“Desengáñese, Cifuentes, vienen a por nosotros”

Desengáñese, Cifuentes, vienen a por nosotros

En un socarrón artículo, Julio Camba narraba su visita a un agonizante amigo. Al franquear la puerta del dormitorio, envuelto en fuerte olor a botica, el moribundo entreabrió sus hundidos ojos y exhaló: “¡Cada día estoy más joven, más fuerte y más sano!”. Camba concluyó que tal delirio era el canto del cisne de un enfermo terminal y trató de consolar a la esposa. “¡Pero si Manolo no desvaría!”, repuso la señora. “Lo que pasa -aclaró- es que le ha pillado practicando el método curativo del doctor Coué”.

Cumplido un siglo de que estuviera de moda el sistema de autosugestión de aquel psicólogo francés, quien aseguraba que se podía sanar a base de salmodiar: “Hoy me siento mejor, me encuentro mucho mejor…”, aquella pseudoterapia se repone en la política tras caer en desuso en la Psicología. Basta ver como recurren a tal sucedáneo, cual bálsamo de Fierabrás, algunos políticos. Obviamente, ese tratamiento psicosomático ni cura ni robustece como constató el amigo de Camba, pese al entusiasmo con que perseveró hasta su definitivo adiós. Pavoneando de juventud ante su atribulada familia, pasó a mejor vida.

Fatalmente, la realidad se abre paso con el carácter irremisible con que se evidenció el fiasco del doctor Coué, al margen de su efecto placebo. Es lo que le ha acaecido a la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, a la que un ridículo masterchef dispensado por la Universidad Rey Juan Carlos le puede costar su carrera política. Tras salir bien librada hasta ahora de los variopintos episodios de corrupción del PP en Madrid, amén de haber denunciado algunos enjuagues ante los tribunales, Cifuentes corre serio riesgo de tener una absurda muerte política. Tan imprevisto desenlace se ha visto acelerado a causa de la podredumbre -y por qué no decirlo, de su propia estupidez- de una universidad que laurea vicios y sinvergonzonerías bajo el cobijo de un corporativismo ramplón como el que personalizó el jueves en rueda de prensa el presidente de la Conferencia de Rectores. Como los monos de Gibraltar, se tapó los ojos para no mirar lo que tenía a su alrededor. Flaco favor a quienes se parten los codos y vacían sus bolsillos, amén de estrujarse las meninges, para ser unos titulados como Dios manda.

En una muestra característica de los sistemas endogámicos, el rector de rectores concluyó su intervención haciéndole la autocrítica a Cifuentes, en vez de hacer una reflexión acorde con la inteligencia de la comunidad universitaria. Por fas o nefas, la autonomía universitaria, tal y como se maliciaba Santiago Ramón y Cajal hace un siglo, ha propiciado que el caciquismo se apodere de ella. Nadie -acentuaba con tino nuestro Premio Nobel- puede ser cirujano de sí mismo.

Deslizándose por una pendiente de desprestigio, esta universidad -y algunas más- ha expedido certificados de másteres de pacotilla que no valen lo que el papel en el que están timbrados. Aunque estos diplomas malamente cubren un desconchón en la pared, sí hinchan magros currículos, al modo de aquellas migas de pan que los famélicos hidalgos castellanos esparcían sobre su barba para disimular su hambre.

Claro que estos abalorios con los que adornar currículos yermos son un caudal creciente de ingresos para la universidad y para quienes montan estos chiringuitos a modo de expendedurías de quincalla universitaria. Únase a ello el hecho nada despreciable, en un mundo de intereses creados, que estas maestrías de falso relumbrón son un manantial añadido de relaciones y de favores para sus promotores con vistas a más altas pretensiones. Estos logreros recurren a nombres de relevancia o bien posicionados como señuelo para captar a las tórtolas (alumnos). A cambio, proveen de un diploma acreditativo a estos espejuelos sin que tengan que hacerse presentes en el aula ni, a lo que se ve, el día del examen final. ¡Ay la vanidad!

