Después de Grecia, ¿qué?

La crisis griega colea y coleará y el euro sigue tambaleándose mientras los hombres de negro están de nuevo en Atenas para extraer más sangre a la exhausta economía griega antes de aprobar el indispensable crédito de 86.000 millones. Pero cualquiera que sea la incierta evolución de los próximos meses, ya percibimos enseñanzas fundamentales de esta crisis que establecen los parámetros de Europa en años venideros.

La primera es que, como algunos apuntábamos desde 1999, el euro es insostenible sin una unión fiscal, bancaria y de política macroeconómica que homogeneice economías tan dispares en productividad, competitividad e instituciones económicas y sociales. Una moneda única no puede ser un capricho de tecnócratas y políticos. Es un instrumento que debe reflejar la homogeneidad básica de las economías a las que sirve. Si no, se convierte en camisa de fuerza cuya resistencia depende de una relación de poder que los más fuertes imponen a los demás.

La segunda es que una vez en el euro la salida del mismo tiene un enorme costo social, económico y político. Por eso Tsipras tuvo que dar marcha atrás en su valiente apuesta, por una razón concreta: la amenaza de Merkel y Schäuble de cortar el flujo a los bancos griegos se traduciría en la devaluación masiva de los ahorros de la gente. La economía griega, con dualidad dracma/euro, podría haber sobrevivido y tal vez encontrado espacio para crecer, tal como Varufakis había proyectado. Pero el sufrimiento de buena parte de la población hubiese sido insoportable. ¿Por qué entonces Tsipras convocó ese referéndum que fue una lección de democracia y dignidad? Porque confió, obviamente demasiado, en que la voluntad de un pueblo podría ser tenida en cuenta por las instituciones europeas a la hora de negociar un rescate generoso que sentara las bases de un crecimiento estable en Grecia. No esperaba que Merkel y la Comisión Europea reaccionaran al desafío democrático con una imposición autocrática. Se jugaba el poder de las elites financieras y políticas del Norte sobre el Sur, no sólo Grecia sino los demás países. Había que aplastar a Syriza para prevenir el auge de Podemos, del Movimiento 5 Estrellas, del Frente Nacional y otras rebeliones por venir. Ya veremos quién erró en el cálculo en fin de cuentas. También pensaba Tsipras que Merkel no se atrevería a ir hasta el Grexit, por los efectos negativos sobre el euro y la economía alemana. Subestimó la importancia que el control de Europa tiene para Merkel, como base de su liderazgo en una Alemania reacia a la solidaridad europea. Fue una batalla por el poder, no por la estabilidad económica. Y con medios convencionales, o sea sin ciudadanos por medio, suele ganar quien tiene más poder.

La tercera observación derivada de la crisis es que el euro es fuente de inestabilidad financiera y que las políticas de austeridad impuestas para mantenerlo han agravado la crisis en la eurozona conduciendo a una situación de paro, congelación de salarios y recortes del Estado de bienestar sin precedentes recientes. Incluso en Alemania, a pesar de un repunte actual, el salario real medio es inferior al de hace 20 años. Y los länderbank (cajas de ahorro) están en situación deficitaria sólo sostenida por el Bundesbank. Mientras, Estados Unidos ha salido de la crisis y está creciendo y creando empleo, aplicando políticas expansivas y renunciando a la austeridad aun a costa de aumentar la deuda. Sólo un crecimiento económico y de empleo, apoyado en crecimiento de la productividad, permite superar las crisis. Las demás políticas, eso de no gastar lo que no se tiene, son cuentas de la vieja. Si fuera así, la Alemania de los años cincuenta nunca hubiera salido de su postración. Es más, en la Unión Europea, economías que no están en el euro, en particular el Reino Unido, Suecia, Dinamarca y Polonia, son las que más han crecido en esta década, han soportado mejor la crisis y están incrementando su competitividad global. Los historiadores establecerán, como algunos economistas ya hacen, que el euro fue una estrategia política con catastróficos resultados económicos y sociales.

Lo cual lleva a una cuarta constatación: el corte creciente entre la Europa del norte y la Europa del sur, con Francia en situación intermedia. La xenofobia se apodera de los países nórdicos, con partidos xenófobos en el Gobierno en Finlandia, Dinamarca y Noruega, y con influencia creciente en Holanda y Alemania. Se ha roto la solidaridad europea, que nunca existió porque no hay identidad europea común, y ha quedado expuesta la confrontación de intereses de estados nación en los términos más crudos. En esa situación, Hollande, aprovechando el golpe recibido por Alemania en cuanto a la credibilidad de su europeísmo, intenta liderar una aceleración de la integración europea. Más Europa para prevenir nuevas crisis. De ahí su propuesta de integrar las instituciones económicas y crear un gobierno económico de la zona euro. Pero, socialdemócrata, busca ganar el liderazgo en el Sur, incluyendo medidas sociales, de empleo y salarios, que homogeneicen las condiciones en distintos países, lo que en la práctica serían transferencias del Norte al Sur. Esa perspectiva choca frontalmente con la hegemonía alemana que intenta armonizar la política fiscal pero no las prestaciones sociales y laborales.

Pero en ambos proyectos de unificación subyace la misma lógica de integración asimétrica supeditando a los países económicamente más débiles. Y frente a ambos proyectos se erigen la resistencia británica y escandinava a ceder mas soberanía. Hete ahí la contradicción: sin gobierno común, no hay economía común y la moneda única es insostenible. Pero la fusión política de Europa genera resistencias, incluida Francia con Le Pen, que ponen en cuestión la Unión Europea.

¿Entonces? De momento, váyase de vacaciones. Tal vez a Grecia.

Manuel Castells

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