Después del Mayo francés, ¿habrá alguna esperanza para Europa?

Por Araceli Mangas Martín, catedrática de Derecho Internacional Público (EL MUNDO, 21/05/07):

En el Consejo Europeo de 21 y 22 de junio las espadas estarán en todo lo alto. Ya lo estuvieron en la pasada Cumbre de Berlín, recordando el cincuentenario de la firma de los Tratados de Roma de 1957, en la que ni tan siquiera los Estados Miembros de la Unión Europea (UE) se pusieron de acuerdo en un retórico texto de página y media y en el que no se mencionaba al Tratado Constitucional. Malos tiempos, los peores, para la construcción europea. Es la crisis de los cincuenta en la enésima crisis del psicodrama de Bruselas. Sin ocultar que posiblemente sea la más difícil debido a las opuestas percepciones del proceso por la irreconciliable heterogeneidad de la Unión tras las ampliaciones. Con la Declaración de Berlín se puede dar por recibido el certificado de defunción del Tratado Constitucional, tal como se aprobó el 29 de octubre de 2004. Esa versión ya ha pasado a los archivos históricos.

Paradójicamente el mayor problema no era Francia. Pero había que esperar a la elección de su presidente. El Tratado tiene una oposición extrema tanto en viejos socios (Países Bajos y Reino Unido), como entre los nuevos socios (Polonia, República Checa...). Tras los noes de Francia y Holanda se mostraba con descaro la oposición de varios estados más, sin olvidar que los refractarios al proceso de la integración han estado muy fortalecidos tras ese no (Reino Unido, Dinamarca, Suecia...).

Por otra parte, era ingenuo hacer cábalas con los números y contar una mayoría de 18 frente a siete opuestos o renuentes. Cuando se proyecta celebrar un contrato y una de las partes dice no, el problema no es de quien no desea celebrarlo. Requiere ceder, si cabe más, por parte de los que ya dieron su sí al Tratado Constitucional. Tendrán que aceptar que aquel texto, tal cual, no tiene opción alguna aunque ya lo hayan aprobado. Pero los que lo han rechazado tendrán que aceptar que caben alternativas reconduciendo una buena parte de su contenido una vez identifiquen de forma leal y cooperativa sus líneas rojas. Sarkozy, como Merkel, parece apostar por un nuevo Tratado fundamental partiendo del, mal denominado, Tratado Constitucional. Yo estimo que a partir de aquel texto, pero aligerado, mejorado y rebautizado, otro Tratado es posible.

Parece evidente que el rechazo no era al texto sino al contexto; además de los excesos verbales o nominalistas, en ambos casos chirriaba la irrazonable macroampliación con el aluvión de 12 nuevos Estados. Además, aquel fracaso demuestra hasta qué punto es imposible cualquier avance en la integración tras la gran ampliación, por pequeño o mediano que sea, si tenemos en cuenta que el Tratado constitucional tenía pocas novedades y era fundamentalmente una obra de codificación. Se nos puede reprochar que el no procedía de viejos socios fundadores como Francia y Holanda, pero la ciudadanía de esos dos países ha percibido la macroampliación como un grave daño a la integración y que en estas nuevas condiciones este proceso ya no interesa, pues es más una fuente de problemas que una solución. Sobre estas decisiones que reorientan o, más exactamente, arruinan dicho proceso como proceso evolutivo ni se pregunta ni se cuenta con la opinión pública y ésta desató sus iras. Más que referendos sobre el Tratado Constitucional, la opinión pública demanda controlar qué estados formarán parte del sistema y las condiciones que reúnen para respetar sus obligaciones y sobre nuestra menguada capacidad de absorción. Afortunadamente, como en Casablanca, siempre nos quedará París...(y su previsión normativa de referendos para la ampliación a nuevos estados miembros), pero serán los franceses los únicos ciudadanos de la UE con capacidad de decisión para juzgar, por todos, sobre nuevos socios.

