ¿es compatible con la pedagogía del detalle de quienes nos precedieron demostrando una nueva sensibilidad pedagógica, causa justa en la tarea de deseducar?

En la escuela, y también en la universidad, nos encontramos hoy con maneras de hablar, de reaccionar ante las advertencias de los profesores, que tampoco son adecuadas, como si respondieran a formas de relación pedagógica provenientes del antiguo régimen. Parece mentira. Cierto: la crisis de autoridad y la caída de los grandes ideales han agujereado el vínculo social en los entornos de formación. La corrección disciplinaria ha vuelto a hacer acto de presencia, al igual que en los viejos tiempos, al igual que la seguridad y los protocolos de actuación se han convertido en la divisa de los estados. Es lógico: nos sentimos a menudo impotentes y queremos una protección, una garantía. Hemos olvidado que no hay garantía total para un mundo complejo ni para hacer frente a una crisis de la palabra que convierte a los alumnos en personas con un código restringido, ignorantes de las posibilidades de explorar el mundo desde una diversidad de herramientas y perspectivas.

Esta complejidad en la relación con el mundo se echa en falta: todo tiende a esquematismos y la simplificación. Los excesos en la orientación hacia el rendimiento, la importancia de «las notas», los resultados de la evaluación, son los nuevos contenidos del autoritarismo planeando por encima de un sistema educativo que está olvidando su cara humana. Los profesores deben justificarse por todo: por lo que hacen y también por lo que no hacen y querrían hacer. La educación se ha convertido en objeto de monitoreo: una especie de robot social con la posibilidad de controlar las actividades, gestionarlas, reconducirlas en función del resultado final. El objeto del estudio del que hablaba el doctor Estalella ha quedado difuso en la ingeniería social del control de cambios.
Quizá no estamos mucho más lejos de donde estábamos en 1933. Al mismo tiempo, y afortunadamente, muchos equipos docentes y escuelas hoy se identifican con la empresa loable de deseducar y de transformar la educación. Antes de mostrar el mundo a los niños, de darles las herramientas para empaparse de él, es preciso deseducar luchando contra dogmas, espejismos y fundamentalismos para hacer posible un mundo más justo, digno y humano.

Anna Pagès, profesora de la Facultad de Educació de la Universitat Ramon Llull.

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