Desmemorias de África

En África, además de hambruna, hay antenas parabólicas que captan imágenes del mundo desarrollado en las que un ama de casa feliz abre una lata de carne para alimentar a su perrito. No debe extrañarnos que esos desheredados que pegan la nariz al escaparate de nuestra opulencia presionen sobre él y amenacen con hacerlo añicos para invadir nuestro privilegiado mundo. La avanzadilla de esa negritud está en los muchachos del monte Gurugú que asaltan la valla de Melilla sin que los detengan concertinas ni pelotas de goma. Detrás vendrán multitudes, por el efecto llamada, si no se arbitran maneras de impedirlo.

Si Europa tuviera conciencia debería pesarle su responsabilidad en los problemas de África. Hace poco más de un siglo los países más poderosos de Europa se repartieron el continente negro tras dividirlo a su conveniencia en unas treinta parcelas. No tuvieron en cuenta los factores étnicos, culturales, sociales o económicos que afectaban a aquel inmenso conglomerado de tribus y etnias.

El reparto colonial europeo, previo al formidable trasvase de riquezas de África a Europa, no tuvo, como en la colonización española de América, un Bartolomé de las Casas ni un Francisco de Vitoria que abogaran por los derechos de los nativos. La bestialidad del negro se aceptaba entonces incluso en las instituciones científicas. J. Junt, miembro de la Anthropological-Society de Londres, escribía en 1863: «Las analogías entre los negros y los monos son más grandes que entre los monos y los europeos. El negro es inferior, intelectualmente, al blanco europeo. El negro sólo puede ser humanizado y civilizado por los europeos».

Partiendo de estas premisas, el expolio del continente africano por el blanco colonialista se maquilló bajo la apariencia de filantropía: con la calderilla que dejaban las grandes compañías (que obtenían colosales beneficios) se financiaban fundaciones católicas o protestantes, hospitales y escuelas en las que los misioneros amansaban a los nativos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias emergentes (Estados Unidos y la Unión Soviética) impusieron la descolonización a las potencias declinantes. No por filantropía, líbrenos Dios de pensarlo, sino por codicia de los mercados y las materias primas de Asia y África.

Lo sensato hubiera sido redibujar entonces el mapa de los nuevos Estados sobre límites geográficos o étnicos razonables. No hubo tal. La nueva Organización para la Unidad Africana (OUA) se limitó a elevar las colonias a la categoría de Estados soberanos ignorando la arbitrariedad de sus fronteras. Tampoco hubiera sobrado el sentido común necesario para comprender que las sociedades tribales no pueden convertirse, de la noche a la mañana, en sociedades democráticas respetuosas de los Derechos Humanos.

El caso es que los viejos explotadores que cedieron sus colonias a regañadientes encontraron pronto la fórmula que les permitía ordeñar la vaca sin tener que mantenerla. No se opusieron a que las antiguas colonias adoptaran la apariencia de Estados soberanos (con su bandera, su himno nacional, su selección nacional de fútbol, su funcionariado corrupto, su moneda propia e incluso su asiento en la ONU), pero maniobraron para imponerles dictadores corruptos que amparan el saqueo de los recursos del país por compañías extranjeras. Cuando el gobernante fantoche exige más de la cuenta, nada más fácil que organizar un movimiento independentista que lo derroque y coloque en su lugar a otro tiranuelo más manejable.

El balance de la independencia africana no puede ser más negativo porque ha acarreado a sus pueblos mayores males que el colonialismo. Los odios tribales y sectarios han aupado al poder a señores de la guerra cuyas milicias asuelan el continente. Occidente asiste imperturbable al exterminio de etnias rivales, con mutilaciones de pueblos enteros, y los secuestros masivos de niños (a ellos los convierten en soldados; a ellas, en prostitutas). Detrás de ese horror, que podríamos calificar de autóctono, perdura una nueva y más sinuosa forma de explotación colonial: los traficantes de armas hacen un negocio fabuloso y las codiciosas multinacionales se reparten las reser vas de diamantes, cobalto, petróleo, coltán y otros productos estratégicos abundantes en la desventurada África.

Para colmo de desgracias, a las motivaciones raciales y económicas se suman, como una nueva calamidad, las religiosas. La creciente influencia de Al Qaida y otras versiones no menos preocupantes del rigorismo islamista en las Áfricas supra y subsahariana alientan sectas fundamentalistas (Shabab en Somalia, Boko Haram en Nigeria) cuyo mantra es «la educación occidental es pecado».

La alternativa es bastante desalentadora, especialmente para Europa. Deslumbrado por la publicidad consumista occidental que le hace creer que en Europa se atan los perros con longanizas, el africano se está movilizando para asaltar este ilusorio paraíso del bienestar donde cree que lo reciben con mantas, caldito reparador, zapatillas deportivas y cuidados médicos. Si a ello añadimos el problema de la envejecida Europa, en la que la demografía inmigrante supera a la nativa, podemos concluir que, en cierto modo, se está repitiendo el mismo esquema que acompañó a la decadencia del imperio romano.

España, por su situación geográfica, está en la primera línea de esa, hasta ahora, pacífica invasión de los nuevos bárbaros (en el sentido griego de extranjeros) que asaltan el limes europeo, a los que ni concertinas ni balas de goma detendrán. Lo dudoso es si un país con seis millones de desempleados, cuya seguridad social no alcanza ya a cubrir las necesidades de su clase desfavorecida, puede permitirse albergar nuevos huéspedes.

Si no fuera políticamente incorrecto podríamos pensar que la solución de los problemas de África, que también son los nuestros, podría residir en que la ONU se hiciera cargo de la administración de sus Estados fallidos y abordara una nueva división territorial más racional que tuviera en cuenta factores étnicos, económicos y culturales. Ello implicaría el derrocamiento de los tiranos, el desarme de las bandas y la imposición de ley y orden. Con escuelas, hospitales, carreteras y una distribución sensata de sus inmensas riquezas, quizá África podría redimirse de las presentes calamidades e incorporarse al concierto de las naciones libres del mundo.

Juan Eslava Galán, escritor.

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