Después de Bin Laden, ¿qué?

La ejecución de Bin Laden muestra la diferencia entre Bush, que lo dejó escapar en diciembre del 2001 cuando estaba atrapado en Tora Bora, y Obama, que durante su campaña presidencial prometió dejar Iraq y concentrarse en la eliminación de Al Qaeda. Bastaron dos años de trabajo de inteligencia (que no se basó en confesiones bajo la tortura, según me dicen fuentes bien informadas, sino en la infiltración en las redes pakistaníes que lo protegían) para descabezar Al Qaeda y, de paso, dar un balón de oxígeno a la maltrecha presidencia de Obama.

Con el fin de Bin Laden no se acaba Al Qaeda y menos aún la amenaza del terrorismo fundamentalista islámico. Entre otras cosas porque Al Qaeda hace tiempo que dejó de ser una red organizada y coordinada. Al Qaeda es, ante todo, una idea, una determinación de luchar por todos los medios para afirmar el islam frente a los poderes que ocupan sus tierras a través de dictadores serviles. Miles de jóvenes musulmanes buscan en el martirio la respuesta a la humillación y marginación que sienten por ser quienes son. Y durante un tiempo Bin Laden simbolizó la capacidad de golpear al país más poderoso en sus centros neurálgicos. La malhadada guerra de Iraq permitió a Al Qaeda concebir una estrategia semejante a la que llevó a la derrota de la URSS en Afganistán. Hasta que EE. UU. rectificó los inmensos errores del inicio de la guerra y ayudó a los suníes a salir de la confrontación sangrienta con los chiíes, sentando las bases de un nuevo Iraq, frágil pero crecientemente autónomo. Ahora bien, la persistencia de los talibán, la supervivencia de líderes históricos como Al Zawahiri y la actividad de grupos terroristas esparcidos por el mundo mantienen todavía en vida a Al Qaeda. Y es posible que se produzcan algunas acciones espectaculares en un futuro próximo para que no se apague la llama.

Pero en esta década en que Bin Laden vivió escondido han cambiado muchas cosas. En la medida en que no hay gobiernos, como el de Bush o Aznar, directamente interesados en inducir miedo como forma de mantenerse en el poder, las acciones de los servicios de seguridad han empezado a surtir efecto porque están trabajando donde son eficaces: en la penetración de redes terroristas y en la negociación con los sectores sociales y políticos que constituyen el caldo de cultivo del terrorismo.

Con todo, lo realmente decisivo es la transformación de las sociedades musulmanas, la entrada en escena de una juventud distinta, educada, que es islámica pero no islamista, está abierta al mundo y conectada por internet, que busca libertad en lugar de sumisión ciega a los autoproclamados enviados del profeta. Y que están dispuestos a luchar por esa libertad tan pacíficamente como puedan, llegando hasta el sacrificio. Y de repente, esas sociedades que muchos daban por muertas como sociedades civiles, condenadas al oscurantismo fundamentalista como única forma de resistencia a la opresión, se han levantado, una tras otra y están transformando el paisaje sociopolítico de Oriente Medio y, por tanto, del mundo. Cuando se encuentran con la fuerza bruta, pueden llegar a la guerra civil, como en Libia. O retroceder, como ocurrió en Irán tras las movilizaciones de protesta contra el fraude electoral en 2009. Pero la presión de esos jóvenes que hoy día son la gran mayoría de la población va erosionando el poder del Estado y abriendo contradicciones entre las élites político-religiosas, como está sucediendo con la lucha abierta entre Ahmadineyad y el ayatolá supremo Jamenei, suscitando posibilidades de cambio en Irán.

Las revoluciones árabes y musulmanas, en la diversidad de sus procesos y efectos, han abierto una vía de cambio político y una esperanza de cambio social que antes estaba cerrada, creando las condiciones para la la violencia extrema como única respuesta. Naturalmente que también hay una componente islámica fundamentalista en estas revoluciones, como muestran los enfrentamientos religiosos con los coptos en Egipto, probablemente instigados para descarrilar el proceso democrático. Pero es minoritaria. Las primeras manifestaciones en Egipto el pasado enero clamaban “Túnez es la solución”, en contraste deliberado con el clásico “el islam es la solución” de los islamistas. Y aunque los Hermanos Musulmanes obtendrán un buen resultado electoral, ni quieren ni pueden construir un estado islámico en el contexto de un ejército pagado por EE. UU. y metido en lucrativos negocios. Quieren, simplemente, que les dejen una parte del nuevo pastel político que se prepara. De hecho la contradicción no se da entre religiosos y laicos sino entre quienes siguen profundizando una revolución democrática y quienes, bajo cualquier invocación, buscan que todo cambie para que todo siga igual. En esa situación, la simplicidad brutal del mensaje de Al Qaeda ya no funciona.

La muerte de Bin Laden tiene valor operativo y no sólo simbólico. Desaparece un líder carismático que hubiera podido reactivar las cenizas del islamismo. Y no hay detrás una organización coordinada, sino focos militantes cuya dinámica depende de las condiciones locales más que de una confrontación global. El más importante es Afganistán, donde los talibán tienen apoyos locales y, de forma apenas discreta, cuentan con la protección de sus creadores, el servicio de inteligencia pakistaní. Y es en Afganistán donde el fin de Bin Laden puede tener más impacto. Porque a Obama le urge reducir la presencia militar en Afganistán, porque no puede pagarla y porque sabe que no puede ganar esa guerra (por eso sacó del Pentágono a Gates y puso en su lugar a su fiel Panetta) Se dio como fecha el próximo 1 de julio para empezar el proceso. Ahora tiene un argumento a su favor: no se intervino en Afganistán para conquistarlo sino para acabar con Al Qaeda y sus aliados. Y ese objetivo esta en vías de cumplirse.

Las wikirrevoluciones árabes, la muerte de Bin Laden y el cansancio del gendarme global se combinan para abrir una nueva era geopolítica. Y tal vez una tenue esperanza de paz.

Manuel Castells

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