La vida está llena de paradojas, de modo que aquello por lo que se suspira puede ser causa de perdición y desgracia. Así, de igual manera que William Faulkner siempre soñó con ser piloto militar, pero como no pudo alcanzarlo le regaló una avioneta a su hermano Dean, quien apenas aprendió a volar se mató con ella, a Cifuentes alguien le quiso hacer un favor envenenado que le puede costar una carrera trabajosamente subida peldaño a peldaño. Nunca se arrepentirá bastante de haberse inscrito en este máster.

Pero aún menos fiar su rescate a quienes han acabado por hundirla. De forma suicida, desatendió a la tropa que se enfrentaba, como Romanones cuando quiso satisfacer su vanidad tardía. Habiendo sido presidente tres veces y ministro 17, se encaprichó de poner sus posaderas en la Real Academia. Tras garantizarse uno a uno el voto de todos, se quedó sin sillón. “¿Cómo es posible?”, inquirió a su secretario: “¿Cuántas papeletas hemos sumado?”. “Ninguna, señor”, repuso su asistente. “¡Vaya tropa!”, clamó hecho un basilisco.

Si eso le ocurrió al cacique por excelencia de la Historia de España, qué se imaginó Cifuentes. Tal vez pensó que, logrando que se cambiasen las comas como el juez de la trama de Los intereses creados, de Benavente, podría librarse. Al contrario, tratando de hacerlo de modo chapucero, los farsantes de la universidad la pusieron en estado de coma. Ella contribuyó haciendo aseveraciones de imposible verificación ante la Asamblea. Al haber mentido, su situación es pareja a la del amigo de Camba, al haber mentido.

Craso error de quien debió salir a la plaza a pedir perdón y a romper un máster tan indecoroso como inane a efectos de quien posee plaza de funcionaria. Mucho más cuando se trataba de una pieza altamente codiciada en la guerra civil entre clanes universitarios, trufada de ambiciones partidistas, que se vive en el campus de Vicálvaro. Ese arrojo, que tantas veces le ha servido para salir de algunos atolladeros, le ha jugado una mala pasada.

Aturdida, en un momento de bajón anímico y de quebrantada salud, actuó atropelladamente. Fue ese conductor que, en una distracción, mete las ruedas de su vehículo en zona arenosa y, preso de los nervios, maniobra alocadamente. Lejos de desatascarlas, las entierra irremisiblemente.

Dicho lo cual, conviene no echar en saco roto que el dosier contra Cifuentes ha sido una daga que no sólo han utilizado sus adversarios políticos con desproporción, mientras ninguneaban saqueos millonarios como los de los ERE andaluces. Ha sido un arma empleada también -y, si cabe, con peor saña- por muchos teóricos compañeros de partido que se han cobrado su venganza contra la fiera de Cristina.

Al tiempo, catapulta a un candidato como Íñigo Errejón -si es que Iglesias no lo guillotina antes por un ajuste de cuentas interno- que cobró fraudulentamente de la Universidad de Málaga por un estudio sobre la vivienda en Andalucía que no realizó. El acabose es que le fue encargado digitalmente por un profesor de su cuerda al que el entonces dirigente de Podemos recompensó con la dádiva de diputado en Cortes. Ahí sigue sin que nadie repare en su existencia (ni en sus pecados).

Es más, un saqueador probado de fondos de una universidad pública como Errejón se permite dar lecciones. Aquí en la primera página de un diario y hasta en Bolivia. Para mayor chacota, se trata de “ese hijo que toda madre desearía tener”, según manifestó en su día la propia Cifuentes con respecto al caraniño Errejón, en una de esas prodigalidades que se le han vuelto en contra. Todos estos ingredientes conforman un entremés digno de figurar en aquel Celtiberia Show del perspicaz Luis Carandell en la revista Triunfo.

