Después de la derrota

Mientras Mariano Rajoy toma posesión como nuevo presidente del Gobierno, el PSOE se prepara para acometer su labor de oposición inmerso todavía en los variados análisis que especulan sobre los motivos de su derrota en las últimas elecciones generales. Los socialistas abren una nueva etapa política escuchando el ruido que generan las muchas llamadas a establecer un diagnóstico correcto de lo ocurrido para poder operar con una terapia acertada. Me parece, sin embargo, que no son coincidentes los diagnósticos y por ello son diferentes las terapias propuestas. Creo que estas diferencias remiten a lecturas de la realidad que están muy influidas por distintas experiencias generacionales. Algo de ello vivimos ya durante la campaña electoral y algo de ello está también detrás de los nombres que se barajan como posibles candidatos a liderar el partido en el futuro inmediato.

Existe una primera experiencia generacional que remite a lo vivido en los años 80. Para los protagonistas de aquel periodo, aquellos fueron los años gloriosos, cuando el PSOE obtenía una mayoría absoluta en 1982 con 202 diputados y mantenía una hegemonía que sólo comenzó a resquebrajarse en 1993. Con la fuerza que imprime la nostalgia recuerdan aquellos momentos como los mejores de su vida. Lograron la consolidación de la democracia, la modernización del aparato productivo, la reconversión industrial y el ingreso en la Comunidad Económica Europea. La UCD había desaparecido, el Partido Comunista había quedado reducido a cuatro diputados, y la oposición la lideraba Manuel Fraga. El PSOE podía ocupar el espacio de la burguesía liberal y Alianza Popular, a pesar de los esfuerzos por aunar en su seno a democristianos como Alzaga y a neoliberales como Schwartz, estaba condicionada por la personalidad de un líder que, teniendo un suelo electoral muy sólido, nunca lograría superar un techo determinado. La situación era ideal para el PSOE, y si hiciera falta algún acuerdo parlamentario siempre cabía recurrir al entendimiento con los nacionalismos vasco y catalán.

Han pasado muchas cosas desde entonces, pero los líderes de aquella época se resisten (a fin de cuentas son humanos) a abandonar la escena, máxime cuando han seguido siendo requeridos para protagonizar actos de campaña. No en vano, son los únicos capaces de movilizar al electorado socialista y son convocados para poner las cosas en su sitio y volver a diseñar un proyecto político sólido, sin ocurrencias ni turbulencias, consistente y bien fundamentado. No es extraño que, en estas circunstancias, el líder máximo de aquella época dijera una y otra vez que estaba encantado de hacer una campaña apoyando a un líder con el que realmente sintonizaba. Con uno de los suyos. Por fin el orden volvía a casa.

La pregunta es si ese mundo de los 80 puede volver. No entro ahora en la cuestión de si aquellos líderes embellecen su paso por la historia, y olvidan la crisis de la democracia española de mitad de los 90; es comprensible humanamente que así sea y que hagan un serio esfuerzo por no recordar el final político de aquella generación. Nada se entiende, sin embargo, de lo ocurrido en los años de Zapatero sin comprender el agotamiento al que había llegado aquel proyecto.

Y aquí es donde viene la segunda lectura generacional. Es la que comienzan a realizar con gran timidez y llenos de cautela algunos de los que protagonizaron los últimos años. Saben que hoy están en el punto de mira pero también que antes o después tendrán que reaccionar si no quieren ser borrados de la historia; tardan en reaccionar porque se les caracteriza como seres inconsistentes, volubles, ocurrentes, como gente superficial dispuesta a confundir la política con las buenas intenciones, prestos al llanto y a la lágrima fácil. Observan cómo algunos de los críticos más duros con los líderes de la generación anterior, arrepentidos por los excesos a los que llegaron, para salvar el legado de aquellos años 80 se ceban en la frivolidad y la inconsistencia de la generación de Zapatero. Si pudieran la borrarían del mapa como si realmente estos años no hubieran ocurrido; a su juicio, llegaron al poder por los efectos imprevisibles de un atentado, y toda su nefasta labor ha consistido en poner en cuestión los fundamentos de la Transición.

A favor de enterrar el legado de Zapatero han estado, durante la campaña electoral, tanto los que sustentaron el proyecto socialista en los años 80 (que no parecen soportar la levedad del zapaterismo) como algunos de los que lo criticaron entonces y hoy lo añoran.

Todos al unísono clamaban por pasar página y volver al pasado glorioso. Todos menos muchos electores que no estaban por la labor, quizás porque no añoran aquellos años, quizás porque eran muy jóvenes cuando se produjeron aquellas gestas, quizás porque no están ni por la nostalgia de los 80 ni por avalar la política desarrollada en los últimos años.

