¿Despolitizar qué lengua?

Por Albert Branchadell, profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB y presidente de la Organización por el Multilingüismo (EL PERIÓDICO, 15/02/07):

El nuevo vicepresidente de la Generalitat, Josep Lluís Carod-Rovira, ha sintetizado en un breve eslogan la filosofía que inspirará la nueva política lingüística del Gobierno de José Montilla: se trata de “despolitizar la lengua”. En su comparecencia ante el Parlament, Carod-Rovira glosó el significado de su eslogan para mayor inteligencia de los diputados. Según él, una lengua que se asocia a una sola ideología está condenada a desaparecer, y por eso el Gobierno de la Generalitat mantiene que el catalán tiene que dejar de ser la lengua del catalanismo para ser la lengua de los catalanes (y catalanas, en sutil homenaje a “los vascos y las vascas” de Juan José Ibarretxe).
Escuchando estas declaraciones del conseller de la Vicepresidència lo primero que le viene a uno a la cabeza es el dicho catalán de “roda el món i torna al Born”. Después de haber politizado la lengua hasta extremos esperpénticos (acuérdense del diputado Joan Tardà soliviantando al presidente del Congreso, Manuel Marín, con sus pertinaces intervenciones en catalán), ERC se remonta a los tiempos de Aina Moll, la primera directora general de Política Lingüística de la Generalitat.

HACE NADA menos que 25 años, la ilustre filóloga decía que a la pregunta de si el catalán es cosa de los autóctonos o de los llegados de fuera, de los de derechas o de los de izquierdas, de los jóvenes o de los viejos (de los catalanistas o de los españolistas, podríamos añadir), la repuesta apropiada siempre era: “De todos”.
Más allá de constatar la relativa ranciedad del eslogan de Carod, lo verdaderamente interesante es preguntarse si eso de despolitizar la lengua es posible. La idea parece atractiva, pero en boca de un político encierra una gran paradoja. ¿Cómo es posible adjudicar a la política lingüística el cometido de despolitizar la lengua? Esa fue la reflexión del portavoz de CiU, Felip Puig, en el debate parlamentario: según él, en coherencia con su propio eslogan, lo que debería haber anunciado Carod es la supresión de la Secretaria de Política Lingüística.
Salidas cínicas aparte, lo cierto es que a uno se le aventura muy difícil cómo se puede librar de la política una cosa, la lengua catalana, que ha sido, es y seguirá siendo objeto de (legítima) promoción política. Hay quien salvaría a Carod con el argumento de que lo que en realidad quiso decir es que hay que desideologizar la lengua. Pero en este caso el eslogan no se acaba de entender, porque afortunadamente la lengua ya está un buen trecho desideologizada: ¿acaso no habla catalán todo nuestro espectro político, desde Esquerra e Iniciativa hasta el PP? ¿Acaso Josep Piqué no es la prueba viviente de que se puede ser un españolista convencido y usar habitualmente el catalán? ¿Acaso Albert Rivera, el líder de Ciutadans, que por cierto simpatiza mucho con el eslogan de Carod, no habla nunca en catalán?
Ante esta situación, a uno se le ocurre que la lengua que habría que desideologizar realmente no es el catalán sino el castellano: al menos en el mundo político, el catalán no es el patrimonio exclusivo de los catalanistas, porque los no catalanistas también lo usan, pero el castellano se ha visto arrinconado al papel de estandarte del españolismo, porque muchos catalanistas lo evitan, lo rechazan e incluso lo menosprecian. Carod dijo en el Parlament que el castellano es un elemento estructural de la sociedad catalana y que esa es una realidad que todos debemos asumir. Pero no intenten buscar una versión en castellano de la web de su partido, que, por cierto, es de los que se refieren invariablemente a esta lengua con el forzado sintagma de “lengua española”. Por ahí va precisamente lo de la tercera hora de castellano en la Primaria.
En un artículo reciente, Salvador Cardús decía que si en lugar de una hora más de castellano el decreto de la ministra Mercedes Cabrera hubiera impuesto 20 minutos semanales de gimnasia sueca, tendríamos que habernos indignado igualmente. Pero he aquí que ERC se vanagloria de haber forzado un recurso del Gobierno de Montilla contra el decreto ministerial y sin embargo ha renunciado a utilizar su comprobada capacidad de persuasión para forzar también un recurso contra la llamada ley de dependencia, que, según el Consell Consultiu de la Generalitat, contiene nada menos que 40 artículos inconstitucionales.

LA CONCLUSIÓN es obvia: si el decreto ministerial hubiera impuesto 20 minutos semanales de gimnasia sueca, a lo mejor se habrían enfadado los profesores de ju-jitsu, pero los catalanistas no habrían armado el revuelo político que han armado por un puñado más de castellano. Y si el caso de la tercera hora les cansa, acuérdense de Elvira Lindo (¿el boicot habría sido el mismo con un escritor laosiano de octava fila?) o del culebrón francfortés (¿habríamos tenido los mismos rifirrafes si la Generalitat quisiera llevar a Fráncfort a los catalanes que escriben en tamazight?).
En definitiva, la idea de despolitizar la lengua, entendida en el sentido de hurtarla de posibles secuestros ideológicos, solo tiene sentido en plural: despolitizar el catalán conlleva despolitizar el castellano. Porque, aunque sea por razones distintas y con consecuencias distintas, el castellano, como diría Aina Moll, también es “de todos”. ¿O va a ser que no?