Después de Al Zarqaui

Por Fawaz A. Gerges, profesor de la cátedra Christian A. Johnson de Oriente Medio y Asuntos Internacionales del Sarah Lawrence College, Nueva Jersey, EE. UU. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 22/06/06):

Ahora que Abu Musab al Zarqaui, el carismático líder de Al Qaeda en Mesopotamia, ha desaparecido de escena, es de crucial importancia valorar cómo puede afectar su muerte a la supervivencia de su organización y a la insurgencia iraquí. Está claro que, tras la eliminación de Al Zarqaui y la formación de un Gobierno de unidad nacional, los norteamericanos y sus aliados iraquíes confían en seguir disponiendo de la energía y recursos suficientes para desestabilizar a Al Qaeda. “Consideramos – ha declarado el consejero de seguridad nacional iraquí, Muaffak al Rubaie- que se trata del principio del fin de Al Qaeda en Iraq”.

Por el contrario, un líder clave de la insurgencia en Iraq ha admitido que la muerte de Al Zarqaui representa “una gran pérdida” que, sin embargo, no dejará de reforzar la voluntad de lucha de la organización dando alas a conflictos y choques de las distintas facciones y favoreciendo, por tanto, el reclutamiento de nuevos y más fanáticos adeptos. No obstante, el estado de la seguridad en Iraq resulta más complicado e inestable de lo que los norteamericanos o su ánimo de castigo podrían haber imaginado. Al Zarqaui ha dejado tras de sí un amargo y cruel legado de sectarismo y derramamiento de sangre que ha dividido a la resistencia, en palabras del fundador de Ansar al Islam, facción kurda afiliada a Al Qaeda, a la cadena Al Yazira si bien en tono elogioso.

Este amargo y cruel legado no augura precisamente una transición sin sobresaltos en el seno de la propia Al Qaeda. Constan ya dos aspirantes al trono de Al Qaeda: Abu Abdula Rashid al Bagdadi, un iraquí, y Abu Hamza al Mujahir, de quien los norteamericanos dicen que es de hecho Abu Ayyub al Masri, un egipcio, autoproclamado nuevo líder.

Al Bagdadí es un ex oficial de las fuerzas armadas iraquíes (o de su cuerpo de elite, la Guardia Republicana) y colaborador de confianza de Zarqaui desde el 2003. Al Mujahir o Al Masri, un veterano de Al Qaeda entrenado en Afganistán, fue un lugarteniente de Ayman al Zauahiri, líder de la yihad islámica egipcia antes de su unión a las huestes de Bin Laden en 1998. Mantiene desde hace tiempo estrechos lazos con su mentor, Al Zauahiri, el número dos de Al Qaeda. Colaboró asimismo con Al Zarqaui en Iraq al menos desde el 2003 y participó en la batlla de Faluya en el 2004. A diferencia de Al Zarqaui, siempre solícito por dejar clara su autoridad personal, Al Masri puede mostrarse más receptivo a la orientación y guía del mando central de Al Qaeda.

En esta perspectiva, podría darse un mayor influjo y presión provenientes más bien de la frontera afgana-pakistaní, escondrijo según se cree de Bin Laden y Al Zauahiri. Esta nueva orientación podría anunciar un cambio en las tácticas y estrategia de Al Qaeda en Mesopotamia cuyo objetivo podrían ser las fuerzas de la coalición y las fuerzas de seguridad iraquíes en lugar de los chiíes y sus santuarios religiosos.

En sus supuestas declaraciones, ni Al Bagdadi ni Al Masri han mencionado ni prometido lealtad recíproca. En el clan yihadista, es raro que los militantes muestren aspiraciones políticas o manifiesten pretender llegar a jefe o comandante en jefe. Ambos afirman creer en la ideología extremista de Al Zarqaui y, según se ha informado, han prometido coronar la tarea iniciada por su predecesor. En todo caso cabría adscribir más bien sus diferencias a cuestiones de procedencia (iraquí o extranjera) y de imagen en la prensa, cuyos sutiles matices distintivos denotarían una lucha por el auténtico y genuino espíritu de Al Qaeda en Mesopotamia…

Según los islamistas radicales, las luchas intestinas destruirán la organización a menos que intervengan Bin Laden y su representante, Al Zauahiri. Sin embargo, sería prematuro dar por sentado que la muerte de Al Zarqaui vaya a provocar la destrucción de Al Qaeda o la mengua de la insurgencia. Como me dijo un ex líder de la yihad islámica egipcia, “el cordón umbilical de los hombres de Al Zarqaui se halla unido orgánicamente a la presencia militar norteamericana en el corazón del islam”. Igualmente importante resulta el factor de que Al Zarqaui creó una base iraquí autóctona que le sobrevivirá. Como me dijo recientemente en Beirut un disidente líder chií iraquí, “pronto descubrirán que la resistencia es viable y que la eliminación de Al Zarqaui la reforzará en lugar de debilitarla”. Así se expresaba mi comunicante, buen conocedor de las interioridades de la insurgencia, mientras comíamos en un restaurante del centro de la capital.

– ¿Por qué? – le pregunté.

– Más del 90% de los combatientes – me respondió- son nacionalistas iraquíes y patriotas islamistas (a diferencia de los mercenarios extranjeros de Al Qaeda), cuyo objetivo son las fuerzas ocupantes y los elementos colaboracionistas locales. Los iraquíes han de decidir sobre su propio futuro sin intervención extranjera, ya sea norteamericana, iraní o de los grupos suicidas de Al Qaeda. Los norteamericanos deben retirar el grueso de sus efectivos militares de Iraq, cuanto antes mejor.

– ¿No le preocupa – le pregunté- que su país se hunda en un conflicto sectario en todas direcciones?

– No – replicó-. Los iraquíes responderán adecuadamente al desafío. Es nuestro país. Es nuestro futuro.