Desmemoria histórica

Por Santiago de Pablo, catedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 05/11/06):

La publicación de mi artículo ‘Todas las víctimas‘ en EL CORREO el pasado 21 de octubre ha logrado, tal y como pretendía, que se hable de los 17 vecinos de la localidad alavesa de Elosu, asesinados en octubre de 1936, en zona republicana. En efecto, como señalaba Antonio Sáenz de San Pedro unos días después, me equivoqué al describir a todos los fallecidos como carlistas. Los que nos hemos acercado a este acontecimiento lo hemos hecho a través de testimonios orales (una fuente no siempre fiable) y mi informador confundió la parte con el todo, identificando a todos ellos como labradores carlistas. Otros testimonios han aclarado el hecho, indicando incluso que algunos de los asesinados eran nacionalistas, lo que por otra parte no es más que un reflejo de la dificultad para establecer adscripciones ideológicas cerradas en el mundo rural de la década de 1930.

En cualquier caso, la ideología de las víctimas tiene poco que ver con los hechos que quería destacar: esas personas fueron asesinadas durante la Guerra Civil y habían desaparecido de la memoria colectiva. Lo que cuenta Lander García, representante de Ahaztuak 1936-1977 en Álava, en su réplica ‘Memoria histórica‘ (EL CORREO, 29-X-2006) era ya conocido gracias al excelente libro de Josu M. Aguirregabiria y Guillermo Tabernilla, ‘El frente de Álava’ (Beta III Milenio, Bilbao, 2006). Aun sin incidir en la cuestión de la ideología política de los «inocentes agricultores» asesinados, esta documentada obra explica la incidencia de venganzas personales en los trágicos sucesos, que yo -siguiendo su investigación- reflejaba en mi artículo. Con sus especiales características, no es cierto que estas muertes «nada tenían que ver con la contienda», sino que estaban directamente ligadas a la coyuntura de la guerra. Así lo demuestra el hecho de que aparezcan recogidas en la obra dirigida por Iñaki Egaña ‘1936. Guerra Civil en Euskal Herria’ (Aralar, Andoain, 1999-2000), poco sospechosa de incrementar los crímenes cometidos en zona republicana. De hecho, otros represaliados por el bando franquista también están relacionados con venganzas personales (el caso más famoso es el de Beasain y en Navarra hay otros semejantes, citados en el libro colectivo ‘Navarra 1936. De la esperanza al terror’) y a ningún historiador serio se le ocurre quitarlos de la lista de fusilados por el bando sublevado.

Tampoco es cierto que el franquismo convirtiera a estos muertos en bandera, como sí hizo con los asesinados en los barcos prisión o en las cárceles de Bilbao del 4 de enero de 1937. Para ello basta conocer las publicaciones editadas en la España de Franco sobre los asesinatos cometidos por las ‘hordas marxistas’. Una cosa es una placa en el cementerio de la pequeña localidad de Elosu y otra muy distinta la maquinaria propagandística de la dictadura franquista puesta en marcha cuando se lo proponía. Pero es que, además, aunque el franquismo los hubiera reivindicado al mismo nivel que el resto, ello no justificaría su asesinato, pues al menos yo pienso que no hay muertos de primera y de segunda categoría: esa era la interpretación franquista, a la que ahora se opone otra que, yéndose al extremo contrario, podría terminar asemejándose a la que quiere criticar.

El resto del artículo de García incluye repeticiones de algunos de mis argumentos y flagrantes errores. Por ejemplo, yo señalaba cómo existieron «importantes diferencias de fondo entre los crímenes cometidos en las dos zonas», algo que la historiografía seria actual no discute, pero que en ningún caso suprime la responsabilidad personal de quienes cometieron desmanes en la zona republicana. Por otro lado, es obvio que la Junta de Defensa de Vizcaya no diseñó ninguna estrategia para matar a los 17 fallecidos de Elosu, puesto que el 21 de octubre de 1936 esta Junta había desaparecido, dejando paso al Gobierno vasco, constituido quince días antes.

En la década de 1980, cuando nadie hablaba del tema, un grupo de historiadores (Antonio Rivera, de manera especial Javier Ugarte, y yo mismo) comenzamos a investigar la represión franquista en Álava durante la guerra, presentando nuestras investigaciones no sólo en el País Vasco, sino incluso en congresos internacionales, como el que se celebró en Granada en 1986. Si se trata de demostrar un pedigrí de condena a la represión franquista, las hemerotecas están llenas de actos de recuerdo y homenaje a los represaliados durante la Guerra Civil a los que he sido invitado como historiador y como ciudadano. Entre ellos cabe citar la mesa redonda sobre los fusilados en Azáceta en marzo de 1937 o el reciente y emotivo homenaje al republicano Teodoro Olarte, presidente de la Diputación de Álava cuando se produjo la sublevación militar, al que fui invitado por una de sus nietas, precisamente por haber contribuido a sacar a su abuelo del olvido. Pero no basta con esto, pues por lo visto hay que plegarse como sea al pensamiento único. Algunos, por el contrario, preferimos dedicarnos a mejorar el conocimiento de nuestra historia, aunque no sea políticamente correcto.