Detrás de la guerra

Por José Antonio Zarzalejos (ABC, 30/03/03):

EL grado de tensión y enfrentamiento de posiciones que ha provocado la guerra de Irak ofusca los razonamientos porque las imágenes de las víctimas del conflicto bélico, de los prisioneros y de la desolación de la conflagración dificultan las posibilidades de un debate intelectual y de fondo para indagar cómo hemos llegado a esta situación. En el plano internacional, y con la anticipación de la que hacen gala los buenos intelectuales y pensadores, hay ya elementos de reflexión muy válidos y de amplio espectro. De Robert Kagan, con su magnífico ensayo titulado «Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial», hasta el apasionante diagnóstico de Emmanuel Todd en su «Después del imperio. Ensayo sobre la descomposición del sistema americano». Hay otros libros, pero los citados van de una posición a otra -la americana y la francesa, respectivamente- con una gran capacidad expositiva y didáctica. De ambos se aprende y, sobre todo, de los dos se atienden razones que ofrecen versiones verosímiles del porqué se ha producido esa enorme grieta en la alianza transatlántica.

Lo que, al parecer, se debate en esas instancias que, no obstante, inspiran políticas concretas es la aproximación hacia una nueva configuración del orden mundial que se ha interiorizado en los países más importantes -Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña o Alemania- como una cuestión de índole nacional pero de proyección mundial, compatible con la discrepancia interna sobre la iniciativa bélica que ahora se libra en Irak. No estoy seguro de que en España esté ocurriendo lo propio. Pudiera ser que la lejanía temporal de la cita con las urnas de Bush, Blair, Chirac y Schröder desactive en sus países las aristas de la discusión doméstica para llevar el debate a un terreno más abstracto y menos perentorio. Pudiera ser.

Aquí, la proximidad de las elecciones municipales, la perspectiva de una sucesión en el liderazgo del Partido Popular, la emergencia de una izquierda social con muchas ganas de reconquistar el terreno perdido y la concatenación de actitudes reprochables -desde incapacidad persuasiva del Gobierno hasta el oportunismo de los nacionalismos vasco y catalán, que se superponen a una movilización social sin comparación con nuestro entorno- podrían explicar que nos estemos quedando en la superficie de la gran cuestión que marca la encrucijada mundial. Que no es otra que la de intentar perfilar dónde y cómo debemos estar en el concierto internacional en el futuro inmediato.

Este asunto es independiente de si Aznar y el PP ganarán o no las elecciones, o si será el PSOE el que se lleve el gato al agua. Porque, sean unos o sean otros, lo cierto es que, llegado el momento, habrá que gestionar en Europa y en la relación con los Estados Unidos y el mundo árabe, la opción, al menos tentativa, que cada uno pretende. El Gobierno la ha perfilado con bastante nitidez, no así la oposición socialista y, en absoluto las organizaciones a su izquierda que, por otra parte, no se sienten concernidas sino en la resucitación de un discurso involutivo que recurre a elementos de convicción -manifiestos, movilizaciones no precisamente pacíficas, activación de sectores afines- nada idóneos para establecer un juego provechoso de ideas y alternativas.

Fíjense en el arranque de las obras que he citado y convendrán que, la dos, son apasionantes. Comienza el estadounidense Kagan afirmando: «Ha llegado el momento de dejar de fingir que Europa y Estados Unidos comparten la misma visión del mundo o incluso que viven en el mismo mundo». Estas otras son las primeras líneas del libro del francés Todd: «Los Estados Unidos se han convertido en un problema para el mundo. Estamos acostumbrados a ver en ellos una solución. Garantes de la libertad política y del orden económico durante medio siglo, aparecen cada vez más como un factor de desorden internacional, de incertidumbre y de conflicto». Un debate, insisto, decisivo y necesario que desmerece del simplismo hispano, casi siempre arrojadizo y, sobre todo, demasiado elemental a estas alturas de la historia.

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