En lo que hace a vicios y corrupciones, lo importante parece ser el quién, siendo secundario el qué, sin detenerse ni en su volumen ni calado. En función de esa visión de conveniencia, se agiganta lo insignificante y se mengua lo mayúsculo. Por eso, la misma boa que se traga el elefante de los ERE, haciendo que parezcan un sombrero, como en los dibujos del relato de El Principito, puede devorar a Cifuentes.

Por el momento, la cabeza de la presidenta madrileña sigue sobre sus hombros. Pero la espada de Damocles pende sobre ella como una amenaza cercana. En su ayuda pasajera, ha acudido como agua de mayo, la multiplicación de fraudes de esta naturaleza. Señaladamente los del secretario general del PSOE madrileño, José Manuel Franco, y los de uno de los portavoces de Cs en la Asamblea de Madrid, César Zafra, e incluso la portavoz de Podemos, Lorena Ruiz-Huerta, ha sufrido un rasponazo. Pero también la posición mayoritaria de la militancia del PP.

En consonancia con el discurso de clausura de Rajoy en la malograda convención nacional de Sevilla, una gran parte del partido está por bajarle los humos a Albert Rivera. Quieren ponerle en el brete de dejar de ponerse de lado y que afronte, si es capaz, la responsabilidad de entregar la Comunidad de Madrid a la misma izquierda que ya gobierna el Ayuntamiento capitalino.

De aquí al día -aún por fijar- de la moción planteada por el PSOE, con un Ángel Gabilondo al que ha arrastrado a empujones Pedro Sánchez, Rajoy y Rivera pudieran escenificar una versión política del suicida divertimento -“Juego del gallina le llaman”- de James Dean en Rebelde sin causa. Los pilotos en liza aprietan el acelerador rumbo a un precipicio y pierde aquel que se baja el primero del coche en marcha.

En los prolegómenos, cada uno asienta las posiciones asegurando, como ha hecho el dirigente de Cs Juan Carlos Girauta, que ellos pueden votar junto a Podemos la moción contra Cifuentes. “¡Qué tontería es esa de que no podemos hacerlo!”, proclamó. Pero saben que acelerar de modo tan descontrolado puede suponer el apartamiento de ex votantes del PP que han recalado en sus aguas marítimas. No es cosa de que, al modo James Dean, deje un bonito cadáver (político). Pocos ven, desde luego, a Rajoy dispuesto a llegar tan lejos, pues no está en sus genes, en medio de una situación tan inestable y con los Presupuestos Generales en el aire, a la espera de que el PNV comparezca con su voto favorable.

Entre tanto, el presidente del Gobierno le da oxígeno a Cifuentes para ganar tiempo antes de tomar una decisión definitiva sobre el futuro de ésta (y de él mismo). En cualquier caso, y salvo designio contrario de los dioses del Olimpo, el dilema de la presidenta madrileña estriba en saber si aguanta hasta las elecciones, en las que no sería candidata a la reelección, o se precipita su relevo en días.

No hace falta evocar cómo el ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo abandonó un día el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo al grito de “¡Torero, torero!” y los mismos compañeros socialistas que lo sacaron a hombros terminaron arrojándolo al río de los cesados. Constató lo perecederos que son los respaldos de los presidentes de clubes de fútbol y de partido. Así los aplausos de Sevilla se pueden tornar en pañolada para Cifuentes en cuanto Rajoy gire hacia abajo su dedo pulgar.

En todo caso, Cifuentes evitará hacer de su marcha una cuestión de honor. No hará como aquel destituido ministro de Comercio de Franco, el vasco Manuel Arburúa, quien se armó de valor y de modo implorante le rogó a Su Excelencia, aprovechando una recepción, que le explicara en qué había podido fallarle al Caudillo. Franco le cogió cómplicemente del brazo y le deslizó al oído como si se tratara de hacerle una confidencia de Estado: “Desengáñese, Arburúa, vienen a por nosotros”.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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