Destrucción mutua

La pregunta que mucha gente se hace es si el proceso hacia la independencia de Catalunya puede ser reversible, si habría algún punto de acuerdo que evitase el desenganche catalán respecto al resto de España, si llegado el momento la Generalitat podría considerar que más vale un Estatut mejorado en mano que la vertiginosa vía soberanista volando. Mucha gente se pregunta si esto tiene remedio. No es una pregunta capciosa. Es lógico que haya preocupación sobre lo que puede ocurrir en Catalunya y sobre las consecuencias que eso depararía al resto de España. Ahora que todo cambia y nada parece seguro es comprensible que sean muchas las personas que prefieran no añadir más factores de incertidumbre. Los soberanistas pueden pensar que eso ocurre fuera de Catalunya, y que en el fondo se trata de un chantaje emocional para atenazar moralmente a los catalanes. Pero aunque la corriente supuestamente mayoritaria empuje hacia la desembocadura de un Estado propio, invitando a quienes disientan a retirarse a la orilla en silencio, hay muchos catalanes preocupados ante la deriva de los acontecimientos. Y la inquietud ciudadana no es menos respetable que el derecho a decidir, aunque sea más fácil desdeñarla.

El proceso político abierto en Catalunya con la convocatoria de unas elecciones autonómicas adelantadas en clave plebiscitaria entraña una dinámica reduccionista en tanto que el escrutinio del 25 de noviembre experimente una doble simplificación: la de una sociología diversa de la que se descuenta la abstención y la de un resultado final en el que la mayoría parlamentaria se erija en representación última del sentir popular. El mensaje predominante de la campaña es que no hay nada que hacer ante la voluntad de realizarse como nación. El derecho inalienable a la libre determinación acalla cuantas dudas y reservas surgen al respecto. Pero la confianza del soberanismo gobernante se basa sobre todo en su certeza de que las instituciones centrales del Estado constitucional no pueden avenirse a responder positivamente a las demandas de la Generalitat sin desmembrarse. La eventualidad de que Catalunya se dispusiera a cortar amarras definitivamente con el resto de España provocaría que Euskadi se le adelantase mediante la adopción de “decisiones soberanas” –por usar los términos más recientes de EH Bildu–. El resultado diezmaría a España restándole masa crítica en el contexto europeo y global. Pero la concesión de un “pacto fiscal” a Catalunya que emulase el sistema de concierto y cupo induciría, mucho antes de formalizarse tal supuesto, un torrente de reclamaciones financieras por parte de las demás autonomías que acabaría con el Estado mismo.

En otras circunstancias las manifestaciones realizadas por el presidente Rajoy el pasado sábado en Barcelona hubiesen impactado en el soberanismo más posibilista y animado a quienes se refugian en la orilla a resistir el empuje de la corriente mayoritaria. Pero hoy no sirven más que para afianzar las posiciones del PP catalán dejando a merced de los elementos al “nuevo PSC”. Porque si la torrentera ha echado abajo los puentes que podían contribuir a la maduración de un término medio, qué decir de la endeble estructura de la propuesta federalista, cuyo anclaje no cuenta ni siquiera con la anuencia del PSOE. Aunque lo más extraño del caso es que se enarbole la idea federal en la creencia de que va a favor de corriente cuando en realidad se orienta en sentido contrario. Sería infinitamente más fácil hallar la aguja de entendimiento en el pajar de una asimetría autonómica creciente que en el costurero de un federalismo de pizarra.

La cosa no tiene remedio. Lo cual tampoco sitúa a Mas y a los convergentes al inicio de una marcha triunfal. Puede resultar paradójico, pero el adiós a España colocaría a Catalunya al borde de un abismo similar al que condenaría al Estado constitucional. La Generalitat no puede pretender seguir llenando por mucho tiempo sus depósitos con la energía reactiva que le brinde la incomprensión real o requerida. Quizá sea capaz de repostar combustible a cuenta de los exabruptos de la derecha extrema o de los resabios de Aznar. Pero las palabras pronunciadas por Rajoy en Barcelona –independientemente de que surtan efectos limitados– fueron la expresión de una razón de Estado que se escapa de la espiral victimista. Los necesitados de un desarrollo épico de la historia que nos espera en los próximos meses o años recurren a la metáfora de un choque de trenes que alumbraría un nuevo tiempo. Pero es más probable que asistamos a la brutal y masoquista erosión de aquello que tenemos a mano; a la destrucción mutua del crédito que precisamos para continuar habitando en la vertiente soleada de Europa.

Kepa Aulestia

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