¿Despedida del Sur?

A mediados de agosto, en un magnífico artículo titulado “Francia se despide del Norte”, el periodista suizo Manfred Rist se mostraba inclinado a pensar que la “obsesión antiliberal” de buena parte de la opinión ilustrada francesa iba a distanciar la política económica del país de la ortodoxia -inspirada por Alemania, diseñada, no siempre al unísono, por el FMI, la UE y el BCE y encarnada en los hombres de negro del ministro Montoro- que ha presidido la gestión de la crisis y pretende sentar las bases de la recuperación. Como si lo hubiera leído, el presidente Hollande ha encargado a su primer ministro la formación de un nuevo Gobierno del que han quedado excluidos aquellos que habían hecho públicas sus discrepancias con la ortodoxia de marras, y el primer ministro ha manifestado de forma inequívoca el compromiso del Gobierno con la austeridad y las reformas. A la hora de la verdad ¿habrá decidido Francia separarse del Sur?

Si de verdad hubiera que optar por uno de los dos polos, en el caso francés la decisión no sería nada fácil. Parece existir cierto consenso en que el Mediodía de Francia queda al sur del paralelo 45, en una línea que va de Valence en el este hasta más o menos Burdeos en el oeste: “Ici commence le Midi”, dicen que reza un letrero a la salida de Pont-de-l’Isère, junto a Valence. Sin embargo, si atendemos a la economía, único criterio que parece importar hoy en esa división Norte-Sur, el resultado es bien distinto: un mapa de Europa coloreado según los niveles de renta nos muestra, desde luego, dos Francias, una del color de los vecinos del Norte, Alemania, Luxemburgo y Bélgica, y otra del color del Sur, el de España. Pero la divisoria no pasa por el paralelo 45, sino por encima del 48, un poco al sur de París, y tiene una orientación nordeste-sudoeste. Despedirse del Sur, pues, no sería para Francia prescindir de un pedacito de su territorio, sino de su mayor parte. Y si pasamos de la cantidad a la calidad… entre las cosas que todos envidiamos, apreciamos y queremos de Francia, esas cosas que hacían decir a Heine que hubiera deseado “vivir como Dios en Francia”, ¿no quedarían muchísimas de ellas en el Sur más que en el Norte?

Lo anterior es, desde luego, una elucubración, porque semejante separación no tendrá lugar, pero da que pensar, a mi entender, por dos razones. La primera es que muchos países tienen un Norte y un Sur, y que a menudo ocurre que el Norte, más rico, se harta de aguantar al Sur, más pobre, y piensa sólo en las ventajas que le reportaría una separación sin pensar en lo que perdería con ella (en la época colonial pasaba lo contrario: el país pobre se hartaba de ser explotado por el rico). Lo que es evidente en el caso francés también es visible si hablamos de Italia o de España. Y lo que se predica de un país puede predicarse de una ciudad, de una comarca, de un pueblo o de una casa; siempre y en todas partes, por lo menos en épocas históricas, han convivido ricos y pobres, y lo que enriquece a una sociedad es su capacidad de organizar esa convivencia.

Hay otra razón, quizá más oportuna: las ideas del Norte han inspirado la gestión de la crisis, con exclusión de cualquier otra aportación. Quizá sea exagerado decir que la han agravado inútilmente; tardaremos en saber si de verdad han ayudado a su resolución. Pero no cabe duda de que han quedado muchos cabos sueltos: el más importante, la solución al problema de la deuda, principal obstáculo a una recuperación sólida. Además, el modelo de crecimiento alemán, que tanto éxito ha tenido allí, no es de aplicación al conjunto de Europa, que es una economía demasiado grande para depender de las exportaciones. La propia Alemania lo está viendo ahora, porque el cambio de relaciones con Rusia y el enfriamiento de la economía china están poniendo de manifiesto que Europa no puede dejar de ser uno de sus principales clientes. Apagados, con enorme coste, los incendios creados por el susto del 2007, habrá llegado el momento de que podamos discutir hacia dónde puede ir la Unión Europea, si es que debe seguir existiendo. La experiencia reciente y lo que se ve venir muestra bien a las claras que las recetas al uso no bastarán, sin que la solución sea importar, sin más, lo que se ha venido haciendo en Estados Unidos.

En ese momento, que está próximo, será importantísimo que Francia no se haya despedido del Sur, alineándose sin rechistar a las tesis del Norte en la más rígida de sus versiones. Tal como están las cosas, sólo Francia puede servir de embajadora de las ideas y sugerencias que puedan venir de los llamados países periféricos, además de las que le lleguen de su propio sur. Podemos haber aprendido del Norte algunas reglas de la buena administración de la casa, y deberíamos aplicarlas; pero hemos sido injustamente tratados en otras en nombre de unos principios respetables elevados a la categoría de valores supremos. Esperemos, pues, que Francia muestre su buena disposición a poner en orden su casa sin por ello echar por la borda mucho de lo que constituye su atractivo para el resto del mundo y ayude a construir una Europa mejor.

Alfredo Pastor, profesor de Economía del Iese

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