Despejar la niebla

Durante el lustro largo que se ha prolongado el procés (también conocido como desafío soberanista o si se prefiere: el proyecto político que pretendía vehicular las aspiraciones de muchos catalanes de alterar el encaje de su territorio dentro del diseño territorial del 78), y muy especialmente desde que se intentó la ingrata vía unilateral, cada vez que alguien me ha preguntado qué tal viven los escritores en lengua castellana en Cataluña he respondido (después de aclarar que solo puedo hablar por Barcelona, que es donde vivo, y ni siquiera por todos los barrios, pues nunca he estado, qué se yo, ni en Olot ni en las playas del Delta) que cómo íbamos a vivir, pues como auténticos faraones.

Lo decía medio en broma, y a sabiendas que incluso acotando el espacio a una ciudad la experiencia de cómo se vive en un sitio deriva de la red de relaciones, intereses y logros que cada cual se teje; pero como también es indiscutible que este tejido de índole personal se apoya en un conjunto de “situaciones objetivas” lo decía también bastante en serio. Al fin y al cabo, Barcelona es la capital mundial del libro en castellano, sede del gran grupo editorial en castellano, de la división española del gigante mundial, de la exquisita Anagrama, de una serie de inquietas editoriales independientes, de varios periódicos con amplios suplementos culturales, un inaudito despliegue de librerías (he contado más de veinte en un radio de treinta minutos andando desde mi casa), visitas frecuentes de escritores extranjeros, punto de encuentro con colegas latinoamericanos y donde, en definitiva, hay que imitar los hábitos sociales de Polifemo para no cruzarte con conversadores entusiastas. Como para estar amargado.

Es cierto que el procés ha provocado tensiones entre escritores que pensamos diferente sobre el catalanismo, la soberanía, la independencia o el federalismo y el carnaval de la unilateralidad. Pero mi experiencia es que estas tensiones lejos de degradar las relaciones con los colegas que trabajan prioritariamente en catalán ha servido para avivar mi interés por su trabajo y sus preocupaciones políticas y estructurales (¿qué difusión tiene el libro en catalán en España? ¿qué interés despierta? ¿ha llegado el Estado a creerse de verdad que la cultura catalana es un bien?), para cristalizar colaboraciones y afinar complicidades. Este interés es correspondido, pese a mis suspicacias ante el procés y las dificultades para aplicarlo en el mundo real. Leen mis libros, los reseñan, y me entrevistan. Esta convivencia (a veces más tensa, otras más amable) propicia la posibilidad de relatar con dos lenguas que trabajan literariamente sobre una misma realidad social (con frecuencia para impugnarla) y que es uno de los principales alicientes de leer y escribir en Barcelona. Una convivencia que precedió al procés y que seguirá allí cuando este se desvanezca o se transforme.

Tampoco puede afirmarse que estos últimos cinco años hayan sido de “paz y de prosperidad” para el mundo editorial, que por lo menos se ha visto atacado en tres frentes distintos. En primer lugar ha sufrido una crisis económica de alcance casi mundial, a la que ha sido especialmente sensible el endeudado sur de Europa y que se ha ensañado de manera más virulenta con la llamada clase media cuyos pobladores han visto recortados sus ingresos y también el tiempo (y la calidad de ese tiempo) que podían dedicar a la lectura.

En segundo lugar la industria del libro ha soportado una virulenta ofensiva de las empresas tecnológicas que bajo la promesa de una inminente sustitución del papel por diversos formatos digitales ha presionado para bajar los precios de los libros por debajo de la frontera donde es económicamente sostenible el entramado de escritores, correctores, traductores, diseñadores, editores… que intervienen en la elaboración del libro (del libro de calidad). El fracaso del ebook sería desopilante si no fuese el desenlace de una serie tristísima de malbaratamiento de recursos económicos. Está por calcular el coste de los despidos, de la reducción de tarifas y de la cancelación de colecciones de prestigio mientras se arrojaba dinero a cursos y conferencias y congresos cuyos contenidos podrían ser calificados de espectrales si no nos encajase más el nombre de propaganda.

En tercer lugar la industria del libro, en la medida que no se sostiene solo sobre el entretenimiento, sino que prolonga la tradición humanística entendida como una propagación del conocimiento (ya sea a través del ensayo, la ficción o la poesía) padece también el progresivo e insistente propósito (que se acrecentará en los años próximos) de arrinconar en institutos y universidades el pensamiento crítico. La reducción de asignaturas como filosofía, música o literatura son indicios graves, pues reducen las horas que los futuros lectores pueden dedicar a afilar las armas de la lectura seria (la que sirve para apropiarse del mundo y no solo para evadirse de él), y los malos presagios se intensifican cuando percibimos el intento de sustituir estas disciplinas por otras encaminadas a pulir a los estudiantes como trabajadores, listos para incrustarse sin demasiadas preguntas (intelectualmente desarmados) a un mundo laboral que les espera con sus gélidos brazos abiertos.

Durante los últimos cinco años hemos atravesado esta triple crisis sin abordar apenas estos problemas. Sin un debate público. La industria del libro ha dejado atrás las profecías digitales, se aleja como puede de una crisis económica cuya recuperación no ha devuelto a la clase media ni su antiguo poder adquisitivo ni las bases de la vieja tranquilidad de espíritu, y afronta en un sorprendente silencio (como si la cosa no fuese con él) el proyecto de instrumentación mercantil de la educación.

¿Y dónde queda aquí el procés? ¿Ha influido de alguna manera en la crisis de la industria editorial? En los momentos en los que la uniteralidad ha combinado atrevimiento e impotencia es cierto que han bajado las ventas de libros y que las empresas del sector han amenazado con retirarse de Barcelona, pero esta fase apenas ha durado un par de meses. La influencia del procés sobre la industria cultural ha sido muy parecido al que ha ejercido sobre otras áreas como la sanidad, la educación, la dependencia o cualquier otro problema social. Ha consistido en una postergación (o un robo) del espacio público y del tiempo que hubiésemos podido dedicar a otros asuntos. Me gustaría comparar la unilateralidad con una especie de inmenso paquidermo plantado en medio de la carretera que nos induce una y otra vez a concentrar la mirada en sus carnes y a distraernos del paisaje, pero creo que se ajusta mejor al asunto si la comparamos como una suerte de niebla espesa que reclama toda la atención y nos ha distraído no solo de los problemas antes citados sino que también complica el abordaje de otras cuestiones que se mantienen suspendidas a la espera de respuestas: ¿cómo podemos hablar de libros en prime time? ¿cuándo se recuperarán las tarifas? ¿nos beneficiaría una distribuidora central? ¿empleamos bien las nuevas tecnologías como medios de difusión?

Estas preguntas y cualquier otra que se le ocurra al lector van postergándose por la omnipresencia del monotema, sobre todo a medida que se polarizaba hacia la irrealidad. En las conversaciones que espigo aquí y allá tengo la impresión de que en el sector andamos todos locos por salir de esta hiperventilación, y más ahora que la senda unilateral va revelándose, según las confesiones espontáneas de sus instigadores, en una sofisticada tomadura de pelo. Sea como sea, me perdonará el lector que me haya extendido más en los problemas reales que afronta la industria editorial que en los efectos derivados del procés, valga como compensación (un tanto pírrica) por todas las veces que los pormenores, extensiones y rizomas de ese mismo procés nos ha conculcado el espacio.

Gonzalo Torné es escritor.

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