Desprecio o envidia del catolicismo

Algunos episodios judiciales recientes nos han permitido ver tanto la capacidad de unos para perdonar las ofensas sufridas como la de otros para pedir perdón por las cometidas. La absolución final de Rita Maestre puede alegrarnos sea cual fuera nuestra opinión sobre la gravedad de los hechos y a pesar de nuestra inmensa preocupación por su significado profundo, que, claramente, va más allá de la conducta de una joven en una circunstancia muy concreta de edad y de ambiente ideológico. La petición de disculpas y la aceptación de las mismas por los más altos representantes de quienes podían sentirse directamente agredidos por aquellos hechos, deberían ser suficientes para todos. En especial para los católicos que, al margen de lo que lo recoja el código penal, pensamos desde el principio que lo ocurrido era una acción reprobable, humillante para nosotros, insultante para cualquier espectador sensato de lo que sucedía, indigna de una sociedad que respeta las creencias de los otros para poder vivir mejor en las propias.

Las consideraciones sobre la intención de profanar o no un lugar de culto, tras haber visto las imágenes de los incidentes, deberán distinguir entre el ámbito de una sentencia judicial y el de un juicio moral de los afectados. Nadie pide represalia ni castigo. Nadie demanda respuestas disciplinarias que se habrían ejercido con eficacia de existir algo que tantas veces denuncian tertulianos de dudosa solvencia: la coacción clerical, la confusión entre lo privado y lo público, la injerencia de la Iglesia en campos ajenos y la voluntad de imponer, a las bravas, el catolicismo. Pero otra cosa bien distinta es que se nos solicite el poner en suspenso nuestra conciencia o mantenernos en silencio. Nadie debe evitar que emprendamos esa valoración que nos incumbe como creyentes, pero también como ciudadanos de una sociedad en la que la concepción del laicismo está llegando a las más aberrantes manifestaciones.

Aprovechemos, pues, la anécdota para encontrar la categoría. Busquemos en el hecho concreto la relevancia de un indicio cultural. Advirtamos los signos de alarma que prenden en un acto que amenaza con adquirir el perfil rutinario de un mero exceso de escenificación. No estamos jugándonos solamente un concepto concreto de la libertad de expresión, que es también la libertad de los católicos. Estamos ante la necesaria revisión de lo que entendemos por pertenecer a una cultura, de tener algo que ver con los elementos formativos de nuestro carácter y de considerar o no la presencia de nuestros valores como parte de un inmenso espacio histórico que llamamos civilización. Nos hallamos ante el respeto a la pluralidad, desde luego. Pero también ante algo que la precede: la seguridad de que existe una herencia de principios, de formas de ver el mundo, de tradición humanista y de hilo conductor que ha ido constituyéndonos como nación e impulso cultural de Occidente desde hace más de dos mil años.

Lo que tenemos que dilucidar es si aceptamos, con los brazos caídos y la mirada a ras de tierra, esa decisión posmoderna de renunciar a nuestra densidad espiritual, ese particular desdén de lo que nos ha dado proyección universal, y esa curiosa manera de ser la única cultura que olvida sus raíces. Digámoslo una vez más: somos el resultado de un largo proceso constituyente de una civilización en cuyo forjado se han sintetizado las aportaciones clásicas de Grecia y Roma, el cristianismo, el humanismo renacentista, la Ilustración y la democracia alzada con los principios de 1789 entre sus manos. Todos estos ingredientes resultan inseparables, aunque algunos no vislumbren, aún, a uno y otro lado de la barrera del integrismo, que solo es posible entender la expansión de las ideas humanistas, ilustradas y liberales en Europa como producto del perfecto ensamblaje de la tradición clásica y el impulso liberador, universal y trascendente del Evangelio.

No voy a salir ahora en defensa de cualquiera de los otros factores del significado de nuestro patrimonio. Pero alguien deberá hacerlo pronto, porque me temo que quienes quieren despedirse del cristianismo no desean depositar su fervor en ninguno de los otros aspectos de nuestra tradición, cuyo vigor se empeñan en reducir a un inmenso malentendido o a una bochornosa experiencia histórica que, al parecer, debería avergonzar a los europeos por no haber estado a la altura de otras civilizaciones. A lo que quiero referirme ahora es la causa misma del catolicismo, a esa causa que desprecian y envidian sus enemigos, presuntos defensores de un laicismo, especie de mística militante contra una herencia multiforme por la que sienten aversión y complejo al mismo tiempo.

François Mauriac hizo decir al protagonista de «Nudo de víboras» que envidiar lo que se desprecia puede envenenar toda una vida. ¿Qué es lo que envidia del catolicismo esa impaciencia del corazón, esa nerviosa acritud en la que se mueven nuestros vetustos anticlericales? Envidian, sobre todo, esa esperanza custodiada durante veinte siglos, que nació alzándose contra la tiranía y proclamando la unidad moral del género humano. Envidian esa duración curtida en la intemperie, salvada en la cultura, abrazada a la envergadura de una promesa de redención, vinculada a la exigencia de justicia social, enhebrada en la defensa de la condición libre del hombre, encaramada en siglos de caridad, de estudio, de fe insobornable y de conciencia de una tradición a enriquecer sobre sus fundamentos invariables. Envidian la invocación a Cristo en cada época en la que se ha afirmado la fraternidad de quienes comparten su idéntico carácter de portadores de la eternidad. Envidian el triunfo constante de la palabra de Jesús, su fortaleza para tender las manos a quienes sufren y tensar el alma ante la responsabilidad de creer que todos los hombres son nuestros hermanos. Envidian la actualidad de la religión, la viveza del mensaje de redención lanzado sobre una época desalmada. Envidian el consuelo proporcionado a los humildes, la justicia requerida a los poderosos, la sagrada condición de cada persona defendida frente a quienes quieren reducir a materia desechable la vida de los hombres. Envidian la resistencia diamantina de un ideario.

Envidian el catolicismo, aunque digan despreciarlo. Y eso envenena una existencia que, en muchos de ellos, no ha hecho más que empezar. Nos envidian, quizás, temiendo que algún día, los católicos lleguemos a adquirir auténtica conciencia de nuestro lugar en el mundo, de nuestra función vertebradora del bien común, de nuestra inaplazable restauración de una vida plena como cristianos en la tierra. Nos envidian temiendo que, un día, los católicos dejemos de limitarnos a negociar dónde y cómo existen los lugares de culto, y defendamos que el espacio público es el territorio de realización de unos valores que nos definen como cultura y nos proyectan como civilización, a creyentes y no creyentes. Ese día en que los católicos estemos a la altura de nuestro propio mensaje fundacional y nos atrevamos a proclamarlo como solución para los problemas radicales de nuestro tiempo.

Fernando García de Cortázar, presidente de la Fundación Vocento.

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