Desigualdad, una cuestión de vida o muerte

Así como algunas personas viven más que otras, la expectativa media de vida también varía entre países. El último de la lista es Suazilandia, único país del mundo donde la esperanza de vida al nacer todavía no llega a 50 años. Y el primero es Hong Kong, donde alcanza los 84.

En 1960, los países del mundo se podían dividir en dos grupos según la mortalidad. Los del primero tenían una expectativa media de vida reducida: de 28 años en Mali a poco menos de 50 en El Salvador. Para los del segundo grupo (mucho más despoblado) era superior: hasta 73 años en Noruega, Islandia, Países Bajos y Suecia.

Después, Hong Kong superó a este grupo noreuropeo, y también lo han hecho Japón (84 años), Italia (83), España (83) y Suiza (83). Hoy la esperanza de vida al nacer en Hong Kong es 17 años más que en 1960; en Japón, 16 años más; y en Islandia, diez años más.

Buena parte de este aumento mundial de la expectativa de vida es resultado de un descenso de la mortalidad infantil. Y el aumento ha sido más marcado para las mujeres, que en promedio tienden a vivir tres años más que los hombres. Por ejemplo, en Islandia, la expectativa media de vida para hombres y mujeres es 81 y 84, respectivamente.

Pero la expectativa de vida también puede variar considerablemente dentro de un mismo país, entre ricos y pobres. Según un nuevo estudio de dos investigadores del MIT, el 1% de varones estadounidenses más ricos tiende a vivir casi quince años más que el 1% más pobre; y el 1% de mujeres estadounidenses más ricas, diez años más que sus congéneres más pobres.

Además, esta brecha se ensanchó con el tiempo. Sólo en los últimos quince años, la expectativa media de vida del 5% de estadounidenses más ricos aumentó dos años para los hombres y tres años para las mujeres. En el mismo período, la expectativa media de vida del 5% de estadounidenses más pobres sólo aumentó tres meses para los hombres y casi nada para las mujeres.

Igual que otros informes recientes que hablan de un deterioro de la salud de muchos estadounidenses, esta diferencia en expectativa de vida puede reflejar no sólo la desigualdad de ingresos y riqueza, sino también en el acceso a la atención médica. Y sin embargo, el presidente estadounidense Donald Trump y los congresistas republicanos parecen decididos a dejar sin seguro de salud a otros 23 millones de estadounidenses, con la derogación y sustitución de la Ley de Atención Médica Accesible de 2010 (“Obamacare”).

Si lo consiguen, es casi seguro que la expectativa de vida en Estados Unidos seguirá cayendo en comparación con otros países desarrollados. Por ejemplo, entre 1960 y hoy, la expectativa media de vida en EE. UU. pasó de 70 a 79 años, mientras que en Italia lo hizo de 69 a 83 años. Es decir que en 1960 el estadounidense promedio vivía un año más que el italiano promedio, pero ahora las cifras se invirtieron y el italiano vive cuatro años más.

Uno de los motivos por los que la expectativa media de vida en EE. UU. aumentó mas lentamente que en Europa es que desde 1999, muchos estadounidenses blancos de mediana edad han tenido vidas más cortas, debido a enfermedades relacionadas con el estilo de vida, sobredosis de opioides y suicidios. De hecho, desde 1981, las sobredosis de opioides se cobraron casi tantas vidas como el VIH/SIDA.

Que en una sociedad moderna una cohorte numerosa sufra semejante pérdida de expectativa de vida es extremadamente raro. La única otra vez que sucedió en tiempos recientes fue en Rusia tras la caída del comunismo y en África tras el brote de la epidemia de VIH/SIDA.

De modo que el aumento de la desigualdad no es sólo cuestión de ingresos, riqueza y poder; es literalmente asunto de vida o muerte. Tal vez esto explique por qué en los últimos años la desigualdad se convirtió en el principal tema de discusión política en EE. UU. y Europa. En la campaña para las primarias demócratas de 2016, el senador Bernie Sanders, autoproclamado socialista, condenó el aumento de la desigualdad en EE. UU. (y para sorpresa de muchos, estuvo cerca de ser electo presidente). Hubo también muchos votantes que se sienten excluidos y apoyaron a Trump (como sus pares en el Reino Unido apoyaron el Brexit).

Pese a que se fundó en 1945, el Fondo Monetario Internacional empezó hace relativamente poco a prestar mucha atención a la distribución de ingresos y riqueza en los países que lo integran. Tras darse cuenta de que la desigualdad puede ser obstáculo al crecimiento económico, el FMI comenzó a analizar con varios de sus miembros la relación entre desigualdad y crecimiento.

Algunos observadores criticaron al FMI por la nueva metodología, y sostienen que el aumento de la desigualdad es un simple reflejo de lo que votó la gente. Pero los que afirman que la desigualdad es algo deseable se parecen a los que sostienen que todo desempleo es voluntario (como todavía insisten algunos economistas).

Lo cierto es que el aumento de la desigualdad perjudica a la democracia; por eso no sorprende demasiado que EE. UU. haya bajado de calificación en un importante estudio comparativo de las democracias del mundo. Nadie quiere estar desempleado, excluido o tener una vida más corta, aunque a los que definen las opciones que eligen los votantes les parezca lo contrario.

Thorvaldur Gylfason is Professor of Economics, University of Iceland. Traducción: Esteban Flamini.

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