Y es aquí donde radica el quid de la cuestión. Por más que a los defensores del liberalismo conservador les repugne, el hecho es que Zapatero volvió a ganar en 2008, después del Estatuto de Cataluña, de la negociación con ETA, de la memoria histórica y del combate por la laicidad. Volvió a ganar, pasando de 159 a 169 diputados, porque muchos votantes de Izquierda Unida, de Esquerra Republicana, del BNG, de CiU y del PNV estaban preocupados ante una victoria del PP y optaron por concentrar todos sus apoyos en el único partido que podía impedir la victoria de los populares.

¿Qué ha ocurrido en esta ocasión? La debacle ha llegado por una razón muy clara. Hay dos Zapateros: el anterior al 10 de mayo del 2010 y el posterior. Antes del 10 de mayo muchos electores de izquierdas se habrían quedado sorprendidos e irritados si alguien les hubiera dicho que el PSOE y el PP eran lo mismo. Bastaba con recordar las manifestaciones por las calles de Madrid durante los años de la primera legislatura para ver que muchas personas de derechas mostraban una hostilidad al presidente del Gobierno como no se había visto nunca en España. El problema para el PP consistía en que cuanto más le odiaban los manifestantes, más reforzaban su imagen entre los electores progresistas.

Pero llegó la crisis. Esa crisis financiera, generada en EEUU, que supuestamente no iba a afectar al sistema financiero europeo; esa crisis que no sólo acabó afectando al sistema financiero europeo y español (¿recuerdan cuando nos decían que nuestro sistema era completamente solvente?) sino que se trasladó a la economía real, que provocó el endeudamiento de los estados y que generó, al final, nada más y nada menos, que una reforma constitucional, avalada por los dos grandes partidos.

Un giro tan radical se paga. Después de la huelga general de los sindicatos en septiembre de 2010 y de las movilizaciones del 15-M, era muy difícil convencer a la base social de izquierdas de que había grandes diferencias entre el PSOE y el PP. Se intentó pero la apresurada reforma de la Constitución del pasado agosto acabó por echar por tierra la credibilidad de ese proyecto.

A partir de la derrota se plantea el gran problema de futuro. Las grandes fuerzas mediáticas ya le han asignado al PSOE el papel que le corresponde: contribuir en todo lo que sea necesario a la gobernabilidad, no poner en cuestión los dogmas de la actual construcción europea y asegurar el consenso en la política económica y en la política exterior. Se trata de lograr que el PSOE sea consecuente con la deriva del último Zapatero, del Zapatero posterior al 10 de mayo del 2010 y que avale todos los cambios que sean necesarios, cuesten lo que cuesten.

Esa posición está ahí y en ella pueden coincidir, más allá de las diferencias generacionales, muchos de los que añoran los años 80 del pasado siglo y muchos de los que suscribieron la nueva vía del socialismo. Pero frente a ellos hay un clamor que pide otra cosa; es el clamor de los que le están diciendo, a una y a otra generación, que con estas políticas se están cargando el modelo social europeo, que así no podemos continuar, que los recortes están poniendo en cuestión las instituciones democráticas y erosionando las conquistas del Estado del Bienestar.

Tras ese clamor está la base social de la izquierda o, mejor dicho, de las izquierdas, en plural. Está el sindicalista que lucha por la escuela pública, y el médico que defiende una sanidad de calidad para todos; está el trabajador en paro y el joven que sólo ha encontrado empleos precarios; están también muchas personas de convicciones religiosas que recuerdan que el modelo europeo nació de un pacto entre socialistas y democristianos y no ven por ningún lado los valores de la solidaridad y de la fraternidad. Muchos de esos ciudadanos votaron alguna vez al PSOE, en otras ocasiones votaron a Izquierda Unida, en otras muchas prefirieron no votar; militan en sindicatos y en movimientos sociales y no se sienten a gusto ni con la nostalgia del proyecto socialista autónomo ni con las dos orillas; no están incondicionalmente apegados a unas siglas; para muchos de ellos la derrota de la socialdemocracia en Europa permite visualizar algo mucho más grave: estamos ante el fracaso de lo mejor del proyecto ilustrado. Y ante esto piensan que es imprescindible resistir y combatir, articular la protesta y demostrar que otro modelo social es deseable y es posible. Es en ellos, más allá de una u otra generación, en los que está encarnada la esperanza de una renovación del socialismo.

Por Antonio García Santesmases, catedrático de Filosofía Política de la UNED.

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