Desfascistización del fascismo

¿Es el fascismo una ideología o un sistema político «eterno», como afirmó Umberto Eco en una conferencia impartida en los EEUU en el año 1995, al cumplirse los 50 años de la Liberación? Eco advertía del retorno de esta ideología, revestida de otras formas. Y no solo en Italia, sino «en cada rincón del mundo». Emilio Gentile, veía peligroso el adjetivo «eterno», porque podía favorecer la fascinación de los jóvenes. El peligro existe, es real, y los síntomas alarmantes. Pero los tiempos aquellos de los totalitarismos, aunque nos puedan parecer hoy muy cercanos y una «retrotopía», como afirmó Bauman en su último libro titulado así, no son iguales. El mundo ha cambiado mucho. En Italia, el Movimiento Sociale Italiano fue fundado en el año 1946 por ex dirigentes mussolinianos. Y llegaron al poder en coalición con Berlusconi, fundador de Forza Italia, un partido liberal y anticomunista. La Lega Norte, secesionista, fundada por Bossi, también participaba de la coalición. Defendía los idiomas regionales frente al italiano, la secesión del norte con el sur, así como la supremacía racista de los norteños (celtas y germánicos), frente a los latinos y mediterráneos del sur. En los años 50 del pasado siglo, Lelio Basso, en su libro Dos totalitarismos. Fascismo y democracia cristiana, afirmaba que esta última formación era la heredera de la primera. Sea como fuere, todas esas alianzas de extrema derecha ( y creo que es la calificación más adecuada) no han logrado sobrevivir por mucho tiempo ni resucitado a Mussolini. Hoy regresan y espero que tengan la misma suerte.

Desfascistización del fascismoEl peligro está siempre ahí: el peligro del fascismo y del comunismo. Hoy, por cierto, unidos en defensa de Putin. Aunque Berlusconi y Meloni ahora lo desmientan. Lo triste de todo esto es que la extrema derecha, como en otros lugares, ha llegado al poder democráticamente. En ¿Quién es fascista?, Gentile se pregunta si el partido político español Vox es fascista. Defiende un nacionalismo español católico (defensa de la familia, contra el aborto y la eutanasia, antifeminista); es monárquico y respeta la Constitución; no busca la toma del poder por la violencia; aboga por la unidad estatal centralizada; no se ha manifestado antidemocrático; protege los símbolos de la nación, entre otros, a la lengua común, el español, así como desdeña a las otras lenguas cooficiales; revisa el franquismo pero, de momento, aún no lo reivindica abiertamente; es hostil a la inmigración; rechaza al islam y defiende a Israel; y en la economía es ultraliberal. Comparto con Gentile la conclusión de que no estamos hablando de un partido fascista, sino de un partido de extrema derecha nacionalista y católico que tiene similitudes con otros partidos políticos europeos legalizados.

¿Podría ser considerado el Vaticano un estado fascista? ¿Era fascista la IV República francesa, que prohibió el aborto, defendió la familia y rechazó la inmigración? ¿Era fascista la Gran Bretaña de 1929, donde se castigaba el aborto con la cadena perpetua? ¿Era fascista la URSS en 1936 cuando eliminaron el aborto, el divorcio y reivindicaron el expansionismo zarista como hoy hace Putin? ¿Lo fueron los jacobinos durante la Revolución francesa? ¿Y De Gaulle? ¿Hoy lo son Le Pen, Orban, Erdogan, Trump o Bolsonaro, todos llegados por las urnas, pendiente Le Pen aún de conseguirlo? El fascismo histórico hoy en día tiene un difícil acomodo, aunque el peligro siempre está ahí. El fascismo no solo fue Mussolini y su Marcha sobre Roma, de la cual en estos días se ha cumplido el siglo. Fue también un movimiento, un partido, un régimen y una cultura. La desfascistización del fascismo coincide con su banalización. Croce, en su libro también titulado como el de Gentile, muy posterior el de este último, ¿Quién es fascista?, escribía que la palabra fascista ya solo equivalía a un «ultraje», un insulto sin mayor connotación. Los comunistas y los socialistas lanzaban este término despectivo a los liberales, católicos democráticos y demás militantes no socialistas ni comunistas revolucionarios, que no practicaban la violencia ni defendían la dictadura aunque fuera en nombre del proletariado y no del Estado o la nación. Incluso se lo aplicaban a aquellos favorables a las elecciones libres. El fascismo implicaba violencia, racismo, xenofobia, machismo, ultraconservadurismo, autoritarismo, antidemocracia, antisemitismo, censura, totalitarismo. La democracia defiende el gobierno del pueblo. El liberalismo, la libre competencia. El nacionalismo, la supremacía de la nación. El socialismo, la igualdad social. El comunismo, la comunidad de bienes. El anarquismo, la abolición del Estado. Y el fascismo, la unidad en torno a una persona omnipotente.

