Desigualdad y política

El movimiento ¡Ocupad! en Estados Unidos, que empezó en Wall Street, ha fracasado y desaparecerá probablemente en semanas o meses. Todo tipo de facciones y grupos han eclipsado el movimiento debilitando la energía de sus primeros simpatizantes. Sin embargo, el movimiento se apoya en vigorosos motivos que no se desvanecerán, sino que cobrarán impulso político y no sólo en Estados Unidos.

Hay que prestar atención al hecho de que a lo largo de los últimos treinta años la brecha de la desigualdad entre los más ricos y el resto de la población se ha ensanchado notablemente. El 1% situado en el primer lugar de la lista gana actualmente el triple que en 1979, mientras que la clase media y los pobres no han avanzado significativamente; por el contrario, han sufrido penalidades de diversa índole. Sin embargo, lo cierto es que la sociedad estadounidense en su conjunto ha accedido al conocimiento (y a la comprensión) de la “gran divergencia” en términos de desarrollo socioeconómico tan sólo de manera gradual. EE.UU. es un país orgulloso de no haber conocido apenas la lucha de clases; en EE.UU. los ricos eran tal vez menos envidiados que en el resto del mundo. Esto era así cuando los ricos y, sobre todo, los archirricos compartían su riqueza pagando impuestos y la economía estaba en fase de crecimiento. Pero esta última década y con la llegada de la crisis económica los muy ricos pudieron pagar menos impuestos que antes, mientras que la economía se estancó o incluso entró en recesión.

Acabo de referirme sumariamente al telón de fondo de una creciente crisis política que podría costar las elecciones a los republicanos. Y cabe recordar la pregunta hecha en su día: ¿por qué había de irles bien a Wall Street y a los archirricos en el trance de una crisis que ellos en buena medida propiciaron gracias a sus errores?

Los economistas miden la desigualdad según el coeficiente de Gini, que alude al nombre de un estadístico italiano, Corrado Gini, que publicó su método en 1912, hace un siglo. De acuerdo con el método, el valor de 0 se emplea para expresar la igualdad total y el valor de 1 para la máxima desigualdad en términos distributivos. El índice de Gini no puede ser siempre objeto de comparación pues las condiciones de los países varían; Bielorrusia y Finlandia pueden arrojar un índice similar pero ello puede aportar una información insuficiente; es posible que el índice no tenga en cuenta, por ejemplo, las dimensiones del mercado negro y otros factores. No obstante, el método proporciona una visión general de la situación.

Según el coeficiente de Gini, en EE.UU. hay más desigualdad (0,49) -se usan aquí datos del Banco Mundial- que en otros países desarrollados. El índice es más bajo en la UE que en EE.UU., sobre todo en el norte de Europa (Dinamarca tiene 0,25; la República Checa, 0,26; Alemania, 0,28). El índice es algo más elevado en Francia, 0,33; Italia, 0,36; España, 0,35. Es más elevado en las zonas más pobres de África, Asia y Oriente Medio. Pero la desigualdad es asimismo elevada en China y Rusia, donde es difícil obtener cifras fiables (es probablemente más elevada que en EE.UU.), y es bastante elevada en países de economía en desarrollo como Brasil (0,54).

Los economistas no coinciden en absoluto sobre las causas de la desigualdad rápidamente creciente. La escuela neoliberal afirma que se trata del precio que el mundo debe pagar hoy por el crecimiento económico. No obstante, la economía de un país de desigualdad relativamente baja como Alemania ha mostrado mejor comportamiento que otro con desigualdad relativamente elevada como Gran Bretaña. Sea cual fuere la explicación económica de la creciente desigualdad, las consecuencias políticas son negativas. La desigualdad debilita la cohesión social y daña el sentimiento de solidaridad. Es negativa para el sistema democrático porque contribuye a concentrar el poder en manos de unos pocos. Es verdad que cabe rectificar ciertas distorsiones mediante un régimen tributario progresivo. Como es bien sabido, el tipo de fiscalidad varía notablemente entre unos países y otros, desde cero (c9mo en Andorra y Emiratos Árabes Unidos) hasta la elevada fiscalidad en otros países. En Rusia, el impuesto sobre la renta oscila en torno al 13% desde la época de Stalin hasta hoy. Naturalmente, siempre existen maneras de rehuir el pago de impuestos por toda clase de vías, legales e ilegales. Se dice que la crisis de Grecia se habría podido solucionar si el Estado hubiera podido utilizar los miles de millones que los más ricos de Grecia sacaron a bancos extranjeros, sobre todo a Gran Bretaña. Pero el Gobierno griego no quiso o no pudo detener esta sangría y a los países de la UE les complace aceptar dinero de fuera. Los residentes en Gran Bretaña no han de pagar impuestos por el dinero ganado en el extranjero.

El Estado tiene más fuerza y presencia en países autoritarios que en economías occidentales, pero no existe garantía alguna de que intervenga para detener la creciente tendencia en el sentido de la desigualdad. Ello significa que seguramente se asistirá a una creciente tensión política, si no a una lucha de clases a la antigua usanza. En EE.UU., los republicanos han criticado a Obama por sembrar el “odio de clase”. Pero no hace falta que haga nada de eso. Mientras los ricos sean aún más ricos y el resto de la población no lo sea, habrá problemas. En Estados Unidos y en el resto del mundo.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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