Desigualdad, pobreza y oportunidades

Hoy día asistimos a una explosión de la preocupación por la desigualdad. Este fenómeno, muy presente en los ámbitos académico y mediático de los últimos años, ha acabado filtrándose al mundo político y lo ha hecho como renovada munición del tradicional debate entre la izquierda y la derecha política.

La desigualdad es un concepto tremendamente complejo que lleva estudiándose en la literatura económica desde principios del siglo XIX. Complejo porque responde a numerosas causas y provoca diversos efectos. Así, parece evidente que no es lo mismo la desigualdad resultante de los distintos niveles de talento, mérito, capacidad o aversión al riesgo que atesoran las personas que la derivada de otras razones. De hecho, en cierta medida, aceptamos la desigualdad que resulta del azar cuando nos “alegramos” de que alguien haya sido agraciado con un premio de lotería. Además, siempre habrá un componente de la desigualdad de difícil medición, como es el derivado de las decisiones individuales que toman las personas en virtud de sus diferentes actitudes ante la vida y niveles de ambición personal. Los distintos niveles de desarrollo económico e institucional, los fenómenos de inmigración y los niveles de desestructuración familiar son factores añadidos que afectan a los niveles de desigualdad de forma diferente en unos países y otros y que, en consecuencia, reducen mucho el nivel explicativo de la medida tradicional de la desigualdad entre países, el Índice de Gini 1.

Esta complejidad conceptual se ve reflejada en las numerosas formas de medir la desigualdad que aparecen en los estudios. Desigualdad de ingresos, de rentas, de riqueza; y dentro de cada una de estas categorías podrían introducirse matices, como por ejemplo la consideración o no de la vivienda habitual, lo que podría alterar -y de hecho altera- significativamente los resultados, reduciendo críticamente la consistencia de la comparación entre países.

Por tanto, parecería más adecuado hablar de “desigualdades” o de “tipos de desigualdad” en lugar de atribuir una naturaleza monolítica al término “desigualdad”. Las numerosas causas a las que responde, las consecuencias, en algunos casos positivas, que genera y la inevitable subjetividad implícita en su proceso de medición limitan mucho la eficacia de la desigualdad como referencia de la justicia social en un momento determinado del tiempo. Más importante aún, pueden llegar a distorsionar el proceso de decisión de política pública, cercenando su eficacia en la consecución de objetivos unánimemente aceptados, como la reducción y eliminación de las bolsas de pobreza existentes en economías desarrolladas como la española.

Siendo esto así, cabría preguntarse a qué responde este súbito interés global y en España por la desigualdad y su irrupción en las agendas políticas. Se podrían destacar dos razones. En primer lugar, la combinación de globalización y revolución tecnológica está provocando una alteración significativa de la estructura económica mundial, siendo uno de sus efectos el aumento de la presión competitiva sobre las clases trabajadoras y parte de las clases medias de los países desarrollados de Occidente. La polarización de la renta a la que conducen estos fenómenos explicaría la mayor preocupación relativa por la desigualdad mostrada en Europa y Estados Unidos, en un mundo, eso sí, menos desigual y con cientos de millones de “pobres” menos que hace una década. En segundo lugar, parte del “éxito” reciente de la desigualdad reside en la confusión que se deriva de su normal asociación con el concepto de pobreza. Confusión que, en parte, es premeditada y alimentada por la izquierda política, que usa ambos términos indistintamente, como sinónimos, en un nuevo intento de legitimar sus propuestas de siempre en relación a los ingresos y gastos públicos. Y confusión en cierto modo justificada por la errática, pero aun así muy frecuente, aproximación estadística entre la desigualdad, o una medida de la misma, y el riesgo de pobreza.

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Miguel Marín, Elisa Rodríguez, Área de Economía y Políticas Públicas de la Fundación FAES.


1 El Indice de Gini mide la distribución de la renta en una escala de 0 a 100, siendo el 0 una situación de igualdad perfecta y 100, una de desigualdad perfecta.

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