La Internacional comunista adoptó el término fascista para atacar a la burguesía y el capitalismo. Hasta 1935, los comunistas consideraron fascistas a los socialistas. Togliatti, secretario general del PCI, definió a Pietro Nenni, líder de los socialistas, como una «excrecencia del fascismo». Nenni había pertenecido a los Fascios de combate. Togliatti, en 1929, había vaticinado: «Mañana marcharán junto a los fascistas porque estos y los socialdemócratas, tienen bases ideológicas idénticas comunes». Luego, en 1935, el propio Togliatti llamó a los fascistas «hermanos con camisa negra». ¿Y el pacto Hitler-Stalin de 1939? La Segunda Guerra Mundial lo aclaró todo. Gramsci comentó que los comunistas no solo querían derrotar a Mussolini, sino también al semifascismo de Amendola, Sturzo y Turati, representantes del liberalismo, el populismo católico y el socialismo reformista. El primero murió en el exilio en Francia (1926); el segundo también vivió exiliado en Inglaterra y EEUU hasta finales de la Segunda Guerra Mundial; y el tercero falleció en 1932 en París. Los prefascistas de 1919 no eran anticapitalistas ni populistas ni revolucionarios ni republicanos. Pedían la jornada laboral de ocho horas, impuestos sobre el capital, defendían a la burguesía y la colaboración entre las clases sociales. Eran muchas las coincidencias con los socialistas reformistas; no eran violentos, estaban a favor del sufragio universal masculino y femenino, así como rebajar la edad del voto a los 18 años, y no se consideraban un partido político.

Hoy, todos los neos que se quieren agrupar en uno solo, también son diferentes, como sucede igualmente en la extrema izquierda. «La interpretación antropológica del nuevo fascismo bajo distintos ropajes es un claro ejemplo de ahistoriología, porque desliga al fascismo de su historia. El populismo de Berlusconi, de la Lega o de Cinco Estrellas, no son iguales entre sí, aunque tengan muchas coincidencias. Ni con su antecedente histórico», comenta Gentile. Hoy, el verdadero fascismo sería un movimiento de masas interclasista e integrado cultural, política y económicamente. Ejercería la violencia física contra sus adversarios políticos (lo que hizo ETA). Buscaría el monopolio del poder. Destruiría la democracia ejerciendo el terrorismo parlamentario, intervendría en la separación de poderes, atacaría la Constitución (lo que hacen reiteradamente Podemos y adláteres). Reinventaría un pensamiento mítico e histórico (los independentistas). Racistas amparados en las raíces de ser superiores (los independentistas). Establecimiento de un estado totalitario (los independentistas y la extrema izquierda). Antieuropeístas (independentistas y populistas de extrema izquierda). Censura en los medios de comunicación (esas «fuerzas oscuras» a las que se alude cuando no gustan las verdades que se publican). Restricciones de las libertades individuales. Partido único. La movilización continua. El jefe carismático. La supresión de la pluralidad de sindicatos. La política exterior alineada con sus semejantes. Y así podríamos seguir con nuestra enumeración, que nos lleva a ratificarnos en que los dos extremos están mucho más cercanos de lo que se cree. Además, la mayoría de las Constituciones de los países democráticos condenan y castigan estas ideologías, así como las leyes internacionales, la Carta de las Naciones Unidas o la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Hoy, los partidos de extrema derecha, que no los fascistas, son menos tabú que los de antes. Desde la pasada década de los 80, más de 70 gobiernos europeos colaboraron con la extrema derecha. Más que una ideología, hoy es un pragmatismo muy complejo y variopinto. Por lo tanto, más que hablar de fascismos, a la manera histórica, como Flores d'Arcais enumera, es mejor calificarlos de postfascismo, neofascismo, ultraderechas, derechas radicales o nacional populismo.

Amendola, refiriéndose al abuso del término fascista, decía: «Lo centrista, liberal, conservador, lo reaccionario, lo autoritario o fascista, son términos que corresponden a varias formaciones políticas y distintas realidades. Hay que acostumbrar a las jóvenes generaciones el arte de la distinción». Y Leonardo Sciascia insistió en lo nefasto que era extender esta denominación entre todo el mundo que pensaba distinto. El gran escritor siciliano calificó a estos insultadores profesionales como «fascistas antifascistas». Eso es lo que es nuestro Gobierno, cuando a todos los socialistas que discrepamos con él y lo justificamos, e incluso al resto de los españoles, nos denomina de ese modo.

César Antonio Molina es escritor y fue ministro de Cultura. Su último libro 'Qué bello será vivir sin cultura' (Destino).

1 comentario


  1. El fascismo será desfascistizado. ¿Quién lo desfascistizará? el desfascistizador que lo desfascistice, buen desfascistizador será.

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