En todo caso, cubierta la etapa de las presidenciales francesas, incluso con independencia de la persona elegida, ese hecho será un factor positivo y decisivo. Lo importante es que el vacío francés, desde mayo de 2005 tras el rechazo al Tratado Constitucional, se cierra, y una personalidad, como la de Sakorzy, con todo su caudal político y su recién estrenado liderazgo, pueda llegar a un entendimiento con Alemania. Sería absurdo especular ahora si hubiera sido mejor con la socialista Royal. Hay que contar con lo que existe. El eje franco-alemán ha sido y es vital en el sistema europeo para que la integración avance y flaqueaba con el presidente Chirac, muy debilitado, entre otras cosas, por el fracasado referéndum. El esfuerzo y la determinación de la canciller alemana han sido apreciables en estos meses; es la única dirigente que ha destacado algo, hasta ahora, entre una caterva de políticos mediocres o amortizados en el resto de los estados.

Pero Alemania no puede tirar sola de la locomotora política de la UE y necesita de una Francia fuerte y dispuesta a ejercer conjuntamente el liderazgo y poner en su sitio a varios nuevos estados miembros díscolos y, sobre todo, desleales (dicho de forma suave para recordar las graves violaciones a los Derechos Humanos y a la democracia como las que suceden en el país de los gemelos sin que haya en la hipócrita Europa de los valores interés en sancionar a Polonia, como en su día, por casi nada -acceso al poder compartido de un partido de extrema derecha-, se puso en cuarentena a Austria).

De entrada, pues, sin esperar sorpresas en las legislativas de junio, resurge cierta esperanza para que se recomponga el siempre benéfico eje París-Berlín. Para Sarkozy, como para todos los presidentes de Francia desde hace medio siglo, Europa es la prioridad de la política exterior de Francia así como ejercer el liderazgo compartido con Alemania. Lo era también para los candidatos vencidos en las recientes elecciones pues es una constante de la política de Estado de Francia. Las diferencias estribaban, no en la intensidad del vínculo, sino en el enfoque ante políticas concretas o en el método para salir de atolladero del Tratado Constitucional (con Sarkozy, la buena noticia, sin referéndum y, la mala, un Tratado de mínimos; con Royal, la mala noticia, con referéndum, y la buena, renegociación amplia sobre la base del Tratado Constitucional).

Además, recomponer con fuerza ese eje es vital para contrarrestar el eje británico; es bien sabido cómo, desde el hundimiento político europeo de Francia en 2005, junto a la entrada de los 12 nuevos socios, el Reino Unido ha tratado de ocupar ese espacio con conocida intención de reconducir el proceso hacia una vasta zona de libre cambio y diluida cooperación política, pujando a ultranza por nuevas ampliaciones como la de Turquía a fin de arruinar toda esperanza de proyecto político. Sorprende de la situación vivida en los dos últimos años, que España, que siempre estuvo con el eje franco-alemán en la concepción del proyecto europeo, no haya aprovechado el vacío francés para mejorar nuestro vínculo con Alemania y, por el contrario, se haya alineado en la etapa del presidente Zapatero de nuevo con Blair (además de Prodi, en vez de Berlusconi), de la misma forma ¿y con los mismos propósitos de frenar el sistema político? que Aznar al apoyar a los renuentes y más ampliaciones, incluido el ingreso de Turquía.

Si Nicolas Sarkozy y Angela Merkel se entienden, si, como cabe desear, no rivalizan entre sí y pujan por un proyecto político renovado para liderar un proceso que está fuera de control, podrán atraer a los tres del Benelux y, entonces, más le vale a España y a Italia volver al seno de la vieja Europa y formar parte de ese eje y reforzarlo como ya sucediera en el momento más influyente de nuestra integración, con la España de González participando del eje Miterrand-Khol en los 90. Las grandes líneas del proyecto europeo nunca han estado mediatizadas por las ideologías o partidos políticos de sus dirigentes. La cohabitación entre líderes europeístas siempre fue posible y fueron los momentos más exitosos de la UE. Ese eje París-Berlín-Benelux-Roma-Madrid sería el timón o el engranaje indispensable para poner orden, ideas y tratar de recuperar el liderazgo frente al Caballo de Troya del Reino Unido y los estados de la macroampliación. Siempre a la UE le será más fácil tratar con el Reino Unido, desde un fuerte eje franco-alemán, y recobrar los viejos tiempos del legítimo discurso del Reino Unido del freno de mano frente a su liderazgo actual de los francotiradores. Sin olvidar España que la Francia de Sarkozy, como lo habría hecho también Royal, desea reforzar el flanco sur europeo y la política mediterránea de la UE, objetivos prioritarios de España.